90 años de la marcha de Chicote a Gijón

Chicoate en una foto de la época.

ACAN

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La noche del 10 de agosto de 1930, Juan Chico Díaz, Chicote (1912-2001) embarcó hacía la Península para iniciar una nueva aventura vital en el Sporting de Gijón, entonces en Segunda División junto a Valencia, Sevilla o Atlético de Madrid, tres gigantes del fútbol español que ese curso aún no tenían cabida en la máxima categoría, que contaba sólo con diez equipos. Formado en el infantil Tenerife, con 16 años se proclamó campeón de Canarias con el mítico Iberia. Y al año siguiente, aún con la escuadra blanquinegra del barrio del Toscal, fue el máximo goleador del Campeonato Insular, empatado con otro monstruo de la época, Quico Tejera (Real Unión).

Delantero irrepetible, una recomendación del delegado de Hacienda en la capital tinerfeña le llevó al Sporting de Gijón. Tras una dura travesía y una mínima adaptación a los desconocidos campos de césped, deslumbró con dos goles en su debut en un amistoso contra la Cultural Leonesa. Al día siguiente le pagaron sus buenas prestaciones con un engaño: cuando fue a la sede del club a firmar su contrato por 10.000 pesetas anuales, se dio cuenta que ya había firmado uno por 5.000 pesetas cuando un directivo le hizo rubricar un papel después de verlo en un entrenamiento. Chicote acababa de cumplir 18 años y al Iberia le correspondieron sólo 4.000 pesetas.

En el Campeonato Regional hizo ocho goles, cinco de ellos al eterno rival, el Real Oviedo. Dos en Buenavista y tres en El Molinón. De ambos partidos salió a hombros. En el Campeonato de Liga también se hartó de marcar goles hasta que, en la octava jornada, durante una visita al Valencia en Mestalla, Benito Torregaray, un tosco central apodado 'el Botas' por el tamaño de sus pies, le rompió un menisco. Ahí acabó su aventura peninsular y se frustró su fichaje por el Real Madrid, que se había reforzado con el portero Zamora pero carecía de un goleador. En aquellos tiempos, una lesión así era sinónimo de retirada. Pero además de talento, Chicote tenía un infinito tesón.

Desahuciado por el Sporting, Chicote regresó a la Isla y se curó con una particular terapia consistente en baños de sol... y en enterrar la rodilla en arena caliente. Se recuperó plenamente y durante una década formó parte de un Tenerife mágico, aquel que derrotó por dos veces al Madrid de Zamora, Ciriaco y Quincoces en 1932; el que se impuso en Les Corts y el Metropolitano al Barça y al Atletico Madrid en 1933 en una gira por la Península; el que logró la primera victoria en la Copa de España ante el Hércules en 1934; o el que, ya tras la guerra civil española, le que ganó al Sevilla de 'la delantera stuka' en la Copa del Generalísimo. Y casi siempre, con goles suyos.

En ese tiempo, Chicote desarrolló y perfeccionó un remate a la media vuelta con el que, cuando aún militaba en el Sporting, le hizo un célebre gol a Blasco, portero del Athletic de Bilbao. Y lo hizo también con un método singular: practicaba en plena calle con una pelota de trapo que sostenía con una cuerda. Al final, aquella lesión hizo que Tenerife pudiera disfrutar durante tres lustros de una magia que parecía reservada a los campos peninsulares cuando Chicote embarcó hacia Gijón aquella noche de agosto.

(*) Capítulo del libro “El CD Tenerife en 366 historias” de Juan Galarza y Luis Padilla. 

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Publicado el
10 de agosto de 2020 - 12:29 h

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