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Opinión - 'Inundar el terreno de mierda', por Esther Palomera

La nueva guerra fría

“Dios, cómo echo de menos la guerra fría”, decía M en una película de James Bond. La jefa del MI6 en la ficción no tenía por qué ponerse tan nostálgica. El enfrentamiento subterráneo entre EEUU y Rusia, que es a fin de cuentas el terreno natural de los servicios de inteligencia, continúa gozando de buena salud. La falta de una rivalidad ideológica fundamental no le ha restado vigor.

Como en los viejos tiempos, el duelo es más evidente en aquellos terrenos en los que uno de los adversarios es vulnerable. Cuando EEUU intenta favorecer a la oposición siria, Rusia impide una acción internacional concertada contra el Gobierno de Damasco desde el Consejo de Seguridad de la ONU. Si el Gobierno ucraniano aliado de Moscú sufre el desafío de la oposición en la calle, Washington hace lo posible para hurgar en la herida. Ambos juegan con la hipótesis de estar ante un juego de suma cero. Las pérdidas del otro tienen que redundar en beneficio propio.

Al igual que en otros conflictos de las últimas décadas, también está en riesgo la reputación de un imperio. A veces, tus aliados dan más problemas que beneficios, pero abandonarlos contribuiría a debilitar tu prestigio. Futuros aliados potenciales de EEUU o Rusia se lo pensarían dos veces antes de considerar un cambio de estrategia.

La filtración de una conversación telefónica entre una alto cargo del Departamento de Estado y su embajador en Kiev introduce varios elementos irónicos en la pelea. Algunos se preguntan cómo es posible en la era postSnowden que dos diplomáticos norteamericanos tengan una conversación tan franca a través de una línea no segura.

Hay que recordar algunos de los argumentos propagandísticos empleados después de que Wikileaks difundiera los telegramas diplomáticos de EEUU. El daño era inmenso, decían. Coartaba la capacidad de los embajadores de mantener negociaciones con sus interlocutores extranjeros. Nadie sería sincero en esos contactos por el temor a una posterior difusión de su contenido. La diplomacia, como forma alternativa a la guerra para solventar las diferencias, se vería dañada.

Tonterías. Los estados se ven obligados a mantener relaciones y unos niveles mínimos de sinceridad, y tus propios diplomáticos necesitan estar comunicados con sus jefes. Hay un riesgo, por ejemplo de que intercepten tus comunicaciones, pero sería mucho peor resignarse al aislamiento o el silencio.

La conversación telefónica, incluido el “que se joda la UE”, deja patente que EEUU no quiere soltar la presa ucraniana. Su presión es un mensaje abierto a todos los países que surgieron de la ruptura de la URSS. Si alguien está dispuesto a evadirse del abrazo ruso, no estará solo. Si la oposición de esos países necesita ayuda, algo se podrá hacer. Washington prefiere tener a Moscú ocupado en mantener lo que ya tiene cerca de sus fronteras antes que dejarle que piense en otras aventuras más lejanas, donde los norteamericanos se juegan más.

Las palabras de Victoria Nuland indican que su Gobierno no se limita a un apoyo genérico a la oposición y sus ideales, o a criticar excesos en la respuesta de las autoridades ucranianas. Es difícil escapar a la tentación de elegir el arma más efectiva en el combate con Moscú. Aparentemente, sería demasiado arriesgado dejar que los ucranianos eligieran. Berlín ha apadrinado a Vitali Klitschko y le está haciendo un cursillo acelerado de líder de la oposición. Nuland desdeña al ex boxeador por su falta de experiencia política y prefiere a Arseni Yatseniuk por haber sido ministro de Economía.

Con su tradicional falta de atención a las circunstancias políticas y culturales de los países en crisis, EEUU cree que todo se reduce al dinero, a la ayuda económica que una Ucrania diferente reciba del extranjero y a la destreza de los nuevos gobernantes en asimilarla. Y como en otras ocasiones, Nuland piensa que la actitud de la UE es un desastre porque Washington confía en que sean los europeos los que se ocupen de pagar la factura a través de la promesa de un futuro ingreso de Ucrania, y que lo hagan rápido. El soborno adecuado y el apoyo decidido al caballo mejor preparado. Con eso estaría todo hecho, según Nuland.

Pero los europeos dudan, bien por el predominio de los grupos ultranacionalistas en las últimas manifestaciones de la oposición o porque la UE siempre se mueve con cautela en política exterior, entre otras cosas porque carece de ella, más allá de ciertas directrices generales. O quizá porque sigue creyendo que la guerra fría es una cosa del pasado. Rusia ya no es el enemigo, sino un vecino grande, ruidoso y algo amenazante. La coexistencia es complicada, pero no imposible.

Para EEUU, el ingreso de Ucrania en la UE y la OTAN sería un triunfo en su contienda silenciosa con Rusia. Los europeos no tienen tanta prisa en recibir a 45 millones de ucranianos. Imagina que muchos de ellos quieran irse a vivir a Berlín y Londres.

Con independencia de lo que ocurra en Ucrania, Putin no tiene miedo a esta confrontación. Incluso puede que la desee. No tiene la intención de exportar ningún modelo ideológico al exterior. Su mercado está dentro. Pretende que los rusos continúen convencidos de que el suyo es ahora mismo un gran país, digno sucesor de las grandes Rusias del pasado, y no sólo por producir mucho petróleo o acero, sino por el respeto y/o temor que provoca en el extranjero en todas aquellas contiendas en las que están en juego sus intereses. Se ve a sí mismo como alguien que sacó a Rusia del hundimiento y que la ha vuelto a colocar en el lugar que se merece.

Seguro que ha dicho alguna vez “que se joda EEUU”, pero a él no le estaban grabando.