La portada de mañana
Acceder
El Gobierno endurece el discurso sobre la inmigración por la crisis de Ceuta
Una Atención Primaria tensionada ante una población que envejece
Opinión - El PP tras el visillo, por Rosa María Artal

ENTREVISTA Comisionada de Salud Mental del Ministerio de Sanidad

Belén González: “A los responsables de la crisis climática les interesa mucho que sea un problema de salud mental”

Marta Montojo

14 de agosto de 2026 22:04 h

0

El trauma infantil de la psiquiatra Belén González ocurrió el día que cumplió cinco años, el 7 de agosto de 1994. Un incendio forestal arrasó cerca de 14.000 hectáreas y marcó para siempre a la población de Yeste (Albacete), a la que ella pertenece. Tres décadas después, González repasa el impacto que tuvieron las llamas sobre ella, su familia y todo su pueblo: “Pasamos un duelo relacionado con ver todo nuestro hogar, la Sierra del Segura, calcinado; ver que estábamos muy solos, nadie hablaba entonces de los incendios. Y ver cómo hacer, cómo colaborar en revertir el dolor que había supuesto aquello, cómo transitar el enfado por la inacción, acompañarse en la comunidad para cuidarnos entre todos, fue dificilísimo”.

En su momento, no hubo un acompañamiento psicológico para quienes vivían en el territorio afectado por el fuego ni medidas estructurales para evitar que se repitiera la catástrofe: “De nada sirve que a mí me dijeran que tenía una depresión infantil secundaria, lo que pasaba era que estaba muy triste porque se había quemado mi pueblo, mi sierra”, rememora González.

Hoy, como comisionada de Salud Mental del Ministerio de Sanidad desde 2024, esta médica ha impulsado la Unidad de Salud Mental de Emergencias, que moviliza a 52 profesionales para dar asistencia psicológica continuada a las víctimas de desastres como incendios o inundaciones. La primera intervención tuvo lugar con personas impactadas por la dana de 2024. Desde hace un año, opera un servicio con 12 equipos en Valencia y uno en Letur. La respuesta, según González, “está siendo increíble”, a juzgar por las cartas de agradecimiento que envían las asociaciones de víctimas a su departamento. Y asegura que la unidad se estructurará para acompañar en el duelo colectivo tras otras situaciones de desastre, pero no poniendo el foco en lo individual, sino siempre desde una perspectiva comunitaria y psicosocial.

Defiende cambiar de perspectiva para abordar el problema de la crisis climática y sus impactos en la salud mental, por ejemplo rechazando el término ‘ecoansiedad’. ¿Por qué?

Tenemos que entender esa ansiedad como una alarma que el cuerpo nos da para ponernos sobre aviso de que algún problema está ocurriendo. Nos informa de manera que tenemos que dirigir la mirada hacia cuál es ese problema para poder solucionarlo. Para eso sirve la ansiedad. Y es muy útil si lo entendemos con el sentido que tiene. El problema es la crisis climática que estamos viviendo. Y esa ansiedad es perfectamente comprensible. No hace falta convertirla en un diagnóstico, la podemos entender todos. Si viene una ola de calor y la anuncian en televisión y sabemos que vamos a tener que quedarnos encerrados en casa y que salir va a ser un infierno, por supuesto que nos va a entrar angustia, pero es una angustia perfectamente comprensible y razonable.

Lo que hace falta es solucionar el problema, poner en marcha medidas estructurales para, por ejemplo, que todas las casas dispongan de aire acondicionado o sistemas de refrigeración, que haya refugios climáticos, que las ciudades tengan suficientes espacios verdes para refrigerar la propia ciudad y que no se conviertan en islas de calor, que se determinen políticas para la construcción de nuevas viviendas, para reformar viviendas y que nos protejan más de estos cambios de temperatura tan dañinos.

Imaginemos que hay mucho paro. En esa situación nos podemos angustiar, y hablar mucho del paro y nos vamos a poner mal por ello. Entonces podemos hacer dos cosas: decir que tenemos 'paroansiedad' o hacer una huelga. Si decimos que tenemos 'paroansiedad', el resultado será que vamos a ir a terapia o vamos a recibir psicofármacos. Si hacemos una huelga, puede haber un cambio estructural.

Hoy en día la ansiedad que vivimos relacionada con la crisis climática ya no es una proyección, una falta de perspectiva de futuro. También los acontecimientos climáticos extremos que vivimos provocan ese pavor. ¿Tienen el mismo tipo de impacto a nivel psicológico?

Efectivamente. Hay dos maneras de enfocarlo. Por un lado, está lo que tiene que ver con este término de ‘ecoansiedad’: la angustia que nos produce la perspectiva de los desastres y del mundo que vamos a tener que afrontar debido a la crisis climática. No se puede quedar en ese término de concienciación y en un término diagnóstico, sino que debería llevarnos a identificar los problemas y a reivindicar soluciones para esos problemas que nos provocan esa angustia. Por otro lado, habría una serie de cuestiones más inmediatas que ya están ocurriendo y que producen un incremento de problemas de salud mental: los incendios y las inundaciones, que son catástrofes vinculadas a la crisis climática; las sequías y las olas de calor, que no son exactamente catástrofes porque no ocurren de manera repentina y no producen este desbordamiento de la capacidad de respuesta de las poblaciones y las comunidades, pero sí que tienen un efecto importante.

Las primeras, los incendios y las inundaciones, cuando se manifiestan en forma de catástrofes, pueden producir muchos muertos, como fue el caso de la dana de Valencia o los que estamos contando ahora dentro de los últimos incendios de este mismo año. No solamente producen fallecidos directos por el propio evento, sino que además producen una destrucción del medio que tiene un impacto económico, material y emocional también. Se forma toda una complejidad del sistema en la que termina habiendo un impacto emocional muy alto, como, por ejemplo, el que estamos viendo en Valencia y en Letur, con una afectación de duelo colectivo, complicado de transitar. Para eso sí hay que poner apoyos y podemos hacer una intervención directa desde la perspectiva de salud mental, pero siempre desde lo psicosocial y comunitario.

Imaginemos que hay mucho paro. Podemos hacer dos cosas: decir que tenemos 'paroansiedad' o hacer una huelga. Si decimos que tenemos 'paroansiedad', el resultado será que vamos a ir a terapia o vamos a recibir psicofármacos. Si hacemos una huelga, puede haber un cambio estructural

Esto lo que quiere decir es que no debemos patologizar —no debemos convertir en una enfermedad— las reacciones emocionales después de una catástrofe.

Por ejemplo, después del huracán Katrina hubo un estudio que determinó que más del 90% de la población tenía un trastorno de estrés postraumático y nosotros decíamos: “¿Y qué le pasa al otro porcentaje de la población?”. Quienes me preocupan son aquellos que no están durmiendo mal, que no tienen pensamientos intrusivos, que están completamente tranquilos, felices y teniendo una vida normal después de eso.

Incluso sin haber sufrido una catástrofe directamente también podemos sufrir ansiedad por ser conscientes de lo que ocurre y lo que viene. ¿Cuál es el riesgo de patologizar ese malestar?

Cuando patologizamos algo lo que venimos a decir es que alguien está teniendo una reacción no adaptada, digamos, o que excede una respuesta normal a las circunstancias. Y ahora mismo cualquier reacción emocional que tengamos frente a la crisis climática no va a exceder el problema que tenemos. Estamos batiendo récords constantemente, estamos viviendo año a año el empeoramiento de las circunstancias. Si lo nombramos ‘ecoansiedad’ lo que decimos es que estamos teniendo una reacción patológica a unas circunstancias. Si decimos “el problema lo tenemos nosotros, que estamos teniendo una reacción patológica”, habrá que tratar esta reacción patológica. Si lo que decimos es “estamos teniendo una reacción proporcional al problema que estamos viviendo, y hay que tomar unas medidas drásticas y que probablemente no tengan precedentes para poder abordar esta situación”, entonces el problema lo estamos poniendo donde tiene que estar y el tratamiento lo ponemos donde tiene que estar: en el abordaje de las cuestiones estructurales que pueden hacer que estemos más protegidos frente a lo que ya está ocurriendo y que puedan ralentizar o revertir ese cambio que prevemos que ocurra.

¿Hoy en día cómo se aborda en consulta?

Clínicamente no aparece esto mucho en consulta, sino que es más un término que se utiliza para nombrar la angustia dentro de, sobre todo, colectivos activistas. No parece que de momento sea un problema que esté llegando a consultas en forma clínicamente significativa. A veces los términos de salud mental se utilizan para explicar absolutamente todos los sufrimientos que nos provoca el mundo actual. Es normal que utilicemos términos diagnósticos para nombrar angustias que tienen que ver con lo cotidiano de la vida de cada uno y a veces eso cotidiano es un activismo contra el cambio climático.

Pero hay que entender que no es una enfermedad. Sabemos que en olas de calor aumentan un 43% los diagnósticos de ansiedad, un 26% los de depresión y las incapacidades temporales por ansiedad un 65%. Y esto tiene un gradiente social. No es lo mismo que yo pueda venir a un despacho con aire acondicionado a quien que tenga que trabajar en plena calle. Y la persona que tiene un aire acondicionado en casa y puede hacer teletrabajo tranquilamente y mantenerse ahí refugiado va a tener mucha menos ansiedad que el que tiene un hijo pequeño, tiene que salir a la compra sí o sí, tiene que ir a trabajar y además no ha dormido porque no tiene aire acondicionado en casa. No hay patología aquí, no hay enfermedad, no es un problema de salud mental: es un enorme problema social que tenemos que abordar de forma estructural y colectiva.

No es justo que les estemos colocando este diagnóstico precisamente a quienes están luchando con más fuerza y con más inversión por revertir esta situación y que los demás se desentiendan y digan: “Ah, no, es que estos están exagerando. Es que fíjate, están malitos y por eso se ponen así”. No, no están malitos y se ponen así. Es que el problema es de unas proporciones que necesita intervenciones sin precedentes.

¿Y a qué responde esta respuesta por parte de algunos medios, que abrazan este enfoque? ¿Es cultural? ¿Es un mecanismo psicológico el aferrarse a ese argumento?

Es multidimensional, como todas las cosas sociales y complejas. Creo que, por una parte, estaría la tendencia a explicarlo todo y cualquier tipo de sufrimiento a través de la salud mental, que se está convirtiendo ahora mismo en un problema en sí mismo porque no nos está dejando ver el origen. No nos está dejando ver cuál es realmente el problema para poder solucionarlo. Cuando ponemos un diagnóstico, dejamos de buscar qué es lo que hay detrás de ese diagnóstico.

Otra de las explicaciones es que a los grandes responsables de la crisis climática y a quienes tienen que poner medidas contundentes y quienes más tienen que perder con esas medidas les interesa mucho que esto se convierta en un problema de salud mental, en la ansiedad de algunos que están por ahí y que están teniendo reacciones desproporcionadas.