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Ya soy un no-ser en el mundo

Desde hace quince años, y desde los cerros de Úbeda, viviendo en las alturas a mi aire, publicaba los domingos en “El Mundo” (hoy del mutis). Usted conoció mi reciente negativa a firmar el “Manifiesto por la lengua común”. Negación que provocó las consecuentes o inconscientes reacciones e incluso coacciones. No me enteré que “mi” media página del domingo 21 había sido eliminada hasta llegada la noche y en coche. Y leyendo los mails de espontáneos o coetáneos. En vista de ello le envié al responsable de la sección, “este mensaje de un periodista, entre otros, al que no sé responder”; y al día siguiente: “siguen cayendo messages, sages et non sages, sobre el interruptus; perplejo aunque añejo”. El lunes, por fin, recibí una llamada del responsable de la sección (si cabe más cordial aún que la desconocida de “Exceso”). Me anunció la supresión (sin presión alguna) de mi “colaboración” a causa de los primos de las hipotecas y las “sub-prime”. Pero, obviamente, se me llamaría a la menor oportunidad para contar (¿y cantar?) con “mi voz excepcional”. Obviamente, a mi juicio, mi fulminante desmundanación de sopetón y por sorpresa (por un recadero de mi ex-supongo-amigo director) es debida única, exclusiva y positivamente a mi negativa a firmar el “Manifiesto por la lengua común”. Sin comparar lo incomparable. Ante estas cosas de ocaso (y sin que venga a cuento en este caso) suelo pensar en mi padre. El día 17 de julio de 1936 fue encerrado, solo, por sus solícitos compañeros en el cuarto de banderas de un cuartel de Melilla; para que se lo pensara, pues arriesgaba ser condenado a muerte por rebelión militar si no se adhería al “alzamiento”.

Una hora después el teniente Fernando Arrabal llamó a sus ex-compañeros ¡ya! para decirles que no necesitaba reflexionar más. Gracias a ello hoy? Me toca, como a menudo, ser testigo, ejemplo o símbolo de lo más trascendente de lo que ahí sucede. Yo que sólo soy un desterrado y un despistado. Si se me saca de mis idolatradas cifras mi pista me lleva al desconcierto ¡y sin orden! No quiero ser un chivo expiatorio, sólo quiero (a mis 76) expirar vivo, cuando Pan quiera.

Fernando Arrabal

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