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Esperando al próximo ES-Alert

Imagen de un aviso reciente a móviles del sistema Es-Alert a los municipios de la zona de Talavera de la Reina y Escalona (Toledo) para alertar de la crecida del río Alberche.
15 de febrero de 2026 22:11 h

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Tú no te acuerdas porque eres muy joven, pero hubo un tiempo en que solo hablábamos del tiempo para llenar el incómodo silencio del ascensor. Teníamos inviernos fríos, veranos calurosos, otoños lluviosos y primaveras locas. No sabíamos qué era una Dana, ni poníamos nombre a las borrascas. La información meteorológica en la tele era breve y sencilla, sin tecnicismos ni mapas de colores, solo graciosos huevos fritos para el sol. De vez en cuando se desbordaba un río —y dejaba decenas de muertos, sí—, se paralizaba una provincia entera por la nieve o batíamos un récord histórico de temperatura; pero en general no se alteraba mucho nuestra vida, no sabíamos quién era el responsable de emergencias en nuestra comunidad, las televisiones no hacían directos con periodistas a punto de ahogarse o de morir congelados, y la información del tiempo era eso, información, no espectáculo. No es un ejercicio de nostalgia, solo recuerdo de dónde venimos y dónde estamos.

La nueva normalidad meteorológica es vivir esperando el próximo ES-Alert, planear viajes que no sabemos si podremos hacer, organizar eventos que se suspenden solo un día antes, ver a tu alcalde o presidente autonómico con chaleco reflectante día sí y día también, o que te avisen por la noche de que se suspenden las clases al día siguiente y qué haces con tus hijos. En toda mi vida de escolar no recuerdo que ni una sola vez nos cancelasen clases por mal tiempo; mis hijas acumulan varias cada curso, ya sea por calor, lluvia o viento. Tampoco he tenido tantos cambios de planes y viajes anulados a última hora como en los últimos meses. Y lo mismo digo con los parques cerrados, los partidos de fútbol suspendidos y el estado de emergencia discontinua en que vivimos.

Por supuesto está la Dana de Valencia, cuya negligente respuesta hace que hoy hasta el último alcalde prefiera pasarse de frenada antes que ser acusado de inacción. Y no menosprecio lo mucho que hemos mejorado en prevención y respuesta ante fenómenos extremos; yo también prefiero que se pasen a que nos dejen tirados. Hablo de la combinación de una meteorología alterada, con una sociedad muy vulnerable y que exige riesgo cero.

En cuanto a lo primero, los expertos dirán si la reiteración de catastróficas borrascas y olas históricas de calor o frío son, como parece, consecuencia de la emergencia climática, y serán nuestra anormal normalidad en adelante. Mazón y su inepto equipo pudieron provocar más de doscientos muertos, pero los daños materiales se habrían producido igualmente aunque hubiesen avisado a tiempo (recordemos, 120.000 coches destrozados, que se dice pronto). De ser así, si esto es lo que nos espera, tendremos que replantear todo, desde los transportes y el mantenimiento de infraestructuras, al coste económico para administraciones, aseguradoras, empresas y ciudadanos.

En cuanto a lo segundo, la vulnerabilidad, ya la pandemia nos desnudó como una sociedad tan compleja, interconectada y dependiente de la movilidad de personas y mercancías, que se tambalea ante cualquier imprevisto. La meteorología adversa, en su reiteración, trastoca todo y nos paraliza. Y añadimos algo que, lejos de ser un inconveniente, es un avance, pero que lo hace todo más difícil: en la medida de lo posible queremos minimizar todo riesgo, y castigamos duramente al gobernante que no ponga todos los medios disponibles -que siempre serán pocos- para protegernos.

Así que empezamos nueva semana a la espera del próximo ES-Alert, que no tardará en llegar, pues su uso se ha multiplicado. De las críticas y burlas por los primeros avisos hace solo tres años, hemos pasado al envío casi semanal que algunos gobiernos practican. Tanto, que a este paso acabará perdiendo su carácter extraordinario, los dejaremos de atender y habrá que inventar otro sistema de alerta. Ánimo.

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