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La (des)conexión permanente

Las redes sociales tienen el extraordinario poder de acercarnos a los que están lejos, al tiempo que podemos fácilmente alejarnos de los que están cerca.

Vivimos en conexión constante con el mundo digital, el cual nos ofrece una forma de hacer las cosas que cada vez se introduce en más sectores de nuestra vida diaria, entre ellos, las operaciones bancarias, las compras online, la visualización de contenidos culturales y, con una especial relevancia, las relaciones que mantenemos con los demás. Una suerte de gran hermano anónimo que se acuesta y se levanta en nuestra mesita de noche, nos recibe al llegar al trabajo y nos acompaña a tomar un café. 

Las redes sociales ofrecen espacios para compartir pensamientos y reflexiones, para construir ideas comunes, comulgar y discrepar, son un templo abstracto para la comunicación interpersonal, siempre y cuando se haga un uso cultivado de estas plataformas. Y, como ocurre con todo producto, los consumidores no siempre llevan el control de su funcionamiento. Podríamos imaginar una especie de prospecto en el que estuvieran indicados todos los posibles efectos adversos del empleo excesivo de estas herramientas: obsesión con la imagen que proyectamos, baja autoestima, incremento de las inseguridades, creencia en un ideal de felicidad ficticio...

Todo ello coronado por la muletilla del consumo responsable y siempre bajo supervisión de un adulto. 

El impacto que Instagram tiene entre los más jóvenes viene determinado por la aparición de nuevos role models, las súper heroínas son ahora influencers que se sientan al borde de una piscina a tomar caipiriñas y posar ante las cámaras. Nuestra capacidad de atención se reduce al contenido de un tweet, en el mejor de los casos, cuando no a la duración de un story. La supremacía de la imagen se impone a niveles desorbitados, tanto que en aplicaciones como Tinder el usuario selecciona sus perfiles favoritos del mismo modo que se hacía con los cromos antaño. A día de hoy no hay nada que no se pueda ejecutar por Internet, desde la simpleza de pedir comida, hasta hacer una entrevista de trabajo en diferido en la que nuestro interlocutor es la cámara web del ordenador. Hay servicios de asistencia médica y psicológica cuyo soporte es una aplicación y las consultas se realizan de forma telemática. Por supuesto, la posibilidad del teletrabajo ha abierto un campo de oportunidades para diferentes modos de regulación laboral que permiten al trabajador (o al menos a los más afortunados) compaginar ciertas actividades. 

Sin embargo, el impacto de las RRSS va mucho más allá, al enfrentarnos constantemente con un espejo en forma de pantalla que nos lanza incesantemente la misma pregunta: ¿quién eres? Nuestra identidad se pone en entredicho cada vez que decidimos crear una nueva publicación, pues al exponernos frente a nuestros amigos virtuales decidimos qué elementos queremos potenciar de nuestra personalidad y qué secretos deben permanecer en la recámara. Y quizá, y solo quizá, el cómo queremos que nos vean los demás dice más de nosotros mismos que la identidad que nos atribuimos cuando estamos solos. Aún así, a pesar de los incansables esfuerzos por transmitir, por trascender la frialdad del brillo electrónico, la atomización se apodera de nuestras emociones y cada vez nos sentimos más aislados entre multitudes en movimiento. Una de las grandes paradojas de la posmodernidad que corre el riesgo de convertirse en una característica de las aclamadas sociedades desarrolladas. Es una realidad que contrasta con la cantidad de interacciones que generamos, y que pasan a formar parte de nuestro historial digital, lo que expone una cuestión cada vez más compleja de responder, ¿son realmente las conexiones online capaces de sustituir el trato de tú a tú? 

Lo cierto es que las redes sociales tienen el extraordinario poder de acercarnos a los que están lejos, al tiempo que, haciendo un uso excedido de las mismas, podemos fácilmente alejarnos de los que están cerca.

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