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Opinión - '¿Hay algo peor que un policía delincuente?', por Isaac Rosa

¿Hay algo peor que un policía delincuente?

Archivo - El director general de la Policía Nacional, Francisco Pardo, el ministro del Interior, Fernando Grande- Marlaska, y el director adjunto operativo de la Policía Nacional, José Ángel González, durante el acto de jura comisarios
19 de febrero de 2026 21:31 h

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El policía delincuente es un tópico del cine y la novela negra, por su condición a la vez fascinante y aterradora, su psicología retorcida y su vida al límite. En ficción recordamos policías mafiosos, policías narcotraficantes, policías ladrones, policías corruptos, policías torturadores, policías que espían a rivales políticos del gobierno, policías que fabrican delitos para desacreditar a esos mismos rivales, policías que abusan de su poder y, por supuesto, policías violadores. Entre todos ellos, mi policía delincuente favorito es aquel Bad Lieutenant (aquí traducido como Teniente corrupto, aunque era más que corrupto) tanto en la versión de Abel Ferrara con Harvey Keitel como en la de Herzog con Nicholas Cage. “Mi policía delincuente favorito” quiere decir el peor, el que no querría cruzarme en mi camino.

Fuera de las pantallas o las novelas, los policías delincuentes no fascinan nada, solo aterran. Y hemos conocido muchos también. En la España democrática del último medio siglo recordamos policías mafiosos, policías narcotraficantes, policías ladrones, policías corruptos, policías torturadores, policías que espían a rivales políticos del gobierno, policías que fabrican delitos para desacreditar a esos mismos rivales, policías que abusan de su poder y, por supuesto, policías violadores. Y donde dice “policía” puedes poner guardia civil, y en algunos delitos también ertzainas, mossos o policías locales, que cada cuerpo tiene sus ovejas negras.

Son minoría, no hace falta que me lo recuerden: la inmensa mayoría de los cuerpos de seguridad cumplen con la ley. Pero esa minoría nos provoca una inseguridad enorme. Insisto, pocas cosas me dan más miedo que un agente de la autoridad cometiendo delitos. Que alguien encargado de nuestra seguridad, que tiene el monopolio de la violencia legal, va armado y, además, tiene presunción de veracidad (su palabra vale siempre más que la tuya), pueda darte una paliza, meterte droga en el coche, llevarse fardos de coca o fajos de billetes de una operación, extorsionarte o cosas peores, es terrorífico.

Mucho peor es cuando además el delincuente no es un agente raso, sino un mando policial, alguien con poder jerárquico y más capacidad para ocultar sus fechorías. Y en los últimos tiempos hemos conocido demasiados mandos policiales responsables de la lucha contra el narcotráfico, que a la vez que dirigían operaciones se dedicaban al tráfico de droga. O encargados de perseguir delitos económicos que tenían millones de euros de dudoso origen entre las paredes de su casa.

La sola posibilidad (por ahora solo hay presunción) de que el jefe máximo de la policía, no un comisario más sino el responsable del cuerpo, hubiera cometido una agresión sexual, es espeluznante. Si además hubiese acosado y amenazado a la víctima, e intentado comprar su silencio, y todo con la ayuda de otros policías de su confianza, es terrorífico, porque indica hasta qué punto se sentía impune.

¿Hay algo peor que un policía delincuente? Sí, y mucho peor: un policía delincuente al que encubren otros policías. En demasiadas ocasiones hay policías que, por corporativismo, por lealtad o por complicidad, amparan a los delincuentes, miran para otro lado, dificultan las investigaciones o son parte de la trama. Si se confirma lo denunciado por la presunta víctima, es urgente que el ministerio de Interior limpie a fondo la Policía Nacional, caiga quien caiga. Qué miedo.

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