El pueblo de la retaguardia del Donbás que siente el frente cada vez más cerca: “Dormimos bajo el zumbido de los drones”
La proporción de coches civiles frente a los militares se desploma una vez atravesada la frontera invisible que da paso a la región del Donbás. A los habituales blindados, se suman vehículos preparados para la nueva guerra electrónica: picks-ups con inhibidores de señal para evitar la aproximación de drones regulares o todoterrenos encerrados en jaulas para tratar de reducir riesgos ante cualquier ataque de aparatos aéreos no tripulados de fibra óptica, que resisten el bloqueo de las señales.
En el centro de Oleksandrivca, uno de los pueblos de la retaguardia del Donetsk, apenas se encuentran ciudadanos no uniformados, pero están. A medida que aumenta el número de militares asentados en su localidad, muchos civiles reconocen sentir cierto miedo. No es la llegada de soldados en sí misma lo que les asusta, aclaran, sino el posible significado de su presencia: “El frente cada vez se siente más cerca”.
Una sucesión de decenas de retratos de soldados fallecidos en combate, con la bandera ucraniana a sus espaldas, informan de que nos encontramos en una de las localidades cuyos orígenes como retaguardia del Donbás se remotan más allá de la invasión rusa iniciada por Vladimir Putin en 2022. Oleksandrivka se encuentra a unos 50 kilómetros de Kramatorsk y Sloviansk, los dos grandes bastiones ucranianos que Rusia ansía pero no ha podido conquistar en cuatro años de guerra en la región de Donetsk (Donbás) pero ambas ciudades cada vez están siendo más azotadas por permanente presencia de los drones tipo 'FPV' (Vista en Primera Persona) que aterrorizan a la población local y a los militares presentes en la zona.
Se trata de importantes centros logísticos, y ambas localidades forman la mitad norte del ‘cinturón de fortalezas’ que Ucrania comenzó a construir tras el conflicto que estalló en 2014 y ha reforzado desde entonces, sin embargo, los drones han disparado el peligro en ambas localidades, por lo que han dejado de ser un lugar de descanso para las fuerzas ucranianos. Oleksandrivka, junto a Dobropillya, Bilozerske y Novodonetske, forma parte de una línea defensiva más occidental, que se extiende de norte a sur y que por el momento mantiene mayores condiciones de seguridad.
Pero la población local lleva meses observando el incremento de los bombardeos en la zona. Todas las semanas, cuentan sus vecinos, el intenso zumbido de los drones Shahed sobrevuela sus cabezas. Las calles casi vacías, las ventanas de varias viviendas precintadas y protegidas con tablas de madera, un coche amarillo destartalado abandonado en medio de una de las calles cubiertas de barrio por el inicio del deshielo ucraniano describen noches de intensos ataques. La “retaguardia más segura” del Donbás ha dejado de serlo. Iván lo comprobó el pasado mes de julio cuando, al teléfono con su mujer, decidió levantarse del sofá y tomar una cerveza. Se levantó y se dirigió a la cocina, localizada en la esquina derecha de su vivienda.
Se recuerda con una lata de Obolon en la mano cuando un fuerte estruendo zarandeó su alrededor. Después todo eran escombros y los gritos de preocupación de su esposa al otro lado del teléfono. Le dijo que estaba bien y corrió a socorrer a su padre, que se encontraba en el baño de la vivienda, del que ahora solo se reconoce una bañera cubierta de cascotes. Sobre ella salta un gato callejero y, a su alrededor, varios patos campan a sus anchas. Ya no hay rastro del sofá en el que debía haber estado de no haberse levantado minutos antes a la cocina. El hombre, de 30 años, ironiza con lo sucedido: “Ahora le digo a mis amigos: 'La cerveza salva vidas”, bromea entre las ruinas.
Un hoyo excavado frente a la estructura de la vivienda marca el impacto del primer dron, ese tras el que Iván corrió a socorrer a su padre, caído y ensangrentado entre los escombros. Minutos después el sonido continuado y bronco característico de los shahed volvió a rodearles. “Acompañé a mi padre al sótano, fui a por unos documentos y, cuando ya estaba bajando al refugio, impactó el segundo dron”, recuerda el treinteañero, mientras señala un segundo boquete en la zona trasera de la casa.
Ahora vive junto a su mujer sus dos hijos mellizos de cinco años en la casa prestada por una vecina. Iván se resiste a abandonar su pueblo, pero reconoce que quedarse cada vez es más complicado. Su mujer, Tatiana, admite cambiar de idea cada día. “Los días tranquilos, estoy muy bien, y no me quiero ir. Pero cuando los drones vuelven, recuerdo todo lo que nos ha pasado, y pienso en irme cuanto antes”, cuenta.
“A veces tengo miedo. Antes, cuando volaban esos drones, pensaba: 'Vale, no pasa nada, están pasando por aquí y ya está”, reflexiona la mujer frente a su casa destruida por el imacto de una de esas máquinas a las que trató de restar importancia durante meses. “Ahora, cada una de las madrugadas que empiezan a sonar, entramos en pánico. Cogemos a nuestros hijos y bajamos al sótano”, añade Tatiana, parada en medio de la que fue su calle hasta que dejó de serlo. “Lloro muchas veces porque hemos trabajado tanto, hemos dedicado tanto esfuerzo para consruir todo paso a paso... ”, lamenta, con las ruinas de su hogar a sus espaldas.
En otra de las calles enbarradas de Oleksandrivska, una mujer camina a toda prisa con una bolsa entre sus manos. “Desde hace cuatro meses hay más militares aquí. Puede ser que la línea de frente se acerca”, dice Marian mientras se dirige a una de las viviendas donde asiste a personas mayores que viven solas. Cada vez tiene menos casas que visitar. Muchas de las mujeres a las que atendía se han ido, pero otras no tienen a donde ir“, lamenta la mujer.
Donetsk sigue siendo la zona más conflictiva del campo de batalla, ahora dominado por los drones. Pero, en su guerra de desgaste, el avance ruso es lento y costoso –se calcula que, en 2025, se apoderó de menos del 1% del territorio de Ucrania–. No lograron tomar la mayor parte de la ciudad de Pokrovsk hasta el pasado diciembre, 21 meses después de iniciar su asalto. Se trataba de un importante centro logístico, pero los ataques rusos negaron a las fuerzas ucranianas, condición que perdió cuando las tropas de Moscú intensificaron su impulso para capturar la ciudad en el invierno de 2025. Aunque el progreso es metro a metro, la presión es constante. En la parte central de la región industrializada, las fuerzas de Putin continuaron adentrándose hacia el centro logístico de Kostiantynivka y hacia Lyman desde el norte y el este. Los soldados de Zelenski también perdieron la asediada localidad de Siversk. Según el Ejército, Rusia pudo avanzar gracias a una importante ventaja numérica y a la constante presión de pequeños grupos de asalto. Moscú presenta sus conquistas territoriales como una “liberación”. Gran parte del frente es una zona gris, así que muchas veces los analistas discrepan sobre cómo evaluar el control territorial.
Tetyna Logvinenko, de 59 años, se pregunta cuánto va a durar esto. “Nadie lo sabe, pero ya se alarga demasiado”, explica la señora, cansada de las noches frías en el sótona. “Muchas noches completas dormimos bajo el sonido de los drones, aunque descansar es casi imposible”, explica la señora, agotada de este paréntesis vital que siente interminable. Vive junto a su marido en la región más caliente de Ucrania, en su retaguardia, pero siempre se negado a abandonar el hogar mimado durante décadas. Ahora, reconoce, empieza a plantearselo. “El frente se siente cada vez más cerca. Cada vez que cae un pueblo más, cada vez que los rusos dan un paso más, las noches son más insoportables”, reconoce la señora. “¿Pero qué vamos a hacer? A dónde vamos a ir. Esta es nuestra casa, no quiero vivir en la calle o de la ayuda de otros. ¿A dónde vamos a ir?”, se pregunta. Su marido, Oleksiy Logvinenko 64 años, suele mirar los escasos avances del frente de forma recurrente. “Si se acercan los rusos, no vamos a estar aquí. Yo quiero vivir en Ucrania”, concluye.
El Donbás es el territorio estratégico y densamente fortificado que el Kremlin quiere. El 20% de Donetsk que aún está en manos ucranianas y que aún no ha podido arrebatarle por la vía militar a Kiev. El mismo cuya defensa con uñas y dientes ha costado la vida de miles de soldados. Los analistas creen que una cesión de las partes de la región controladas por Ucrania, y de sus posiciones defensivas, colocaría a las fuerzas rusas en zonas desde las que podrían atacar con más ventajas otras regiones –en el caso de entregar Oleksandrivka, se acercarían a Dnipropetrovsk–.
Nadie en Oleksandrivska, de los ciudadanos y militares preguntados por elDiario.es, dice confiar en las negociaciones de paz. Desde la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, EEUU ha intentado impulsar un proceso de negociación con rondas de conversaciones que hasta ahora siguen encalladas en cuestiones espinosas. La principal es el control territorial. Rusia no ha dado muestras públicas de ceder en sus exigencias y pretende, entre otras cosas, controlar todo el Donbás –las regiones de Donetsk y Lugansk–. Esto es algo que Ucrania no se muestra dispuesta a aceptar. En cambio, ha ofrecido repetidamente congelar la línea del frente como base de las conversaciones sobre el territorio. “Estamos dispuestos a hablar de paz en este momento, sobre la base de quedarnos donde estamos. Este es un gran compromiso”, reiteró Zelenski hace unos días. Las autoridades ucranianas también se han abierto a explorar soluciones como la creación de una zona desmilitarizada.
El minero Sergey Kovalenko conduce por otra de las vías afectadas por un bombardeo ruso reciente. Trabaja en una mina cerca del frente, por eso cuenta con la exención que le libra de la obligación de prestar sevicio en base a la Ley Marcial de la se esconden otros hombres en edad militar. Sus ventanas están destrozadas por los ataques que hace “dos semanas” destrozaron la casa de sus vecinos. Él trabajaba a las 13 horas cuando su mujer le llamó en pánico para avisarle del último ataque de drones rusos. “Menos mal que estaba bien”, reflexiona el joven de 26 años. Él procede de una de las localidades de Donetsk que ya ha sido ocupada por las tropas rusas y, durante las sangrientas batallas previas, decidió trasladarse a Oleksandrivska. Ahora vuelve a plantea mudarse de nuevo.
“El frente se acerca y, si sigue así, no tendremos otra opción”, sostiene. Kovalenko no quiere vivir bajo control ruso y por eso ha pasado los últimos años de su vida desplazándose a medida que las batallas se aproximaban. Está cansado, dice, y quiere paz cueste lo que cueste. Él ya siente haber perdido su ciudad natal, el hogar en el que creció, por lo que aprobaría la cesión de la totalidad del Donbás, si es a cambio de una paz con garantías. “Siempre hay que ceder y no podemos alargar más esta guerra. Hay que pararla”, apunta el veinteañero, que cada día arriesga su vida en su camino al trabajo. “Las minas son también objetivo de guerra, y la nuestra está muy cerca del frente, pero de momento no hemos sufrido muchos ataques”, sostiene.
Su opinión contrasta con la de la mayoría de los vecinos de Oleksandrivska y de la totalidad de Ucrania. Según la última encuesta del Instituto Internacional de Sociología de Kiev (KIIS), de enero, el 52% de los ucranianos rechaza la propuesta de transferir estas regiones orientales a Moscú a cambio de garantías, y otro 31% está dispuesto a aceptarla como un compromiso difícil. Muchos señalan su casa para argumentar su respuesta.
“Algunos ucranianos no se muestran solidarios con los vecinos del Donbás y prefieren ceder la región para conseguir la paz. Les diría que, si ceden Donetsk, me tendrán que comprar una casa donde vivir. A mí y al resto de habitantes”, responde resignado Oleg, un hombre de unos 60 años que prefiere mantener su anonimato. Señala su coche y aclara la razón de sus desperfectos: “No es por un ataque, es por un accidente con soldados borrachos”, zanja el hombre, mientras el humo del carbón rodea toda su vivienda. “En general no hay problemas, la convivencia entre los civiles y los militares es buena, pero algunos se emborrachan y molestan”, añade el hombre, quien prestó servicio militar en 2014 y, ahora, retirado se preocupa por las noticias que su hijo militar le cuenta desde Kramatorsk. “Allí los drones atacan todo el rato”, comenta mientras muestra varias fotos un edifico destrozado en una zona de la ciudad que hasta ahora se consideraba más tranquila. “Allí ya no hay ningún lugar seguro. Los drones FPV siempre están vigilando”.
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