Cinco adolescentes muertos, pero no de los nuestros
No sé a ti, pero la noticia que más me impactó la semana pasada fue la muerte accidental de cinco adolescentes, asfixiados en un incendio en Manlleu, Barcelona. Cinco chavales de entre 14 y 17 años, que son las edades de dos de mis hijas. Cinco chicos que pasaban la tarde en un trastero abandonado, como yo en mi adolescencia me metía en cualquier sitio con mis amigos a falta de espacios propios. Cinco críos que tal vez fumaban o jugaban con el gas de la risa, como tantos que a su edad tonteábamos con cualquier sustancia prohibida, lo mismo alcohol que tabaco o ciertas drogas.
Me enteré el martes a primera hora, y pasé todo el día sin apenas ver noticias por estar de viaje y atendiendo compromisos de trabajo. Cuando a la noche llegué a mi habitación de hotel, comprobé que la noticia se había caído de la mayoría de portadas y no parecía ser uno de los temas del día, salvo en la prensa catalana. Al día siguiente, la muerte de cinco críos había bajado a páginas interiores en la mayoría de medios nacionales, y fue diluyéndose a lo largo de la semana, ya solo como noticia local. Yo seguía impactado, y me chocó ver el corto recorrido de una noticia tan terrible.
Es cierto que en la localidad de Manlleu, en el barrio donde vivían los chavales y en los dos institutos donde estudiaban, la conmoción sigue siendo enorme. También es cierto que el alcalde de la ciudad, y el presidente Illa, se mostraron muy sensibles al dolor de familias y amigos. Pero más allá de Manlleu, o como mucho de Cataluña, no me parecía que la sociedad española y los grandes medios estuviésemos muy impresionados por una noticia, insisto, espantosa: cinco adolescentes muertos en un incendio.
La pregunta es obvia, no por ello hay que dejar de hacerla: ¿Tiene que ver con que los chicos muertos se llamasen Mohamed, Mustafa, Amin, Mohamed y Adam? ¿Con que sus familias son inmigrantes de origen marroquí, aunque ellos fuesen nacidos o criados desde pequeños en Cataluña? ¿Con que fuesen musulmanes, y además humildes?
¿Habría tenido su muerte el mismo impacto social, y recibido la misma atención mediática, si tuviesen nombres castellanos o catalanes, y fuesen españoles “de toda la vida”? Es fácil imaginar una noticia similar protagonizada por cinco adolescentes que se llamasen Carlos o Manel, apellidados García o Pujol. Incluso si fuesen extranjeros, pero no “moros”. Si además viviesen en un barrio de clase media, y no digamos un barrio de clase alta, llevaríamos toda la semana hablando de ellos, conoceríamos hasta el último detalle humano de sus cortas biografías (sus aficiones, sus equipos de fútbol, qué querían ser de mayores…), se multiplicarían las muestras de solidaridad, y no habríamos leído en los comentarios de las noticias ni en las redes sociales insinuaciones sobre “qué estarían haciendo esos en un trastero”, “qué estarían metiéndose”, o expresiones directamente racistas o xenófobas.
No señalo a nadie: es probable que yo mismo estuviese más impresionado con otros perfiles de chavales, no soy ajeno al racismo dominante ni a la deshumanización que los Mohameds y Mustafás vienen sufriendo entre nosotros desde la ultraderecha, las redes sociales y cierto periodismo sensacionalista. El “kilómetro sentimental”, ese concepto periodístico por el que sentimos más empatía por unos muertos que por otros dependiendo de su cercanía geográfica o cultural (diez muertos en Europa o Estados Unidos merecen más atención que doscientos muertos en cualquier lugar de África), opera también con quienes conviven con nosotros, incluso aunque sean tan de aquí como nuestros hijos, pero que no terminamos de sentir “de los nuestros”. Todo mi cariño para sus familias y amigos, descansen en paz.
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