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Florent Marcellesi

Eurodiputado de EQUO-Primavera Europea en el Parlamento Europeo.

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¡Liberémonos del crecimiento!

El pasado 17 de septiembre, más de 200 científicos de diversas disciplinas firmaron una carta abierta publicada en varios diarios europeos. En ésta, abogan por una ruptura con el modelo económico centrado en el crecimiento económico y la competitividad, y denuncian la devastación tanto a nivel ambiental (cambio climático, agotamiento de los ecosistemas, extinción de especies, ¡incluida la nuestra!) como a nivel social (explosión de desigualdades, pérdida de identidad...). Este texto firmado por economistas, expertos en derecho laboral, doctores en ciencias ambientales, sociólogos, epidemiólogos, etc.  precedió a una conferencia sobre el "post-crecimiento" celebrada en el Parlamento Europeo los dos días siguientes. Este evento, propiciado por los eurodiputados verdes y apoyado por eurodiputados de otros cuatro grupos políticos, tuvo como objetivo abrir la caja negra de los modelos económicos neoclásicos y crecentistas que sustentan la toma de decisiones políticas. 

La conferencia también tenía como objetivo allanar el camino para liberar a Europa de las garras del crecimiento económico. Desde la década de 1970, la caída ha sido escalonada pero constante, y  la OCDE anunció en 2014 que el crecimiento de las economías de los países ricos sería de medio punto porcentual anual de aquí a 2050. Sin embargo, si "gobernar es planificar", como líderes políticos, es nuestro deber anticipar las implicaciones de este declive estructural y extraer las consecuencias para garantizar el interés general. De hecho, hoy en día, el pago de las pensiones y el desempleo, así como el reembolso de las deudas públicas y privadas (que son el doble de las públicas) se basan en el crecimiento. En nombre de la justicia y de la paz social, sería irresponsable no buscar alternativas a este estancamiento que, además, da alas a todos los extremos. 

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Hacia una España decisiva en la política climática internacional

Por primera vez, el calentamiento global ya ha alcanzado 1ºC. Si queremos limitarlo a 1.5ºC como establece el  Acuerdo Climático de París, los/as expertos/as climáticos/as internacionales no dejan dudas: hay que actuar más rápido y con más ambición. No solo para evitar los costes de una catástrofe humanitaria inimaginable sino también para aprovechar la oportunidad social y económica que representa ir hacia un modelo limpio y responsable. Desde España, recojamos el guante lanzado por la comunidad científica y seamos líderes de esta transición justa y ecológica en Europa. El nivel de ambición de nuestro país puede ser realmente decisivo. Veamos por qué y cómo.

Lo primero de lo que nos alerta el comité de expertos/as en su informe es de los enormes impactos de un aumento de temperatura de más de 1,5ºC en términos de costes sociales, económicos y ecológicos. ¿Os imagináis una Andalucía sin olivos, una Rioja sin vino, una Valencia sin naranjas o un Euskadi sin playas? Con una temperatura media 2ºC más alta, esto deja de ser una hipótesis. Gran parte del sur de España se convertiría en un desierto de aquí a finales de este siglo, con sus incalculables consecuencias sobre el empleo, la economía y la cultura de los territorios afectados. Si no actuamos de forma rápida y eficaz, los migrantes climáticos de las próximas décadas en Europa serán trabajadores y ciudadanos del sur español.

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El futuro de Europa será negro o verde

El futuro era esto. La revolución tecnológica y digital ha traído un mundo extremadamente interconectado, abriendo oportunidades democráticas y retos económicos hasta ahora impensables. Al extenderse la globalización, las interdependencias y nuevas formas de gobernanza transnacional, la idea de Estado-nación está dejando paso a nuevas formas de entender los derechos civiles, la participación política y el sentimiento de pertenencia a una comunidad. La acumulación de la riqueza en pocas manos se ha intensificado y el poder de algunas corporaciones multinacionales ha alcanzado niveles obscenos. Por su parte, el modelo de desarrollo basado en la industrialización, el crecimiento infinito y el consumismo desenfrenado ha tocado techo a medida que las reservas fósiles en las que se cimentaba se comenzaron a agotar. El calentamiento global ya es una realidad a contener y, con él, la desestabilización climática y sus efectos en forma de desastres naturales,  migraciones masivas y pérdidas económicas. La contaminación del aire, el suelo y la pérdida de biodiversidad, así como la alimentación 'low cost', empiezan a tener impactos serios en nuestras ciudades y campos, en nuestra salud y en el bienestar animal. ¿Y ahora qué?

La magnitud y urgencia de estos retos globales exigen altas dosis de realismo, responsabilidad y visión política, desde el nivel local hasta el europeo. Las recetas de ayer son inútiles para seguir asegurando la prosperidad económica y la calidad de vida de las personas en el mundo de hoy y mañana. La ciudadanía está lista para un cambio de rumbo, pero hay una política fósil en Europa que se resiste, una opción inmovilista que cree que su modelo obsoleto solo necesita un cambio estético, un poco de simbolismo y una pincelada verde. Lo hemos visto en el gobierno de Emmanuel Macron. La reciente dimisión de su ministro de “Transición Ecológica”, Nicolás Hulot, demuestra que lobbies como las eléctricas, la agroindustria o la caza son quienes llevan las riendas del ejecutivo francés. Pero también en el Gobierno de España, mientras la transformación ecológica no sea asumida como prioritaria y transversal en todas las políticas, y mientras medidas simbólicas como la recepción del Aquarius tengan las devoluciones en caliente y los CIE como la otra cara de la misma moneda. ¿El resultado? La frustración: el combustible del populismo reaccionario.

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Ciudades que salvan vidas

Más de un siglo de industrialización y desarrollo económico basado en combustibles fósiles ha ido degradando progresivamente nuestro medio ambiente de muchas maneras, siendo una de ellas convertir en irrespirable el aire de las ciudades. Se trata de un grave problema de salud, reconocido por la OMS , que requiere soluciones políticas de forma inmediata. El 54% de la población mundial vive en ciudades. En Europa, la cifra aumenta al 75%, y en EEUU al 82%. Entre los múltiples problemas que estos niveles de aglomeración humana provocan, la movilidad es uno de los más importantes.

La necesidad de desplazarse de forma cómoda y rápida, unido al rápido desarrollo del capitalismo y el culto a la propiedad y los bienes materiales, tienen como consecuencia una cifra espectacular de vehículos privados, la mayoría de ellos con motores de combustión. Esto provoca uno de los mayores desafíos a los que nos enfrentamos como sociedad urbana: la contaminación atmosférica.

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El pueblo saharaui tiene la ley de su parte (II)

El 21 de diciembre de 2016, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea falló que el acuerdo agrícola entre la UE y Marruecos no se podía aplicar al territorio del Sáhara occidental, por ser “un territorio distinto y separado” de Marruecos. El pasado 27 de febrero, el Tribunal de Justicia de la UE ha vuelto a respaldar jurídicamente al pueblo saharaui: el acuerdo pesquero entre la UE y Marruecos no se puede aplicar al Sáhara occidental. Constituiría una violación del derecho internacional.

Teniendo en cuenta que el 91,5% de las capturas realizadas a través del acuerdo de pesca se realizan en aguas saharauis, tanto las instituciones europeas como los Estados miembros se encuentran en un vacío legal. Y sobre todo esta decisión afecta directamente a los pescadores europeos, quienes desde el martes se encuentran faenando ilegalmente y con una total incertidumbre jurídica en las aguas saharauis. 

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Mujeres y cambio climático: dos caras de una misma lucha

Cuando hablamos de cambio climático solemos evocar la imagen de un oso polar surcando en un trozo de hielo, en medio de un Ártico derretido. Pero cada vez más, los medios de comunicación nos muestran otras dos imágenes bipolares: víctimas del cambio climático (mayormente mujeres) y representantes en las cumbres internacionales sobre el clima (mayormente varones). Pero las interrelaciones van mucho más allá de reconocer a las mujeres como las principales víctimas del calentamiento global o de denunciar la falta de representación de mujeres políticas en las cumbres mundiales. 

¿Cuál es entonces la conexión entre cambio climático y desigualdad de género? Ambas lacras sociales corresponden a un mismo modelo socioeconómico productivista y patriarcal basado en la sobreexplotación y en el acceso desigual a los recursos naturales, a la tierra, a los créditos o la tecnología. Un mundo donde las repercusiones climáticas acentúan aún más las desigualdades de género existentes y donde la desigualdad impide una lucha eficiente y justa contra el cambio climático. 

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Democratizar Europa: por unas listas transnacionales

Europa ha vuelto. Al estallar la crisis, muchos la daban por herida de muerte, casi moribunda. Sin embargo, diez años más tarde no solo no ha muerto sino que la coyuntura política le ha vuelto a dar alas. Más concretamente, los efectos Trump y Brexit, y los terribles atentados en Barcelona, Bruselas y París, han resucitado el proyecto europeo. Por un lado, al salir del Acuerdo climático de París, Trump vuelve a poner en bandeja a la Unión Europea su liderazgo climático. Por otro lado, el Brexit, mientras refuerza la dinámica de “Reino Desunido”, actúa como catalizador y nexo de unión para una Europa política por fin liberada del constante freno británico. Y mientras tanto, los atentados yihadistas no hace sino reforzar  la solidaridad y conciencia europeas frente al terror.

Pero, ¿qué Europa ha vuelto? ¿La que promueve contra viento y marea el TTIP y CETA, o la que se moviliza por todo el continente a favor la transparencia y de otro comercio? ¿La que en petit comité humilla a Grecia o la que propone una seguridad social europea? ¿La que salva vidas en el Mediterráneo o la que subcontrata a Turquía sus fronteras? La respuesta es a la vez simple y compleja: todas a la vez.

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Una "revolución" francesa con aspecto de déjà-vu

Francia ha dejado un escenario inédito pero altamente previsible. En la segunda vuelta de las elecciones presidenciales estarán Macron y Le Pen: el candidato anti-élite de la élite y la candidata de extrema derecha. Ante el hartazgo ciudadano frente a la clase política gala, el nuevo e incierto orden político francés y europeo está emergiendo.

Al igual que en Austria, los partidos tradicionales se hunden y en suma alcanzan poco más del 25% de los votos. Desde luego, nadie –empezando por su bancada conservadora– echará de menos a François Fillon. Perseguido por sus escándalos de conflictos de interés, pidiendo sin pudor que la gente no le amara pero al menos le votara, representa lo más podrido del establishment político tradicional. Su eliminación es una buena noticia para la salud democrática francesa y europea.

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Sesenta años de proyecto europeo: ¿Y ahora qué?

Hace sesenta años, en Roma, seis naciones profundamente heridas por dos guerras mundiales apostaron por huir de la confrontación hacia la armonía que los intereses industriales y comerciales comunes podrían generar. A través de una integración gradual de las sociedades europeas, fue un paso destinado a conformar rápidamente una comunidad política. Aun así, con el tiempo, la realidad mostró que la unión política no podía realizarse automáticamente con la integración económica, sino que requería de la construcción de un verdadero proceso político.

Hoy, aun haciendo frente a la crisis y a pesar de que la austeridad y los retrocesos democráticos han dañado seriamente el proyecto, la Unión Europea permanece como una de las más grandes ambiciones llevadas a cabo por los europeos y europeas. Significa un auténtico aliento de esperanza para todos los que estuvieron y siguen viviendo bajo la opresión de los regímenes autoritarios o en regiones empobrecidas. En un continente de pasado sangriento, el proyecto de integración, con sus altibajos, sigue constituyendo un pilar de paz y cooperación sin precedentes entre sus pueblos.

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Hay futuro sin carbón

Afrontemos la realidad. Por motivos económicos, ecológicos y de salud, el carbón ya no tiene futuro. Primero, desde el punto de vista económico, las ayudas para el cierre de las minas de carbón terminarán a finales de 2018. Ninguna mina en España —y de rebote algunas centrales de carbón— podría ser rentable sin ayudas públicas, ni tendrían capacidad de devolver las ayudas recibidas para el cierre si decidieran seguir abiertas. Desde el punto de vista climático, el acuerdo de París marca el camino a seguir tanto a las minas como a las centrales de carbón. Ha terminado la era de las energías sucias y necesitamos descarbonizar del todo la economía europea para 2050: empieza la era de las renovables. Desde el punto de vista sanitario, son altísimos los daños a la salud causados por la quema de carbón, un impacto que, además de tener un gran coste social y económico, no está internalizado en el precio de la electricidad.

Ante esta triple realidad, desde las instituciones y la sociedad civil decidimos ser valientes y proponer una transición ordenada, planificada y participativa hacia una economía no dependiente del carbón (incluyendo minas y centrales). Reconociendo la labor histórica de los mineros y sus familias, y su aportación fundamental para construir la sociedad española y europea actual, podremos poner en marcha una transición justa y sostenible de las cuencas mineras, aprovechando su gran potencial cultural, solidario y participativo para dar el paso definitivo hacia los sectores sostenibles. Apostemos entonces, de forma valiente y decidida, por una economía verde donde los empleos de hoy y mañana son a la vez dignos, seguros y respetuosos del medio ambiente y nuestra salud.

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