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La invisibilización de la violencia animal

23 de junio de 2026 06:01 h

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Que la construcción de la masculinidad tiene relación con la violencia es algo que sabemos de sobra tanto por la teoría como por la práctica en nuestros cuerpos, en nuestras vivencias. Las luchas feministas frente a la desigualdad han evidenciado esta relación al hablar de violencia de género, de violaciones, de los abusos de poder perpetrados por los hijos sanos del patriarcado, los bien adaptados a un sistema que respalda su comportamiento y perpetúa la desigualdad, que nunca viene dada de forma amable, como la base de sus relaciones.

Para que aceptemos esta desigualdad tienen que darse varios factores, que la psicóloga americana Melanie Joy desgranó hace algo más de una década en tres sencillos elementos, lo que denominó “las tres N de la justificación”: primero, la normalización de las condiciones de desigualdad. El “siempre ha sido así” es uno de los pilares mejor establecidos para que situaciones de injusticia pasen desapercibidas a nuestros ojos acostumbrados a ellas. Si no somos capaces de ver algo es imposible que luchemos por cambiarlo. Segundo, la naturalización de ciertas situaciones genera esa misma ceguera selectiva que hace que injusticias y desigualdades, pero también las más descarnadas violencias, nos resulten invisibles y las aceptemos sin llegar a considerar que, tal vez, no deberían darse en este mundo. En tercer lugar nos encontramos con la falsa creencia de la necesidad: el argumento de lo necesario parece vencer a cualquier razonamiento cuando lo lanzamos como una losa ante las argumentaciones mejor respaldadas. Si algo es necesario, además de natural y normal, obviamente no será considerado un cambio imprescindible para la mejora de las diferentes situaciones de desigualdad, o será considerado un mal necesario que sucede en este mundo nuestro y que, lamentablemente, no podemos cambiar. Una manera muy sencilla de establecerse en la comodidad de las actitudes pasivas.

Ahora bien, cuando pensamos en estas tres características, vemos que son argumentaciones que se han utilizado durante años para perpetuar injusticias sociales que, con el paso del tiempo, se han destapado como grandes intereses para el mantenimiento de los sistemas de control que nos rodean. El patriarcado, el capital, la cisheterosexualidad normativa y tantas otras estructuras de poder han estirado los réditos obtenidos de estas características impuestas de manera que su supervivencia se viera asegurada y, sobre todo, respaldada por aquelles a quienes más daño estaban haciendo. La estrategia perfecta estaba servida.

Sin embargo, las diferentes luchas sociales, y la capacidad y valentía de infinidad de personas para alzar la voz y ocupar espacios que tradicionalmente les habían sido negados, nos han abierto los ojos en el camino de la comprensión holística del mundo, en la valoración real de que tantas y tantas situaciones que pasaban desapercibidas porque no sabíamos, o no queríamos, reconocerlas, deben ser enfrentadas y eliminadas por completo si queremos construir relaciones igualitarias, diversas y basadas en el cariño y el respeto.

Pero, ¿qué sucede cuando quienes son víctimas de la opresión y la violencia no tienen capacidad de alzar la voz, de apropiarse de los espacios y generar discursos y estrategias colectivas a largo plazo para cambiar su situación de vulnerabilidad?

A pesar de que la explicación de las tres N se puede aplicar a todas las opresiones que las estructuras cisheteropatriarcales y capitalistas, racistas, clasistas, etc., se esfuerzan en perpetuar, el libro en el que Melanie Joy explica esta argumentación se llama Por qué amamos a los perros, nos comemos a los cerdos y nos vestimos con las vacas (Plaza y Valdés, 2013), un estudio conciso y acertado sobre el carnismo, la ideología que respalda el consumo de los cuerpos animales y cuyo funcionamiento es exactamente el mismo que el del resto de los sistemas de opresión que nos atraviesan.

Esto es, precisamente, de lo que trata el libro Especismo, dualidad y patriarcado. Los sistemas de dominio y sus herramientas de control, que he publicado recientemente en la editorial Kaótica Libros, donde realizo un estudio histórico de la construcción de la dualidad y el uso de la violencia como herramienta en su establecimiento, y que termina con una comparativa de las semejantes estrategias que el especismo y el patriarcado ponen en práctica para cosificar y despersonalizar tanto a les animales como a las personas que la sociedad ha leído como mujeres.

El hecho de que les animales no humanes no tengan capacidad discursiva y de acción (la cual, obviamente, sí tienen, pero el encierro y la violencia masiva a las que les sometemos impide prácticamente toda posibilidad de huída y liberación) supone una invisibilidad más que, sin duda, los seres humanos utilizamos a nuestro beneficio. Cuando es nuestro cuerpo humano el que sufre la violencia es fácil levantarse y pedir justicia; cuando son otros cuerpos de los que, además, nos beneficiamos considerablemente, la posibilidad de inacción se oculta tras esas tres N del consumo y el uso de les animales: es normal, es natural y, además, es necesario. La explicación perfecta para manifestarse contra el patriarcado y después comernos un pincho de chorizo en el bar de siempre.

Sin embargo, y por mucho que la violencia a la que sometemos a les animales no humanes nos reporte beneficios y facilidades vitales a las que no queremos renunciar, resulta hipócrita que nos alcemos en masa cuando se trata de luchar frente a los sistemas estructurales que nos violentan y nos matan cada día, y obviemos esa misma violencia cuando somos nosotres quienes la ejercemos directamente.

Si queremos construir sociedades más igualitarias, más feministas, menos violentas y menos injustas, no podemos obviar el paso previo y necesario de dejar de utilizar a les animales a nuestro antojo. La violencia con que se les trata en este mundo tan desigual que hemos construido está vinculada estrechamente con la violencia con la que funciona todo lo demás: la masculinidad más virulenta y la violencia que utiliza como base en su construcción sistémica está detrás de nuestras injusticias y de las de les animales, y sus comportamientos y modos de actuación concretos están dentro de nuestro sistema (el más personal, nuestro cuerpo) y hemos de visualizarlo para cambiarlo. La ferocidad que ejerce el patriarcado, los acotados patrones de cis, hetero, blanco, payo, etc. que ha construido y que nos vulneran cada día, es exactamente la misma ferocidad que ejercemos contra les animales no humanes, la misma virulencia, el mismo dolor.

No podemos cambiar el mundo y referirnos sólo a una parte de él, no es posible cambiarlo todo sin cambiarnos a nosotres mismes. Es hora de asumir nuestra responsabilidad en las violencias que ejercemos, y poner de nuestra parte para cambiar unas vidas que, aunque nos parezcan lejanas, son exactamente igual a las nuestras, y merecen todo el amor, la dignidad y el respeto que les podamos dar.