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Yago García

Periodista todoterreno y amante de la informática aplicada al ocio y a la música. Mi primer ordenador fue un Amstrad 6128, y el primer juego que conseguí terminar fue 'Green Beret'.

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La secuela de ‘Indiana Jones’ que nunca vimos (y que sí molaba)

¿Sabías que Frank Darabont  (The Walking Dead, Cadena perpetua) escribió una cuarta aventura para el doctor Jones? ¿Y que su guion prometía muchísimo? ¿Y que no salía Shia LaBeouf? Ahora que Spielberg y Lucas han fichado a David Koepp  (Indiana Jones y el reino de la Calavera de Cristal) para  Indiana Jones V, es el momento de recordarlo.

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Progresivos y peligrosos: el lado más bestia del "underground"

Así es como acaba todo: no con un estallido, sino con unos cuantos obituarios caracterizados por la presencia de la palabra “hippie” y por un tono de leve condescendencia, como corresponde un rockero que nunca llegó a ser demasiado famoso. Aun así, conviene llorar lo justo al señor Daevid Allen, fallecido el viernes 13 de febrero en su Australia natal. Cumplidos ya los 77 años, este músico y poeta había reaccionado deportivamente a su segundo diagnóstico de cáncer, preparando con serenidad un óbito que le llegó (según el comunicado en Facebook de su hijo Orlando) rodeado de familia y amigos. Un fin muy digno para el fundador de Soft Machine y cerebro creativo de Gong. Es decir, para un señor cuya impronta en la música pop resulta, cuanto menos, ciclópea.

Guitarrista de técnica personalísima, bon vivant pertinaz (aunque menos que su amigo Kevin Ayers) y viajero infatigable, Daevid Allen era también suponía el desmentido viviente para uno de los relatos más pertinaces de la historia del rock: tras probar la mixtura de misticismo, antiautoritarismo y cachondeo vertida en sus canciones, costaba un poco más creerse eso de que los Sex Pistols salvaron a la música popular de ser devorada por aquellos dinosaurios de los 70 que olían a pachulí. No sólo porque Allen fuese uno de los pocos miembros de su quinta en simpatizar con las hordas del imperdible (escúchese el álbum de Gong Live Floating Anarchy -1977- si se tienen dudas), sino porque nos recuerda que, cuando querían o les apetecía, los grupos progresivos podían ser más grasientos, ruidosos, incómodos y cargados de consignas que los Damned, los Stranglers, los Clash o cualquier otro de sus relevos en la industria. Aquí van unos ejemplos para probarlo.

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Mineros y gays contra Thatcher

“Contra Thatcher vivíamos mejor” es una frase que podrían hacer suya algunos nombres de la cultura pop británica. Porque, durante sus casi once años y medio en el poder, la primer ministro del Reino Unido se las apañó para poner de acuerdo a sectores muy alejados entre sí, cuyo único punto en común era su deseo de hacerle la puñeta. Un buen ejemplo lo proporciona Pride, la película que se estrena en España el 20 de marzo, y que ganó el premio BAFTA 2014 al Mejor Debut recreando una alianza tan real como improbable: aquella que unió a los sectores más progresistas del movimiento gay británico con los mineros, enfrascados estos últimos en un paro que duró doce meses y que llegó a presentar las trazas de una auténtica batalla campal.

¿Resultaba inesperada dicha coalición? Desde luego: Gran Bretaña sólo había despenalizado la homosexualidad en 1967, tras un caldeado debate en el que, irónicamente, Thatcher había sido uno de los pocos parlamentarios del Partido Conservador en votar “sí”. Y, pese a dicha medida legal, y por mucho que David Bowie o Elton John hubieran lucido plumas en el Top of the Pops, la homofobia seguía imperando en las islas, especialmente en los entornos de clase obrera. Pero, cuando hay un enemigo común, olvidar las diferencias es fácil, y resultaba que, entonces, tanto gays como mineros tenían grandes razones para odiar al thatcherismo.

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Katniss no quiere llevar tu bandera

¿Cómo de peligroso puede ser un gesto? ¿Y si el gesto está inspirado por una película para adolescentes? Preguntémosle al Gobierno de Tailandia, país cuya policía militar  arrestó a cinco jóvenes el 19 de noviembre y los envió a un campo de prisioneros para “reajustar su actitud”, todo por hacer un gesto durante un mitin del primer ministro Prayuth Chan-ocha, líder de la junta militar que ocupa el poder en el país asiático.

Los estudiantes habían osado levantar el puño derecho con tres dedos extendidos, el mismo saludo que Katniss Everdeen, el personaje de Jennifer Lawrence, hace en la franquicia Los juegos del hambre. En la ficción, ese ademán identifica a quien lo realiza como un opositor contra las autoridades del distópico país de Panem. En nuestro mundo, los jóvenes tailandeses lo han adoptado como señal de protesta ante un Gobierno totalitario, impuesto en mayo de este año por un golpe de estado.

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'Perdida', el cambio de sexo de Tyler Durden

En 1999, cuando estrenó El club de la lucha, David Fincher se marcó una de esas carambolas con las que sueñan algunos artistas: convertirse en ídolo gracias, no a una unánime bienvenida crítica, sino a la polémica y el rechazo. Descrito por el crítico inglés Alexander Walker (Evening Standard) como “una resurrección del paradigma fascista”, el filme basado en la novela de Chuck Palahniuk no sólo fracasó en taquilla, sino que también recibió una tormenta de escupitajos por parte de los entendidos hasta que el formato doméstico y el ‘boca a oreja’ le granjearon un fandom entregadísimo.

Gracias a la dialéctica ultraviolenta (y psicoanalítica) entre Brad Pitt y Edward Norton, Fincher pasó de ser un exdirector de videoclips con mejor ( Se7en) o peor ( Alien 3) suerte en pantalla grande a figurar como aspirante al Olimpo de los nuevos clásicos.

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¿Nos vamos de rumba? De Gràcia a Caño Roto

El lunes 29 de agosto, entre duelos y quebrantos mediáticos, Pedro Pubill, Peret, sorprendió por última vez al público. Showman hasta el final, el maestro de Mataró había dejado dicho que en su funeral sonasen dos de las canciones más significativas de su repertorio: El muerto vivo, la cumbia colombiana que él hizo suya en 1967 (cuántos escritores pagarían por firmar lo de "Y no estaba muerto, estaba tomando cañas") y Porque yo me iré, canción en la cual, anticipando su propia muerte allá por 1993, Peret reconocía sus deudas con dos titanes de la música caribeña como Benny Moré y Antonio Machín. Amén de recordarnos, esta vez mediante una autocita, lo de "es preferible reír que llorar". Como suele decirse, genio y figura.

Pocas estrellas del pop en español han sido tan lloradas como Peret, y pocas se han dignado a hacerle la peineta a la Parca con tanto desparpajo. Aquí sospechamos que en ello debió mediar el hecho de haber sido el rostro visible de un género tan menospreciado, al principio, y reivindicado, después, como la rumba catalana. El cual, todo hay que decirlo, no deja de ser una emanación de la rumba, sin adjetivos. Ese rincón de nuestra historia musical que sigue evocando expositores de cassettes en gasolineras, camisas de lunares anudadas al ombligo y, en general, una imaginería que oscila entre lo despectivo y lo anecdótico. Tremenda injusticia esta, porque ninguna corriente sonora en la Península se ha mostrado tan abierta a la hora de fagocitar influencias, y tan capaz de conjugar el atractivo para las masas con el talento crudo, mediante una amalgama de recursos que ya quisieran para sí otras escenas sitas en la pomada de lo más moderno.

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El crepúsculo de los ídolos: 6 películas sobre rockeros en horas bajas

Cuando la crisis creativa, el insomnio y una sostenida adicción a la heroína te roban las ideas, ¿qué puedes hacer? Pues una de dos: o te dejas arrastrar hasta el pozo, convirtiéndote en uno de esos has been del mundo musical que todos conocemos, o imitas al protagonista (Gustave Kervern) de En un patio de París. Tras constatar su lamentable estado en pleno concierto, este músico francés decide dejarlo todo atrás (y queremos decir todo) para ejercer como portero de una casa de vecinos en la que la mismísima Catherine Deneuve ejerce como habitante entrañablemente chiflada.

La tragicomedia de Pierre Salvadori, que podría convertirse en uno de los sleepers del verano gracias a su ternura e imprevisibilidad, no es una película excesivamente musical. Pero sí vale para recordarnos que el rockero en decadencia es una figura más querida de lo que parece por el cine. Aquí tienes unos ejemplos que van desde la estrella cuya fama se desmorona al segundón poco dispuesto admitir que su arroz está más que pasado.

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Cuando Whit Stillman paseó por Barcelona

Hace 20 años, España era un lugar inquietante para los yanquis que la visitaban. Y no digamos si, en lugar de simples turistas, se trataba de currantes buscando hacerse hueco en ella como país de adopción, u (horror de horrores) oficiales de la VI Flota acostumbrados a pisar el Mediterráneo como terreno conquistado. Al menos, esa era la opinión de Whit Stillman, un cineasta que conocía la Península Ibérica de primera mano. En Barcelona, el filme que estrenó hace 30 años, este señor tan fino nacido en Washington DC ofreció un impagable retrato de la Ciudad Condal en los años postolímpicos. Y se ganó un lugar lo bastante grande en nuestro corazoncito para que ahora le aclamemos –sin ambages- como uno de los mejores directores más olvidados del mundo.

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Final Fantasy VI: 20 años de gloria y de ruina

Estamos en marzo de 1994 e Hironobu Sakaguchi no puede creérselo. Siete años antes, este programador de buenas ideas y mal carácter había ascendido al estrellato gracias a un juego de rol (RPG) titulado Final Fantasy, y concebido (de ahí su nombre) para cerrar el catálogo de la compañía Squaresoft antes de su inminente quiebra. Lejos de sellar el cierre de la empresa, dicho programa se había convertido en un éxito de ventas, y también en el arranque de una saga cuyo sexto título iba a llegar al público en pocas semanas.

Sakaguchi está tan satisfecho de esta entrega que, al calor de la fiesta de fin de proyecto, descorcha una botella de champán mientras grita: “¡Hemos hecho el mejor videojuego de la historia!”. ¿Tendría razón?

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Las jóvenes fortunas españolas pasan mucho del cine

Cabe suponer que, cuando la necesidad aprieta, muchos directores de cine sueñan con lo mismo: un productor con fondos casi ilimitados y presto a soltar grandes cantidades para cualquier aventura artística, sin importar sus perspectivas en taquilla. Una figura muy poco contemporánea, en realidad, y más próxima al ideal clásico del mecenas que a cualquier realidad empresarial, pero que podría estar hoy más vigente que nunca.

Esto es difícil de creer, ¿verdad? Pues sí, y sobre todo si a uno le gusta el séptimo arte: las películas suelen pintarnos al empresario, bien como una figura mefistofélica ( Kirk Douglas en Cautivos del mal), bien como la sabandija codiciosa de Tim Robbins en El juego de Hollywood. Alejándonos de la ficción, encontramos un panorama tirando a gris, poblado por hombres de negocios con la vista más pendiente del balance contable que de la pantalla. Y, como guinda de la tarta, tenemos historias muy poco hollywoodienses, como la de Humbert Balsan, el productor francés que financió filmes de Bresson, Ivory y Von Trier y se suicidó en 2005 acosado por las deudas. Su caso inspiró El padre de mis hijos (Mia Hansen-Love, 2009).

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