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Cuidar dos pájaros de una tirita

26 de junio de 2026 06:01 h

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Hemos llamado a nuestra especie Homo Sapiens —el humano sabio–. Pero es cuestionable hasta qué punto hemos estado a la altura del nombre

A Sapiens le gustan las historias. Una de ellas, plasmada en el mayor superventas de todos los tiempos, la Biblia, cuenta que Dios creó Sapiens a su semejanza y le otorgó ni más ni menos que el dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo, sobre los ganados y sobre todo reptil que se arrastrara sobre la tierra (Génesis 1:26). Unos siglos más tarde, el filósofo René Descartes y sus discípulos añadieron una idea clave al guión original: Sapiens, quien sigue siendo el dueño y poseedor de la naturaleza, tiene un alma, los animales, no. En consecuencia, si no tienen alma, ni conciencia, además de no tener lenguaje, no ser racionales o no tener sensibilidad, no son más que máquinas. Y las máquinas no sienten dolor. Así que si damos una paliza a un perro, solo constatamos que su reacción no difiere de un reloj que da la hora. Desde luego, el Gran Relojero cartesiano no era veterinario.

En cualquier caso, este altamente sensible y empático “no pienso, luego no sufro” podría haber quedado sin más, como otras tantas, en una historia para veladas al calor de la chimenea. Sin embargo, la bola de nieve siguió creciendo con consecuencias nada irrelevantes. Fíjese: a partir del siglo XIX todos los códigos civiles de Europa, y por efecto dominó-colonial mucho más allá del Viejo Continente, grabaron en el mármol del derecho que los animales son simples “cosas y bienes”. Hasta tal punto que los animales siguen siendo considerados como “equipajes” por las compañías aéreas. Si bien afortunadamente la legislación ha avanzado y algunos animales son reconocidos hoy como seres sintientes, la gran mayoría de ellos no tiene más derechos, ni se les concede más sensibilidad que una máquina inerte o un reloj mecánico. Para no-Sapiens, es decir, los animales que no nacieron Sapiens, la fábula del reloj no ha sido un cuento de hadas, ni un sueño, sino su mayor pesadilla.

Porque en el mundo de Sapiens, las fábulas y las palabras no son inocuas. La labia y el lápiz humanos tienen poder. Nuestras lenguas son armas de expresión masiva para nuestra especie: reflejan a la vez que moldean el mundo en el que vivimos. Son armas de cooperación masiva que nos permiten inventar mitos y colaborar a gran escala, así como transformar y dominar, o al menos tener esa sensación, esta nave Tierra. Son armas de divinización y discriminación masivas que le dan a Sapiens el poder de autoerigirse en un eslabón “superior al resto de los animales, y por ello poder utilizarlos en beneficio propio”. De hecho, así se define el especismo, término que, ante la consolidación de su uso tras ser acuñado en 1970 por Richard Ryder, fue incorporado por la Real Academia Española en su Diccionario de Lengua Española por fin en 2020. Una rayadura lingüística sobre el disco semántico dominante de los siglos pasados.

Porque si bien está ligeramente rayado, el disco que reproduce la fábula del reloj sigue emitiéndose en bucle hoy en día. Al menos en el mundo occidental, el sentimiento de superioridad del humano sobre el no humano, grabado a lo largo de los últimos milenios, es una realidad bien tangible que la lengua replica y transmite. A través de su léxico y definiciones, sus expresiones y metáforas, eufemismos y modismos, nuestros idiomas reflejan la representación colectiva, principalmente negativa, hacia los demás animales. En línea con el pensar mayoritario de la sociedad —y a pesar de que en cualquier época, de Pitágoras o san Francisco de Asís a Jane Goodall, han existido corrientes, en auge hoy en día, a favor del respeto a los no humanos—, destila sobre todo desprecio y/u hostilidad hacia ellos. 

De hecho, al igual que existe un lenguaje misógino, podemos hablar de un lenguaje misótero. La misoteria, término construido en base a los términos del griego antiguo miseô (odiar) y thêrion (animal salvaje) y que significa literalmente “odio hacia los animales no humanos”, ha sido y es fundamental para relatar y fijar la aparentemente inquebrantable jerarquía entre la especie humana y las demás especies. Este constructo social y cultural abre a su vez la puerta al uso casi ilimitado de los no-Sapiens para fines humanos, ya sea para nuestros estómagos, nuestro entretenimiento o nuestros bolsillos.

Esto no es un fenómeno circunscrito a una lengua concreta del mundo occidental. Existen hoy numerosos estudios que muestran cómo, por ejemplo, el idioma inglés, francés o alemán maltratan a los no-Sapiens. Si bien cada uno lo hace con sus particularidades, las dinámicas y resortes lingüísticos y culturales subyacentes son muy parecidos y homólogos, además de las numerosas y constantes influencias e intercambios entre idiomas. En este marco, el idioma castellano no es una excepción. De la misma forma que lo hacen las y los Sapiens anglófonos, francófonos y germanófonos, don y doña Sapiens hispanohablantes en general hablan mal, desprecian o vehiculan prejuicios sobre los demás animales que no pertenecen a nuestra especie. 

En este marco, con muy poco o ningún atisbo científico, se les suele otorgar los peores rasgos físicos, comportamentales, psicológicos y morales. Entre otras cosas, los animales no humanos son los malos de la película: si usted se traga un sapo, se traga ni más ni menos que el demonio; si piensa que el hombre es un lobo para el hombre, es que piensa en una forma violenta y despiadada de actuar, y si habla de un fondo buitre, se refiere a un fondo especulativo que se ceba en la desgracia de otro. Además, los animales son tontos. Ser un burro, merluzo o percebe, estar pez, tener la cabeza de chorlito o la edad del pavo, seguir la política del avestruz, no son sinónimos que digamos de gran inteligencia. Son también despreciables: a nadie le gusta ser considerado como un gusano o una rata, mientras que muchos verbos, construidos en base a sustantivos zoológicos, como cotorrear, mariposear, cabrear, mosquear, no apuntan precisamente a cualidades positivas. Y quien realmente se lleva la palma de oro en la categoría “misoteria lingüística en lengua española” es, sin duda alguna, el cerdo, parangón de bajo estrato y suciedad. Todo esto tiene un ligero problema: es, en muchos casos, falso. El buitre juega un papel fundamental para limpiar los ecosistemas, los avestruces ponen la cabeza en la arena para cuidar de sus huevos y el cerdo es, cuando no está confinado ni amontonado en naves industriales para consumo humano, extremadamente limpio. En este sentido, sería más lógico acuñar una nueva expresión: “sucio como un cerdo maltratado”.

Por otro lado, si es usado para referirse a un individuo Sapiens, el término “animal” o todo lo relacionado con el mundo no humano es, en general, una lista sin fin de desprecio y desprestigio. Y una guinda sobre el pastel: si ese humano es una mujer, una persona racializada o pertenece a un colectivo marginado, la palabra “animal” es de una riqueza infinita para inferiorizarlo, ridiculizarlo, excluirlo o abrir la puerta al peor de los tratamientos inhumanos posibles. En la violencia de género o el machismo lingüístico diario, la animalización sirve para vejar, degradar y menoscabar la integridad de la mujer, burlándose de su aspecto físico (“foca”, “vaca”, “ballena”, etc.), de sus formas de expresarse (“cotorra”, “urraca”, etc.), de su inteligencia o cordura (“loca como una cabra”, “tonta como ovejas bobas”), de su supuesta maldad (“víbora”, “lagarta”, “pájara”, etc.) o sexualizándola (“zorra”, “perra”, “más puta que las gallinas”, etc.). No se libra tampoco el colectivo LGTBIQ+, que ha sido comparado desde el siglo XVI con “mariposas” porque, según fray Pedro de León, las personas homosexuales “tentadas por la atracción de la llama, vuelan adelante y atrás, cada vez acercándose más y más al fuego” y “llevados por el pecado acabarán por fin en el fuego como mariposas”.

Mientras tanto, las personas migrantes sufren también directamente de este proceso de animalización. Por ejemplo, cuando Donald Trump declara que “no son humanos, son animales”, abre la puerta a que el ICE o las patrullas en las fronteras les puedan cazar y capturar como si fueran animales de cacería. Y si miramos al genocidio en Gaza, tampoco nos tendrían que extrañar las declaraciones del ex ministro de Defensa israelí Yoav Gallant, quién dijo, hablando de los palestinos: “Estamos combatiendo contra animales humanos y estamos actuando en consecuencia”. La semántica es de facto un potente plaguicida para descucarachizar a las y los Sapiens considerados como indeseables.

Estos procesos de discriminación lingüística son bien conocidos. En particular, el feminismo tiene desde hace años perfectamente estudiada la relación del lenguaje con el sexismo, así como la necesidad profunda de cambiarlo para combatir la dominación masculina. Por su parte, los movimientos de descolonización nos recuerdan también que las categorías semánticas no existen a priori sino que son construcciones sociales que reflejan nuestra posición relacional, tanto social como política: no existen “razas”, sino personas “racializadas”. Asimismo, las categorías “humano” y “animal” no son constantes antropológicas intangibles, sino que son el resultado de procesos de animalización y humanización de los individuos humanos y no humanos. Hay humanizados y animalizados. Es decir, no se nace humano y animal, sino que se llega a serlo.

En ese contexto, el libro Una lengua sin maltrato analiza cómo la lengua española maltrata a los no-Sapiens en el lenguaje de uso diario, cómo usamos de forma consciente e inconsciente el vocabulario proveniente de la tauromaquia, cómo creamos una anestesia emocional a través de la lingüística para facilitar el consumo masivo de animales no humanos y cómo la lengua puede servir para animalizar a personas y colectivos inferiorizados. Pero el idioma, sea cual sea, español incluido, no es una losa inamovible. De la mano de las evoluciones de la sociedad, nuestro idioma cambia de forma constante y dinámica, y, gracias a su gran riqueza y flexibilidad, se abre a innovaciones y nuevos horizontes. Con ese afán de ayudar y participar en su progreso, este libro contiene un último capítulo de alternativas, porque una lengua española filótera, es decir que pregone el respeto hacia los no-Sapiens y los Sapiens animalizados, es posible.

Por tanto, cambiarlo es una condición sine qua non, aunque en absoluto suficiente, para combatir el maltrato animal así como la discrimación contra colectivos humanos inferiorizados. Y más allá, reflexionar sobre un bien común tan preciado y vivo como nuestro idioma es simplemente un modesto grano de arena dentro de una obra colectiva mayor. Aún más, en esta mitad del siglo XXI (donde, a la vez, vuelven peligrosos fantasmas de otras épocas, pesa sobre nuestros hombros una espada de Damocles ecológica y el idioma es un campo de batalla cultural y político), se trata de fomentar un mundo más empático, justo y sostenible hoy y mañana. Un planeta donde Sapiens, consciente de su propia humanidad animal, o animalidad humana frágil y singular, de su pertenencia y dependencia del resto de la naturaleza, cuida de su especie, de las demás y de la vida en general. Y en esta nueva fábula, ya “no matamos dos pájaros de un tiro” sino que “cuidamos dos pájaros de una tirita”.

Nota del autor:

El libro se presentará en Madrid, en la librería Contrabandos, en Lavapiés, el martes 30 de junio a las 18:30 horas; y en Barcelona, en la librería +Bernat, el miércoles 1 de julio a las 19 horas.