La isla que imagino

0

Hay días en los que me despierto e imagino una isla donde todas y todos somos portadores de ideas brillantes que llevamos al ágora para decidir juntos cómo convertirlas en proyectos y hacer de La Palma un lugar donde convivir sea, verdaderamente, vivir.

Cuidar La Palma no consiste solo en proteger su territorio. También significa pensar con valentía qué clase de sociedad estamos construyendo sobre él.

No imagino una isla perfecta; sí imagino una isla posible. Una isla donde podamos vivir todos: quienes nacimos aquí y quienes llegaron después; nuestros mayores y los jóvenes que buscan una oportunidad para construir su camino en el lugar donde se sienten arraigados.

No pretendo tener las respuestas ni las soluciones y he de ser prudente al compartir estas reflexiones. Sé lo complejo que es gobernar, gestionar y tomar decisiones que afectan a toda una comunidad, y reconozco el compromiso y la responsabilidad que esa tarea exige.

Amar un territorio no significa aceptar todo lo que sucede en él. Y, aunque no tengamos la solución en nuestras manos, siempre podemos aportar propuestas y buscar nuevas maneras de avanzar.

También imagino una isla en la que quienes asumen responsabilidades públicas se sientan acompañados por una ciudadanía dispuesta no solo a señalar dificultades, sino también a aportar conocimiento, experiencia y propuestas. Gobernar exige decidir entre necesidades distintas y recursos limitados, y esa tarea merece reconocimiento. Las mejores respuestas surgirán cuando instituciones, profesionales, empresas y ciudadanía podamos sentarnos en una misma mesa, escucharnos con respeto y trabajar desde aquello que compartimos.

Salir a estudiar y conocer otros lugares es, sin duda, una experiencia enriquecedora para nuestros jóvenes. El problema surge cuando deja de ser una elección y se convierte en la única posibilidad.

Esa isla que imagino ofrece vivienda accesible, formación, empleo digno y confianza en el talento de su gente. Si quienes trabajan en La Palma sienten que no pueden desarrollar aquí su vida y sus capacidades, algo esencial se rompe. Y si nuestros hijos no pueden imaginar su hogar en su isla, estaremos construyendo un territorio cada vez menos habitable para ellos.

El turismo forma parte de nuestra economía y ha de seguir siendo una oportunidad de crecimiento. Pero antes debemos hacernos algunas preguntas: ¿qué turismo queremos?, ¿cuánto puede soportar cada lugar? y, sobre todo, ¿de qué manera sus beneficios llegan con equidad a la población?

Tres verbos deberían ayudarnos a responder: ordenar, proteger y equilibrar.

También imagino una isla que confíe más en quienes intentan hacer cosas. Emprender en La Palma puede ser tremendamente ilusionante, pero también tremendamente agotador.

Detrás de cada pequeña empresa, asociación o iniciativa existen personas que arriesgan tiempo, recursos e incluso la tranquilidad de un sueldo fijo para transformar sus ideas en trabajo.

Sé por experiencia que los proyectos no nacen terminados. Requieren ilusión, investigación, coordinación, financiación y muchas, muchísimas horas invisibles para los demás. Porque, como escribió Antoine de Saint-Exupéry en El principito, «lo esencial es invisible a los ojos».

Una premisa fundamental es que la cultura converse con el turismo; el patrimonio, con la educación; la artesanía, con el diseño; el sector primario, con la innovación; las empresas, con las administraciones; y los municipios, entre sí.

Que nuestros pueblos hablen de su memoria y de sus oficios, pero también de cómo la cultura puede ayudarnos a pensar la isla, conectar generaciones, integrar a quienes llegan para aportar, crear actividad económica y construir los relatos verdaderos que La Palma tiene que contar.

La Palma no necesita parecerse a ningún otro lugar para prosperar. Necesita buenas ideas que no se midan por quién las propone, sino por lo que ofrecen. Necesita también aprender a discrepar sin convertirnos en enemigos y reconocer el trabajo ajeno sin sentir por ello que el nuestro disminuye.

La armonía consiste en convertir la crítica en mejora y no en destrucción; en hacer de las diferencias una conversación y en conseguir que la responsabilidad sea compartida por instituciones, empresas y ciudadanía.

La isla que imagino no es una postal ni un lugar anclado en el tiempo. Es una comunidad viva, culta, generosa, amable y próspera.

La Palma del futuro hay que construirla ahora: en cada decisión pública, en cada proyecto y en la forma en la que nos tratamos unos a otros.

Yo elijo una isla en la que todos quepamos, sin dejar a nadie fuera y sin dejar de ser isla.

*Carmen M. Concepción Fernández es filósofa y gestora cultural

Etiquetas
stats