Más difícil que unir a la izquierda
La enésima refundación de la izquierda. Más de lo mismo. Otra sopa de letras. Esta película ya la he visto. Remake. Reboot. Unidas Podemos, Sumar, a ver qué nombre le ponen ahora. La misma moto usada. Primero como tragedia, después como farsa. El Frente Popular de Judea se llamará ahora Frente Judaico Popular. Pero si caben todos en un taxi. Afán de protagonismo. Puro marketing. ¿Y así van a defendernos del fascismo? Menos ego y más calle. ¿Y Podemos, qué?
Si eres votante de izquierda y te reconoces en las frases del primer párrafo, el problema no lo tienen las fuerzas de izquierda: el problema lo tienes tú, quillo. Las frases del primer párrafo no las he copiado de la tertulia de Ana Rosa, ni del grupo de WhatsApp de mis primos fachas. Tampoco las dijo Felipe González. Las he oído y leído en gente que se dice votante de izquierda. Incluidos lectores de este periódico que ayer dejaron comentarios en las noticias sobre movimientos en la izquierda, y de donde he copiado unas cuantas. Yo mismo, para qué engañaros, pronuncié alguna de ellas cuando supe de la propuesta de Rufián y de la nueva alianza de los partidos que ya estaban en Sumar. Me salió sin mucho pensar, y a continuación me dije: el problema no lo tienen las fuerzas de izquierda, el problema lo tengo yo.
Más difícil que unir a la izquierda me parece revertir el desánimo de sus votantes. La desconfianza, el cansancio, el escepticismo, el derrotismo, el fatalismo, las viejas heridas y hasta un poco de cinismo han prendido en el ánimo colectivo después de seis años de difícil gobierno progresista, problemas sociales sin resolver, barullo parlamentario, derrotas electorales, acoso político-mediático-judicial, y ascenso de la ultraderecha; todo ello en un mundo convulso, incierto y donde la ola reaccionaria sigue ganando terreno, con especial fuerza en Europa. Normal la tentación de sacar bandera blanca o, como he oído a algunos militantes, “retirarse a los cuarteles de invierno” hasta que cambie el péndulo de la historia.
Si la política, como repiten, es un estado de ánimo, el de los votantes de izquierda oscila entre la ansiedad y la depresión. Vemos venir el próximo gobierno de PP-Vox como algo inevitable, irresistible, un fenómeno meteorológico ante lo que solo cabe buscar un buen paraguas o un búnker. Damos por perdida la batalla antes de empezarla, y eso se convierte en profecía autocumplida: si pensamos que no hay nada que hacer, no haremos nada.
No sé tú, pero yo me niego a ese derrotismo. Y mientras haya batalla, no vale rendirse. Mi primera reacción ante estos movimientos en la izquierda puede ser, sí, desconfianza, cansancio, escepticismo, fatalismo y hasta un poquito de cinismo. Pero acto seguido me digo que no podemos permitírnoslo, que nos jugamos mucho. Que el ascenso de la ultraderecha (por el crecimiento de Vox y la ultraderechización del PP) no es inevitable ni irresistible, y que en esa resistencia no sobra nadie, ni tampoco sobran ideas. No sé si la iniciativa de Rufián llegará a algo, ni si basta con refundar Sumar. Pero cualquiera que lo intente, cualquiera que haga algo contra el desánimo, ya me merece respeto, atención y hasta confianza. Bienvenidas sean todas las propuestas.
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