José Manuel Ballester, variaciones sobre la escala urbana

El fotógrafo José Manuel Ballester este lunes en la sede que la Fundación Canaria para el Desarrollo de la Pintura en Las Palmas de Gran Canaria.

Víctor Rodríguez Gago

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Estas imágenes de gran formato de arquitectura y áreas urbanas innovadoras de las grandes ciudades globales tienen en común que abordan la escala del paisaje como un tema pictórico y filosófico. José Manuel Ballester (Madrid, 1960) ha seleccionado, para su primera exposición individual en Las Palmas de Gran Canaria, hitos del paisaje urbano, en un itinerario personal de cuarenta años de experimentación técnica y diálogo con la tradición en torno a problemas específicamente pictóricos, convertidos por su mirada en variaciones sobre la escala humana de los rascacielos y otras grandes escenografías urbanas del poder económico y político.

En la sede que la Fundación Canaria para el Desarrollo de la Pintura tiene en la calle Domingo J. Navarro, en Las Palmas de Gran Canaria, se expone desde el 28 de junio una antológica de tema arquitectónico, formada por unas 20 obras de gran formato, todas fotografías, a excepción de un cuadro que marca el inicio de este recorrido cuyo mapa ha sido trazado por el propio Ballester. Arquitectura civil y religiosa de Nueva York, Hong Kong, Brasilia, Tokio, en la que destacan representaciones totémicas de rascacielos y enclaves urbanos icónicos, como Times Square. En conjunto, una visión agónica del cosmopolitismo, en la que la diferencia deja paso a la homogeneización,y que recuerda a la del Tokio de Lost in translation de Sofía Coppola, indistinguible desde la habitación o la cafetería de un hotel de lujo de cualquier otra mega-ciudad del planeta.

El punto de partida es la pintura, una pieza de mediados de los 80 del pasado siglo que representa la arquitectura del barrio de La Latina, como el último vestigio de genius loci. Inscrita en la estética de la llamada nueva figuración madrileña, ajena al contexto de eclosión de las transvanguardias y el arte de la movida madrileña, la obra es parte de la colección de la Fundación, un fondo guiado por “el eclecticismo y por la emoción única ante cada pieza”, según explicó Yaiza Tranche, responsable de la Fundación. Al presentar la muestra, José Manuel Ballester destacó el carácter escenográfico de la arquitectura en su obra, en la que la figura humana está ausente o es un actor secundario. Luego, en un breve aparte, nos comentó que es la dimensión social de la persona, no la individual, lo que le interesa, y que, por este motivo, en su obra casi nunca está presente lo individual, y en sus imágenes, la figura humana es parte de un teatro sobre el poder, cuya escenografía es la arquitectura.

En 1985, Andy Warhol conversó con el fotógrafo alemán Reinhart Wolf, que por aquel entonces había expuesto una serie sobre los grandes rascacielos de Nueva York. Una versión en español de aquella entrevista apareció en la revista El Paseante, en el número de primavera. Wolf había fotografiado los edificios más icónicos de la Gran Manzana, el de la Chrysler, el Citigroup, las torres Majestic, el Waldorf Astoria, el General Electric, entre otros. Warhol lo celebraba con este comentario: “Reinhart, estos edificios me hacen pensar en dinero”. A lo que Reinhart Wolf, que venía del mundo de la publicidad, respondió: “Tienes razón, Andy, es la cara buena del capitalismo. Llevó tiempo y dinero construirlos. Los hombres que han edificado Manhattan son los Medicis de América. Ellos patrocinaron a los mejores artistas y artesanos de su tiempo y se beneficiaron de su talento. Una forma maravillosa y útil de gastar mucho dinero”. Contemplados en un contexto histórico muy distinto, los rascacielos fotografiados por José Manuel Ballester representan el reverso melancólico de aquella exaltación de la virilidad capitalista, en la que el rascacielos funge como un símbolo fálico del poder. Cuanto mayor el formato y más cerca la escenografía de la escala natural, más desproporcionado resulta el vacío de la figura humana en el paisaje. 

La pieza culminante del recorrido es, paradójicamente, una resignificación irónica de la historia de la pintura a través de una fotografía de tamaño natural de El Jardín de las Delicias, de El Bosco. Tal y como ha hecho con otras obras clásicas, Ballester recurre al tratamiento digital de la imagen, para vaciar el famoso tríptico de las criaturas que lo habitan, respetando solo el paisaje, y situando, en su lugar, una abigarrada iconografía de la historia del arte, de las Gracias de Rubens al Gernica, de Las Meninas al bote de sopa Campbell, del Aquelarre de Goya al Desayuno en la hierba o el caniche de Koons para el Gughenheim de Bilbao. Cada elemento tiene su dimensión exacta en la escala del paisaje creado por El Bosco, confirmando que el tema de la exposición, y tal vez de toda la obra de Ballester, es la crisis de la proporción humanista  de la escala clásica representada por el Hombre de Vitrubio, de Leonardo.

José Manuel Ballester recibió en 2010 el Premio Nacional de Fotografía “por su singular interpretación del espacio arquitectónico y la luz, y por su aportación destacada a la renovación de las técnicas fotográficas”, según declaró el Jurado. Su obra está en las colecciones del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Museo de Arte Contemporáneo Español de Japón y Centro-Museo Vasco de Arte Contemporáneo ARTIUM, entre otras.

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