Prensa y masonería en La Palma durante la Restauración

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Semanario ¡Verdún!

La masonería y el periodismo mantuvieron durante la Restauración una relación mucho más estrecha en La Palma de lo que pudiera parecer a primera vista. No porque existieran periódicos propiamente masónicos —en la isla no circuló ninguna publicación adscrita oficialmente a una logia—, sino porque un número considerable de quienes dirigieron, redactaron o colaboraron en la prensa insular pertenecieron también, en algún momento de sus vidas, a la Orden del Gran Arquitecto del Universo. Esta circunstancia no significa tampoco que los periódicos en los que escribieron fueran portavoces de la masonería. Muy al contrario, una de las singularidades del fenómeno palmero reside precisamente en la escasa presencia explícita de la institución masónica en unas cabeceras en las que, sin embargo, participaron numerosos hermanos.

La masonería contemporánea se instaló en La Palma prácticamente al mismo tiempo que comenzaba el régimen de la Restauración. La logia Abora n.º 91 se constituyó oficialmente en enero de 1875 y permaneció activa, con distintos avatares, hasta 1900. A ella se sumaría en 1891 Idafe n.º 124, cuya existencia fue bastante más breve, pues desapareció en 1896. Después de una década de práctica inactividad, Abora volvería a «levantar columnas» en 1911, ahora con el número 331 y bajo la obediencia del Gran Oriente Español, prolongando su actividad hasta los primeros años de la década de 1920.

El fenómeno resulta especialmente interesante porque la prensa palmera había comenzado antes. El Time, primer periódico de la isla, apareció en 1863, doce años antes de la constitución formal de Abora. Algunos periodistas de aquella etapa pionera acabarían incorporándose después a la masonería. Así ocurrió, por ejemplo, con Blas Carrillo Batista, redactor de El Time, o con Francisco Morales Duque, que escribió asimismo en aquella cabecera y dirigió El Pito. Morales Duque llegaría incluso a ser venerable de Abora entre 1884 y 1890. También el periodista y político Servando Pereyra García, director de El Ariete, ingresaría posteriormente en la masonería palmera.

Durante el último cuarto del siglo XIX, masonería, política y periodismo confluyeron con frecuencia en las mismas personas. Pero conviene introducir una primera cautela: el masón palmero de aquellos años no fue necesariamente republicano. Muchos de quienes pertenecieron a Abora o Idafe militaron en el liberalismo dinástico e incluso en el conservadurismo. La masonería insular estaba integrada en buena medida por profesionales, comerciantes, maestros, abogados y políticos pertenecientes a la burguesía local, y la pertenencia a una logia no determinaba automáticamente su adscripción política.

Uno de los mejores ejemplos es Pedro J. de las Casas Pestana, maestro y uno de los periodistas más activos de su tiempo. Perteneció inicialmente a Abora y más tarde fue fundador de Idafe. Durante los años ochenta dirigió periódicos de marcado carácter liberal como El Eco, El Fomento y El Convenio, y en la década siguiente estuvo al frente de Diario de Avisos. Con el cambio de siglo, sin embargo, dirigiría periódicos conservadores como La Defensa, La Solución o Isla de La Palma. Junto a él encontramos a Servando Pereyra García, Siro González de las Casas, Manuel López Morales, Vicente García Camacho, Tomás Yanes Cabrera o Antonio Pérez Linares, todos ligados de uno u otro modo a la prensa y a las primeras logias insulares.

La presencia masónica alcanzaba también a periodistas relacionados con el conservadurismo. Entre ellos figuraban Pedro Poggio y Álvarez, diputado por la isla y antiguo director de La Unión; Francisco Morales Duque; Luis Vandewalle y Quintana, marqués de Guisla-Guiselin y director de El Noticiero; Sebastián Arozena Henríquez, redactor de La Solución; Antonio Cabrera de las Casas; José Manuel Hernández de las Casas; Juan B. Lorenzo Rodríguez, cronista oficial de Santa Cruz de La Palma; o los hermanos José y Félix Wangüemert y Poggio.

Hay un dato particularmente expresivo de esta relación entre ambas actividades. De los siete fundadores de Idafe n.º 124, constituida en mayo de 1891, seis habían ejercido el periodismo: Pedro J. de las Casas Pestana, Luis Vandewalle y Quintana, Servando Pereyra García, Manuel Rodríguez Hernández, Cándido Pérez Triana y José E. Guerra Zerpa. Cinco de ellos habían sido, además, directores de periódicos. También resulta llamativa la relación de Diario de Avisos con la masonería durante su primera década de existencia: entre 1890 y 1899 fue dirigido sucesivamente por tres masones, José E. Guerra Zerpa, Manuel A. Rodríguez Hernández y Pedro J. de las Casas Pestana, pese a que el periódico poseía entonces un carácter esencialmente informativo y no masónico.

Y es que una cosa era que hubiera masones en los periódicos y otra muy diferente que la masonería apareciera en sus páginas. Durante esta primera etapa las referencias son escasas. El Eco, dirigido por Pedro J. de las Casas Pestana, reprodujo en 1885 datos procedentes de una publicación masónica de Zaragoza sobre la extensión de la masonería universal y remató la noticia con una irónica alusión a las excomuniones. Cuatro años después informaba de que las sociedades masónicas de la provincia habían enviado sus estatutos al Gobierno Civil para su aprobación legal y concluía lacónicamente: «Horror». No mucho más encontramos en la prensa liberal de aquellos años.

Paradójicamente, fue durante la etapa de decadencia o práctica inactividad de la masonería palmera, entre 1901 y 1910, cuando las referencias comenzaron a multiplicarse. Y lo hicieron sobre todo en la prensa republicana, obrerista y librepensadora. El Grito del Pueblo recurrió en varias ocasiones a la masonería para arremeter contra el clericalismo. En 1902 ironizaba sobre quienes podían llevar «por la tarde la hopa de una cofradía» y «por la noche el mandil de los hermanos», y dos años después publicó a toda plana una carta del diputado republicano y gran maestre Miguel Morayta contra el convenio suscrito entre España y la Santa Sede.

Pero sería Germinal, republicano y librepensador, el periódico que entre 1904 y 1910 prestó mayor atención a la masonería. Informó de la intervención parlamentaria de Morayta, de una manifestación masónica en La Habana, publicó un poema masónico de Luis F. Gómez Wangüemert aparecido anteriormente en la revista cubana Paz y Concordia y dio cuenta de la adhesión de la masonería palmera al Congreso Internacional de Librepensadores de Roma. También siguió la visita a Canarias de la propagandista republicana, librepensadora y masona Belén Sárraga, los funerales de personajes vinculados a la Orden y diversos episodios internacionales.

En Germinal, sin embargo, el componente masónico se confundía frecuentemente con otro mucho más visible: el anticlericalismo librepensador. Sus páginas utilizaron con asiduidad la ironía para responder a las campañas católicas contra masones y librepensadores. Así ocurrió al comentar la elección del francmasón Ernesto Nathan como alcalde de Roma o diferentes noticias relativas a miembros del clero. Masonería y librepensamiento no eran una misma cosa, pero compartían entonces determinados ideales y, sobre todo, un adversario común en la intransigencia clerical.

La situación cambió nuevamente en 1911. Abora n.º 331 significó el renacimiento de la masonería palmera y, a diferencia de lo sucedido durante buena parte del siglo XIX, entre sus integrantes abundaron ahora los republicanos. Varios de ellos desempeñaron un papel destacado en la prensa: Domingo Pestana Lorenzo, Juan Martín Pérez, Andrés Rodríguez Méndez, Alonso Pérez Díaz, Antonio Ramos y Ramos, José Lozano Pérez o José Acosta Guion. Muchos de ellos pasarán por periódicos como Germinal, El Pueblo, Diario de La Palma u Oriente.

El propio El Pueblo saludó en 1911 el restablecimiento de la logia y reclamó que la masonería abandonase los viejos hábitos de ocultación. Pocos días después narró un episodio de notable fuerza simbólica: el entierro de Servando Pereyra García. El antiguo masón había dispuesto que se le enterrara civilmente y vestido con las insignias correspondientes a su grado, pero la familia terminó retirándoselas para que pudiera recibir sepultura en el cementerio católico. En el cortejo estuvieron presentes una comisión masónica y antiguos hermanos de las extinguidas Abora e Idafe. El periódico censuró tanto el incumplimiento de la voluntad del fallecido como la actitud de la Iglesia.

Diario de La Palma, heredero en buena medida de aquella tradición republicana, informó en 1912 de la constitución de la nueva Abora y señaló que pertenecían a ella individuos de diferentes partidos políticos. En 1914 dedicó toda su primera plana a la velada organizada en el Circo de Marte por la logia, con la colaboración de la sociedad librepensadora Voltaire, en homenaje al filósofo francés. Intervinieron en el acto varios periodistas relacionados con la masonería, entre ellos Luis F. Gómez Wangüemert, Andrés Rodríguez Méndez, Alonso Pérez Díaz, Antonio Ramos y Ramos y Juan Martín Pérez. Más tarde, Oriente, órgano de Juventud Republicana, continuó recogiendo informaciones relacionadas con la actividad masónica.

El singular caso de ¡Verdún!

Todo este recorrido desemboca en una cabecera excepcional: ¡Verdún! El semanario apareció el 11 de agosto de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, cuando la prensa palmera atravesaba una de sus coyunturas más difíciles. Tomó precisamente su nombre de la batalla más larga y una de las más sangrientas del conflicto europeo. Se publicaba los sábados, se imprimía en la tipografía Gutenberg de los hermanos Rodríguez Méndez y sobrevivió algo más de dos años, hasta el 4 de octubre de 1919, cuando alcanzó el número 112.

Su singularidad reside en que la mayor parte de su núcleo redaccional era miembro de la masonería. Su fundador y primer director, Domingo Pestana Lorenzo, pertenecía a Abora con el simbólico Laplace. Le sucedió Andrés Rodríguez Méndez, Marx, antiguo director de Germinal. Juan Martín Pérez, Floreal, fue cofundador y redactor. Junto a ellos aparecía como redactor-jefe Hermenegildo Rodríguez Méndez, considerado por los propios fundadores «el alma del periódico». Entre los colaboradores encontramos también a los masones Antonio Ramos y Ramos y Luis F. Gómez Wangüemert, este último desde Cuba. A ello se añadían firmas nacionales igualmente relacionadas con la masonería, como Antonio Zozaya, Gabriel Alomar, Luis Araquistáin, Marcelino Domingo, Luis de Zulueta o Vicente Blasco Ibáñez.

Y, sin embargo, ¡Verdún! encierra una última paradoja: prácticamente no hablaba de masonería. Lo masónico aparece mucho más en su universo de ideas que en referencias expresas a la Orden. El periódico fue decididamente aliadófilo durante la Primera Guerra Mundial, coincidiendo con la posición que había adoptado el Gran Oriente Español, que veía en las potencias de la Entente la defensa de los ideales de libertad, progreso y fraternidad. La coincidencia era particularmente significativa porque, pocos meses antes de aparecer el semanario, Abora n.º 331 había comunicado que todos sus miembros eran «fervientes aliadófilos».

La guerra ocupó buena parte de sus páginas, pero también el Tratado de Versalles y la creación de la Sociedad de Naciones, proyecto en el que la masonería europea había depositado igualmente grandes esperanzas. A ello se añadieron la Revolución rusa, el encarecimiento de las subsistencias, la gripe de 1918, la autonomía insular y regional, la enseñanza o asuntos estrictamente palmeros como la crisis de los bordados, las carreteras y las obras del puerto.

El balance de casi medio siglo resulta, por tanto, menos sencillo de lo que pudiera suponerse. La prensa palmera de la Restauración no fue una prensa masónica, pero numerosos periodistas palmeros sí fueron masones. Durante las primeras décadas abundaron entre ellos liberales e incluso conservadores y apenas dejaron huellas de su pertenencia a la Orden en los periódicos que dirigieron o redactaron. Con el cambio de siglo, las alusiones a la masonería se hicieron más frecuentes en la prensa republicana y librepensadora y, desde 1911, el nuevo núcleo de Abora adquirió un perfil mucho más próximo al republicanismo.

¡Verdún! representa quizá mejor que ninguna otra cabecera la culminación de este proceso. Casi toda su redacción estaba integrada por masones y, paradójicamente, apenas publicó información sobre la masonería. Pero su defensa de los aliados, de los ideales democráticos y de la futura Sociedad de Naciones coincidía plenamente con las posiciones asumidas entonces por el Gran Oriente Español. La influencia, por tanto, no siempre necesitaba mostrarse mediante escuadras, compases o referencias a las logias. A veces estaba sencillamente en las ideas que sostenían quienes escribían el periódico.

J.J. Rodríguez-Lewis

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