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“En la novela ‘Ocho’ trato de describir ese ruido sucio que produce el poder plutocrático para salirse con la suya”

Claudio Colina Pontes (Gabriel Díaz Mora), en un retrato reciente.

Claudio Colina Pontes, heterónimo de Gabriel Díaz Mora, no es nuevo en la aventura de escribir. De eso nada. Lleva sus añitos en la tarea, y para bien se notan. Constante y disciplinado en esta labor, Gabriel Díaz es diplomado en Ciencias Empresariales y licenciado en Ciencias de la Información, e hizo sus pinitos en el periodismo, oficio del que se salió hace ya algunos años.

Natural de Santa Cruz de Tenerife y con 51 años, Colina Pontes, como le gusta firmar en sus creaciones narrativas, ya tiene una buena colección de publicaciones, a la que suma esta última, la novela Ocho, quizá la que mejor define su escalada incansable hasta hollar la historia de ficción más redonda.

Este autor tinerfeño ya ha sacado del horno Cuaderno asintomático (Baile del Sol, 2007); Delta (Fundación Cajacanarias, 2007); Escaleno (Olpi libros, 2014), y Al norte de abril (Olpi libros, 2016), entre otras apariciones editoriales. Además, ha participado en los volúmenes colectivos Y así sería para siempre, Historias fonendoscópicas y San Borondón, un viaje literario.

El mismo escritor obtuvo (ex aequo) el premio de relato corto Isaac de Vega en 2006, por Delta, y ese mismo año el galardón de relato breve organizado por la Biblioteca Municipal de El Tanque, con A la sombra de un naranjo. Desde 2010, imparte cursos de técnica narrativa, relato corto, microficción y estructura novelística en diferentes centros de Tenerife.

Esta nueva novela, Ocho, que quizá pueda considerarse corta, pero no creo que lo sea, sobre todo por la densidad que almacena, ¿qué representa en su ya amplia actividad literaria? ¿Ha subido un escalón respecto a lo creado antes o se trata solo de un punto de inflexión?

Sí, he pretendido subir un escalón en el plano estilístico. Me tomo muy en serio la forma, el estilo. No me refiero a rebuscar en el diccionario, a complicar las frases o a usar metáforas extrañas, sino a lograr un texto contundente y afilado, con un acabado resbaladizo y sonoro. Que entre por los poros. Es una labor minuciosa que ha de trabajarse frase a frase.

¿Por qué Ocho ahora, en este momento de su empeño literario?

La escritura de Ocho fue precedida de cuatro libros -que irán publicándose en el futuro- de textos cortos: dos volúmenes de relatos, titulados Aduanera sin fronteras y Manieristas, y otros dos de microficciones: Tranquilo en las montañas de Rusia y Guateques de bolsillo. Todo eso suma más de doscientas piezas breves. Ya era hora de escribir una nueva novela.

Quizá se pueda asegurar, sin casi riesgo a meter la pata, que esta nueva narrativa es, dentro de su producción literaria, la más compleja, la mejor ensamblada y la que se aguanta mejor en una estructura laberíntica con salidas bien guiadas para componer el resultado final. ¿Cómo se monta este tinglado y qué riesgos se asumen en el proceso?

Concibo las novelas como magros mecanismos vivos en los que cada párrafo lleva al lector a un lugar determinado a una velocidad concreta. En mi caso, el uso de hojas de cálculo es imprescindible. De joven estudié estadística, geometría euclidiana y matemáticas financieras, y luego dediqué veinte años a vender maquinaria industrial. ¿Tendrá esto algo que ver? La etapa del montaje es muy comprometida, porque la novela se puede caer, perder su sentido y su fuerza.

En Ocho, una novela que requiere lectura pausada y atenta (incluso relectura, por querer paladear al máximo toda su riqueza narrativa), tanto por su apuesta verbal como por el complejo mundo ideado de escenas paralelas, los personajes están bien dibujados y las historias (todas son la misma) se distancian en el tiempo y los espacios, luego se acercan y al final llegan a ser una misma punta de lanza. ¿Cómo hace un escritor para mantener la coherencia en ese cruce continuo de escenas y tiempos, para sostener el ritmo narrativo y sobre todo para no meter al lector en un callejón sin salida, en una lectura que pueda no entenderse?

Mediante un trabajo previo de planificación. Escribir una novela requiere predeterminar todo -o casi todo- lo que sucederá en ella. Es lo que repito a mis alumnos de estructura novelística: sin esa planificación, corren el riesgo de ahogarse en un mar de frases y agotar las fuerzas y la ilusión creativa en el capítulo tres.

Esta última novela (como pasa también con alguna anterior) se apoya en realidades distorsionadas, en autoficciones que nacen en el medio que usted habita. No son referencias totalmente explícitas, pero sí lo suficiente para caer en la cuenta... ¿Por qué el uso de este recurso literario? ¿Qué papel juega en la historia central que cuenta en Ocho

Juega un papel importante. Las relaciones personales, la vivencia, la frase que un amigo pronunció en un momento dado, una foto de la adolescencia, la descripción de un rincón que anoté en una libreta cinco años atrás y que se recupera, vívida… Todo eso cabe en el texto. 

En esta obra, que en estos momentos está siendo presentada y promocionada por usted, se traslada desencanto, osadía, trampa, chabacanería, locura, delincuencia organizada... Y en todo eso el papel crucial de los medios. Digamos que es el reflejo de la vida misma. Pero sobre todo asombra que se ponga el énfasis en que lo que se dicta y se sirve como lo mejor de lo mejor, como la salvación de esta sociedad, de este mundo, también entraña riesgos, acumula falsedades, acarrea imperfecciones. En fin, que hay fallos consentidos que siempre terminan beneficiando a los de siempre, a unos pocos. Todo lo que reluce no es oro. ¿Es uno de los mensajes centrales?  

Sí. Como sabemos, el interés de una minoría poderosa prima muy a menudo sobre el interés general. En Ocho trato de describir ese ruido sordo, sucio y subterráneo que produce el poder plutocrático para salirse con la suya despreciando los mecanismos democráticos. Y todo, en primer plano.

Es Ocho un texto sensual e incluso erótico en muchas de sus partes. Hay hasta tres personajes que se relacionan con el protagonista principal y son las encargadas de esas exhibiciones de placer. ¿Por qué en toda la novela el sexo, el placer, el amor... se han convertido en parte del pulmón narrativo?

En Ocho, unas veces los encuentros sexuales implican un verdadero compromiso personal, sentimental, y en otros no. Uno de los momentos más interesantes para mí como escritor, cuando elaboro una novela, es confrontar a dos personas que se aman, que se desean o que se odian. Pongo mucho empeño en reflejar esa tensión entre personas, donde las verdades de cada cual están frente a frente, a menos de un palmo de distancia. Como dice Nacho Vegas en una de sus canciones, “tan presente como el miedo, se hizo la verdad”.

¿Se puede decir que Ocho, si algún mensaje habría que destacar de su lectura, refleja el triunfo del golfo, del mafioso, del corrompido, en un mundo construido para ese manejo casi perfecto?

Sí. El que no corre, vuela. En los negocios y en la vida. El poder en nuestra sociedad -reconozcámoslo de una vez- está irremediablemente desplazado de las instituciones democráticas a organizaciones privadas. Quien realmente manda permanece en la sombra, moviendo hilos.

Su condición de periodista también juega un papel notable en la novela. ¿Por qué quiso volver a ese lugar cuando esta profesión ya no la ejerce? ¿Por qué ironiza tanto sobre el trabajo irrelevante del periodista en un mundo en el que su función esencial está en casi peligro de extinción?

Ejercí el periodismo unos diez años, de joven, en una época en la que las posibilidades laborales del periodista eran variadas y abundantes. Fue bonito y enriquecedor, aunque no lucrativo. Seguramente era un ingenuo idealista que creía en el periodismo como contrapoder. Ahora, que trabajo en una empresa ajena a esa área, veo la profesión desde fuera con curiosidad pero sin nostalgia. A pesar de todo, sigo creyendo que sin periodistas no hay periodismo. Y sin periodismo profesional, la democracia se derrumbaría en un día. Por eso los fascistas como Donald Trump atacan tanto a los medios de comunicación.

¿Se puede decir que Ocho, un texto cómico, erótico, romántico a veces y que bordea la novela negra, es ante todo una historia de amor, la del protagonista Víctor con esa chica que termina aportando el título a la novela? ¿O es quizá una exposición con crítica irónica sobre la desolación que alimenta el triunfo continuo de la corrupción, tan aceptada, parece, dentro de la condición humana? No me diga que las dos cosas.

Esta pregunta me traslada a las mesas de firmas. Los escritores solemos acordar firmas de ejemplares con las librerías. El librero dispone un día concreto una mesita con ejemplares y el escritor, ahí sentado, ofrece la obra a los clientes que pasen por allí. Los clientes preguntan siempre “¿de qué va la novela?”. Temo la pregunta, porque en realidad no puedo resumirlo en una palabra. Suelo responder: “Va de amor y traición”. Sí, Ocho es una novela de amor. Amor a destiempo.

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