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LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ANNA Y ELSA.

La primera entrega de la saga Frozen (Jennifer Lee y Chris Buck, 2013) no es sólo una historia de superación por parte de sus dos protagonistas principales, Elsa y Anna, sino un recorrido por la senda que lleva a las personas “normales” a convertirse en los héroes de sus propias aventuras, sin saber muy bien de dónde han sacado la fortaleza para poder lograrlo.

Además, Elsa y Anna son dos heroínas del siglo XXI, alejadas, ambas, de los estereotipos que siempre ha defendido -salvo en contadas ocasiones- la empresa que se ha encargado de ofrecer sus historias animadas al público en general. Ninguna necesita a un varón que las defienda del mal, ni que se convierta en su “príncipe salvador”, el cual aparece en el último instante para poner las cosas en su sitio. Cierto es que Anna no disimula su atracción para con Kristoff, aunque quien tiene las ideas claras sea el reno del segundo, Sven, todo sea dicho.  Y también es cierto que la futura pareja de la princesa no se asemeja nada a los acaramelados y empalagosos “príncipes” de épocas anteriores.

El caso de Elsa es mucho más radical, dado que, además de su educación, la joven debe hacer frente a unos poderes que, si bien acepta, siguen causándole más problemas de los que ella quisiera. De ahí que los sucesos que veremos en la primera de las entregas sean solamente una muestra del conflicto interior que vive el personaje, un conflicto que acabará afectando al resto de los personajes protagonistas y al escenario donde se desarrolla la acción. 

No obstante, tanto Anna como Elsa fueron educadas para ser independientes y seguras de sí mismas, con sus cosas, claro está, pero muy lejos de las princesas que el cine de animación de la factoría Disney ha popularizado durante buena parte del pasado siglo XX y que, con el cambio de siglo ha ido variando, a regañadientes, pero, eso sí, con la taquilla siempre clara en el horizonte.

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© 2019 Walt Disney Pictures and Walt Disney Animation Studios

 

Dicho todo esto, y teniendo en cuenta que la segunda entrega va un paso más allá y no duda en plasmar en la pantalla y con dibujos animados -ésos que suelen estar reservados para los más pequeños- la intransigencia ideológica que le está causando tantos problemas a la sociedad actual, representada en el abuelo de ambas protagonistas, hay que añadir que todo tiene un límite y más cuando se habla de empresa de la que ya hemos hecho mención.

Esta última afirmación tiene que ver con los artículos, ensayos, post en las redes sociales y demás comentarios vertidos en relación a la condición sexual de ambas protagonistas, en especial, la de Elsa. Con Anna tampoco se han quedado cortos en adjetivos, muchos de ellos absolutamente absurdos y baladíes, circunstancia que empieza a ser una constante desde que todo el mundo tiene un canal donde volcar y/ o vomitar sus opiniones, muchas de las cuales mejor se hubiesen quedado dentro de las entrañas de quien las compartió. Sin embargo, el caso de Elsa, aún siendo totalmente defendible, era y es uno de esos imposibles que, con el tiempo, serán derrotados, pero no ahora.

Lo mismo se hubiera podido decir de la que, a día de hoy, continúa siendo la película que más ha demolido las bases sobre las que sustentaba el discurso excluyente y misógino del estudio de animación, y que las nuevas generaciones parecen querer olvidar cuando deberían tenerla muy presente, antes de siquiera pensar que Elsa pudiera aparecer retratada como un personaje abiertamente ambiguo y que sintiera atracción por otros de su mismo sexo.

Todo sucedió el día 22 de noviembre del año 1991, fecha escogida para el estreno, en los Estados Unidos de América, de la película Beauty and the Beast (Gary Trousdale y Kirk Wise) -tras su estreno en el festival de cine de la ciudad de Nueva York, dos meses antes- una película que, entre otras cosas, salvó al estudio de desaparecer tras la oscura y desastrosa gestión económica de la década anterior. La película, impulsada por el entonces responsable, Jeffrey Katzenberg -quien se hizo cargo de todo aquel desaguisado, en el peor momento posible- posee los diez minutos más reivindicativos de cuantos se habían podido ver en una producción de Walt Disney Studios, desde su misma fundación y, además, impulsaban a la empresa hasta el siglo XXI, cuando aún quedaba una década para llegar al tan temido año 2000.

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Belle (Paige O'Hara) en Beauty and the Beast © 1991 Disney. All Rights Reserved.

Y es que la secuencia con la que comienza la película es todo un canto a la independencia del sexo femenino en todas las facetas de su personalidad y que, de paso, arrincona la imagen de la doncella sumisa para con los designios de su señor -que tanto y tan bien voceara el discurso acuñado por la empresa fundada en el año 1923 del pasado siglo XX. Bella es una mujer del siglo XXI, defensora de sus derechos como ser humano, como integrante de una sociedad. Es capaz de pelear, por sí sola, por aquello en lo que cree. En el extremo contrario se sitúa un patán consentido e iletrado, Gastón, fiel reflejo de todos aquellos varones que se creen especiales por una cuestión de sexo y no por su valía personal y otros detalles sin importancia, según sus obtusas y caducas seseras.

Vista hoy en día queda claro que, si el estudio de animación tragó con un producto como ése, fue porque no le quedaba otro remedio, inmerso en la situación en la que se encontraba. Hay que recordar que, en aquellos años, la distribución cinematográfica de las películas de Walt Disney corría a cargo de Warner Bros., un estudio fundado por los hermanos Warner, con una forma de entender el negocio bien distinta a la empresa del ratón Mickey. Por ende, Warner Bros. también contaba con una división de animación -aquélla que viera nacer al conejo Bugs Bunny- que representaba el polo opuesto a la forma que tenía de abordar los temas el estudio Disney.

Sea como fuere, Jeffrey Katzenberg impulsó una renovación -tanto en lo concerniente a las películas de acción real como a la división de animación-y tras el inesperado, pero deseado éxito de La Sirenita (Ron Clements y John Musker, 1989) se embarcó en dotar a las películas de la factoría de las señas de identidad propias del siglo que estaba por llegar.

Así, después de Bella, llegaría la no menos contestaria princesa Jasmine de Agrabah, tan decidida, inteligente y capaz como lo pudiera ser Bella. Puede que también se hayan olvidado, pero el atrevido top que lucía la princesa en cuestión fue merecedora de una queja formal por parte de varias asociaciones de padres -algunas de nuestro país-, las cuales vieron que el recato y las buenas formas de las princesas de la factoría Disney se estaba pervirtiendo de manera indecorosa.

Tras la salida de Jeffrey Katzenberg del trablero de juego -y sin olvidarme de las igualmente decididas Nala y Meg, coprotagonistas de las películas The Lion King (Roger Allers y Rob Minkoff, 1994) y Hercules (Ron Clements y John Musker, 1997) respectivamente- las cosas ya no fueron las mismas.Como mejor ejemplo, baste constatar el trato que el estudio le dispensó al tratar el personaje de Mulan (Barry Cook y Tony Bancroft, 1998), muy alejado y menos comprometido con la validez del personaje que como se hubiera planteado en los años anteriores, bajo el paraguas de Jeffrey Katzenberg.

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Elsa (Idina Menzel) y Anna (Kristen Bell) en Frozen II © 2019 Disney.

All Rights Reserved.

Frozen, su idea y la de sus principales impulsores -sobre todo la su directora y guionista, Jennifer Lee- bebe mucho del espíritu indomable y contestario de aquellas heroínas que revolucionaron la misma concepción que se tenía del estudio de animación Walt Disney, pero, como ya se ha mencionado, todo tiene un límite.

The Walt Disney Company tiene detrás a unos grupos de opinión y de presión que, entre sus consignas, no está la de aportar a la sociedad a la que viven ideas innovadoras, sino, más bien, todo lo contrario. Pretender que en una película de animación de ese estudio, como es Frozen, se le den carta de naturaleza a los mismos comportamientos que suceden en la sociedad actual, muchos de los cuales siguen siendo tachados de escandalosos y/o libertinos, es tanto como pretender que una administración conservadora como la que ahora impera en los Estados Unidos de América se preocupe de las necesidades de las personas, en vez de proteger a las grandes corporaciones y al capital sobre el que se articula Wall Street.

En realidad, la empresa es coherente con su forma de pensar y, si lo piensan bien, concesiones ha habido y muchas, sobre todo en las adaptaciones de los grandes clásicos en acción real. Pedirle más, por muy duro que sea ver tan solitaria a Elsa mientras Anna siempre tiene a Kristoff a su lado, es baladí. No obstante, la película da alguna solución de compromiso y una pequeña esperanza de que, en un futuro NO muy lejano, las cosas puedan llegar a cambiar.

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Elsa (Idina Menzel); Anna (Kristen Bell); Kristoff (Jonathan Groff) y Sven en Frozen II © 2019 Disney. All Rights Reserved.

Dicho todo esto, Frozen II no desmerece el tiempo de ir a verla al cine e, incluso, supera a su antecesora en espectacularidad y belleza estética.

Además, se puede seguir siendo romántico sin llegar a ser incapaz de darse cuenta de cómo funcionan las cosas, incluso en el reino de Arendelle… ¿O era en el reino de Walt Disney?

© Eduardo Serradilla Sanchis, Helsinki, 2019 

© 1991 Walt Disney Pictures, Silver Screen Partners IV and Walt Disney Animation Studios

© 2019 Walt Disney Pictures and Walt Disney Animation Studios

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