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Opinión - Tocar el tambor, por Esther Palomera

Pandemia, cultura política y capitalismo

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Algunas personas en España lo calificaron como una guerra. "¡¡Esto es una guerra!!", decían. Incluso interlocutores autorizados también lo declararon así en las comunicaciones oficiales ante la prensa. Militares autorizados por el Gobierno tomaron la palabra, y sus declaraciones eran un parte de guerra. El Ministerio de Defensa ordenó el despliegue del Ejército y lo mandó a patrullar para controlar a la población. El Gobierno ejecutó un toque de queda que limitó de manera inaudita durante más de tres meses la libertad de movimientos de las personas del país de manera global, independiente de la situación sanitaria en la que se encontraba su lugar de residencia. En España se multaba a las personas que salían a la calle en pueblos deshabitados, o a las que estaban dando un paseo por la montaña al aire libre, donde era muy fácil asegurar la distancia física de más de dos metros. Todo ese proceso escondía la incapacidad de un Gobierno para gestionar una situación de crisis sanitaria que ponía de manera clara las deficiencias sanitarias derivadas de una irresponsable gestión política, durante muchos años, con gobiernos centrales y autonómicos de todos los colores y formas, y que fue denunciada de manera perseverante por los colectivos médicos. Incapacidad de gestión, deficiencia de dotación sanitaria para responder a una situación de crisis sanitaria, no una guerra. Prefiero no imaginar las situaciones de sufrimiento por incapacidad de gestión que se hubieran producido en una situación real de guerra. Y esta incapacidad bloqueó la economía. España se ha convertido en uno de los países europeos con mayor impacto socioeconómico por la COVID.  

En Noruega, en cambio, en la segunda semana de marzo el sistema de rastreo ya estaba funcionando de manera eficaz y eficiente, apoyado en un vigoroso sistema de atención sanitaria primaria integrada con los servicios sociales; un sistema que funciona con copago salvo excepciones derivadas de la edad, situación económica o enfermedad crónica. Los ciudadanos de este país podían seguir haciendo su vida siguiendo las limitaciones que impone la enfermedad. Ellos sí podían salir a pasear libremente por el bosque. Y no vale el argumento de la densidad de población: Oslo son 630.000 habitantes tiene una superficie tres veces inferior a la de Gran Canaria.

Para los noruegos no existe la palabra prohibido en el lenguaje político. En España en marzo de 2020 y en los siguientes meses fue la palabra favorita de cualquier persona con algún tipo de poder político o de gestión de lo público, ¡¡PROHIBIDO!!. Y muchos ciudadanos en España aceptaron ese lenguaje. Sin duda una herencia del pasado integrada en nuestra cultura política, un hábito del que no es fácil percatarse si no se está alerta como con todos los hábitos. En la historia política en España antes del 78 se pueden contar con los dedos de una mano los años de democracia. Predominan los dictadores y monarcas autocráticos. Uno de ellos favoreció el alzamiento de un dictador. Los nórdicos tienen constituciones en el entorno de los doscientos años. Las autoridades noruegas usan en todo momento la palabra recomendación o no permitido. Los suecos ya sabemos cómo se comportaron y por qué. El lenguaje es determinante para integrar y hacer partícipe a la población de medidas que no funcionan si no es con participación ciudadana. Hablando de lenguaje es interesante que lo hayan denominado distancia social, cuando en realidad lo que funciona es la distancia física que es diferente ¿Quizás el concepto de distancia social es un mensaje subliminal para debilitar los derechos civiles básicos como votar? Prefiero pensar que de nuevo es fallo de los asesores de comunicación.

Se acerca el fin con las vacunas, la victoria contra un virus que ha desnudado las debilidades del sistema capitalista. No se debe confundir capitalismo y economía de mercado, libre mercado o libre competencia. El capitalismo es una economía de mercado donde los reguladores (el Gobierno) se inhiben de sus funciones y dejan campar a sus anchas a las empresas con poder de mercado; a empresas y consumidores que contaminan; no intervienen ante una provisión ineficiente pública y privada de bienes y servicios públicos, y permiten la generación de rentas de capital por el aprovechamiento de las deficiencias de información en los mercados, los especuladores. Y además muchos gobiernos lo favorecen financiando a grandes grupos empresariales, como por ejemplo las compañías aéreas. El gobierno noruego ha dicho no va seguir financiando a la compañía aérea Norwegian que ya ha encontrado solución alternativa. El argumento del Gobierno noruego fue: su espacio en el mercado puede ser ocupado por otra empresa más eficiente. Eso sí es libremercado y libre competencia por el mercado, eso es defensa del interés general. En España se ha autorizado la creación de grandes grupos bancarios sin dar una explicación de cómo afectará a la competencia y a los consumidores. Eso no es libre competencia, es capitalismo. Un sistema que en algunos países como España se ha nutrido de la corrupción política, y que ha sido bautizado como capitalismo de amiguetes. Sistema que beneficia la perduración y consolidación de una sociedad de privilegios habitualmente heredados. La corrupción es el resultado de un bajo stock de democracia.

Un sistema, el capitalismo, débil, que pincha por un organismo en la práctica microscópico. Es para reflexionar, sin duda. Pero que cada vez que pincha tiene siempre como perdedores a los más débiles y personas con menos privilegios. Y que sobre todo en países menos democráticos favorece la pérdida de derechos civiles y diferencias socioeconómicas.

Las vacunas permitirán la vuelta a la normalidad de un sistema, el capitalismo, que castiga a los más débiles dentro y fuera. Dentro de cada país los procesos de innovación tecnológica de la producción ha debilitado de manera progresiva desde el final del siglo veinte la negociación salarial del 90% de la clase trabajadora con menor renta, que ha perdido poder adquisitivo relativo frente al 10% con salarios más altos y las rentas del capital. Y eso ha pasado a escala mundial. Ese aumento del poder financiero ha dado lugar a la reducción de los impuestos sobre el patrimonio y las herencias, incluida Noruega.

Fuera porque los procesos de emigración Sur-Norte son una consecuencia del exceso de consumo de recursos naturales de los países ricos frente a los pobres que el capitalismo favorece con la inhibición cómplice de los gobiernos de estos últimos, y también por ignorancia de los ciudadanos de los primeros. De nuevo el lenguaje es usado para dominar voluntades. El Congo, Nigeria, Mozambique no son países pobres, su población sí es pobre, porque nosotros los ricos consumimos sus recursos. España consume cuatro veces más recursos naturales que de los que dispone, Estados Unidos se acerca a cinco. Los ciudadanos son simplemente víctimas de un marketing que favorece el consumo desenfrenado, necesario para alimentar los beneficios empresariales.

La pandemia no cambiará mucho nuestra situación, si lo hace será para perjudicar aún más a los débiles y favorecer a los fuertes con influencia. A río revuelto ganancia de pescadores. Es muy complicado parar el vector de externalidades que genera el capitalismo, haría falta un superregulador a escala mundial que lo hiciera por lo que me temo que la cosa irá a peor con el reforzamiento de las dictaduras capitalistas que ya llevan años asomando el pie por debajo de la puerta. Pero no es imposible conseguirlo, hay ejemplos en este planeta que lo mantienen de momento a raya. La clave: el desarrollo del capital social, que se nutre del capital humano, político y económico. La política educativa en Noruega es sin duda uno de sus grandes valores que favorecen la igualdad social. Para ellos un principio básico. Entiendo que no hay manera de parar el caballo desbocado del capitalismo a corto plazo, pero de cara a futuras crisis sanitarias que se avecinan como consecuencia del consumo desenfrenado de recursos naturales, nuestros gobiernos deberían reforzar la innovación para garantizar una seguridad sanitaria a los ciudadanos respecto a su salud, sus derechos civiles y su condición económica. Quizás esa innovación vendrá de la mano del desarrollo de la inteligencia artificial, una nueva externalidad que en manos que no persiguen el interés generar puede dejar al capitalismo en un simple juego de niños por sus consecuencias sobre los derechos civiles y condiciones económicas.   

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Publicado el
25 de noviembre de 2020 - 18:40 h

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