‘La hacedora de barcos’

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Hay lugares que un día empiezan a olvidarse de su historia. No ocurre de golpe, sucede lentamente, cuando empiezan a mirar más hacia fuera que hacia sí mismos, cuando creen que lo valioso pertenece a otros territorios y van perdiendo, sin darse cuenta, lo que les da identidad. Y entonces, siendo lugares hermosos, se convierten en escenarios desarraigados, sin voz propia, vulnerables a que otros terminen apropiándose de sus particularidades.

Hace poco cayó en mis manos un libro sencillo y hermoso: La hacedora de barcos. Y quizá precisamente por su sencillez logró explicarme algo que llevaba años sintiendo sin encontrar las palabras exactas.

En él, una niña de un pueblo del interior, insiste en construir barcos, aunque muchos no entiendan para qué sirven. Ahí fue donde descubrí lo importante: hay sueños que nacen, más que para ser útiles, para evitar que algo esencial desaparezca. La historia gira en torno a la tensión entre “la dirección que impone la sociedad” y “la dirección que toma una persona”. Gema, la protagonista, no rechaza su lugar de origen; al contrario, aprende a convivir con él sin renunciar a aquello que la mueve por dentro.

Tras su lectura, comprendí que el proyecto de construcción del bote Bóreas no había sido un sueño en vano, tampoco un capricho. Ha sido un trabajo compartido, convertido en un barco cargado de memoria, de identidad y de relatos que merecen seguir siendo contados.

Porque algunos proyectos solo logran mantenerse a flote cuando aparecen personas capaces de creer en ellos ciegamente, incluso contra viento y marea. Y en este viaje, María José Manso ha sido una de ellas.

Carmen Concepción.

Y no hablo únicamente de construir embarcaciones, ¡no!, hablo de algo mucho más profundo: de la capacidad de un territorio para construir relatos, memoria, identidad y futuro. Porque cada barco que un pueblo es capaz de construir transporta mucho más que madera y brea. Lleva dentro una manera de entender el lugar del que nace.

Trabajar por la imagen exterior de La Palma consiste, sobre todo, en proteger su verdad.

Y esa verdad no puede construirse desde la artificialidad ni desde proyectos vacíos pensados únicamente para el consumo rápido. La identidad de una isla no es un decorado turístico. Es algo vivo, frágil y profundamente valioso que necesita ser cuidado con honestidad.

La Palma posee un patrimonio inmenso: natural, humano, cultural y emocional. Está en los relatos familiares, en los oficios tradicionales, en la memoria de quienes trabajaron el mar y la tierra, en la manera de hablar, en los saberes y en las manos que todavía conservan habilidades que no hemos de considerar inútiles en un mundo cada vez más tecnológico y menos habilidoso.

Un patrimonio que no se valora termina convirtiéndose en una carga incómoda. Entonces aparecen las prisas, las especulaciones y los proyectos sin alma que presentan la identidad como un obstáculo, en lugar de entenderla como uno de los mayores valores de un territorio.

Hace unos días lo comprendí con más claridad que nunca durante el Pasaia ItsasFestibala. Allí, los barcos tradicionales no eran simples piezas de exhibición. Eran símbolos vivos. Cada embarcación hablaba del lugar del que provenía y representaba el orgullo de un territorio capaz de reconocerse a sí mismo y transmitir su memoria sin complejos.

Y en medio de todo aquello estaba La Palma. Una pequeña embarcación construida hace apenas un año, logró situar a la isla en un espacio inesperado para muchos: el de la historia de la construcción naval tradicional y la carpintería de ribera. El de los territorios que todavía conservan memoria suficiente para entender que el patrimonio no es nostalgia, sino futuro.

Muchos desconocían que La Palma formara parte de esa historia. Muchos ignoraban la importancia que tuvo la isla en el comercio con América, su puerto y su patrimonio marítimo material e inmaterial Y, sin embargo, bastó un bote, unas herramientas, unas conversaciones y unas manos trabajando la madera para despertar interés, admiración y respeto.

No fue únicamente un barco lo que viajó hasta Pasaia. También viajaban las manos del maestro carpintero y de tantas personas que, de manera desinteresada, ayudaron a mantener vivo un oficio y una memoria que pertenecen a toda la isla. Viajó una forma de entender quiénes somos.

La Palma necesita quererse más y mejor. No desde el orgullo vacío ni desde el conformismo, sino desde la conciencia profunda de su valor real. Necesita protegerse de las dinámicas que constantemente la empujan a menospreciarse, a banalizarse o a diluirse para parecerse a otros lugares.

Y entonces una entiende que proteger la memoria de un territorio nunca puede ser considerado un capricho.

Por supuesto que la isla necesita infraestructuras, viviendas, una estación de guaguas digna, mejores servicios y espacios para nuestros jóvenes y mayores, etc. Necesita responder a muchas prioridades reales y urgentes. Pero nunca olvidar aquellas otras cosas que también la sostienen y que son el pasado, el presente y el futuro de un pueblo: su cultura, su identidad y la memoria de quienes lo construyeron antes que nosotros.

Resulta justo agradecer a quienes, desde las instituciones públicas, especialmente al presidente del Cabildo Insular, a la consejera delegada de SODEPAL y a su equipo técnico, han sido capaces de creer y arriesgar apoyando un proyecto que quizá no siempre se comprende desde la lógica de la necesidad o la productividad inmediata, pero que también forma parte de aquello imprescindible que sostiene el alma, la memoria y la identidad de la isla. Porque un territorio no vive solo de carreteras, turismo, cifras o campañas, también vive de la manera en que se mira y se quiere a sí misma.

Todavía estamos a tiempo de seguir construyendo barcos, aunque muchos de ellos ya no naveguen sobre el mar, sino sobre la memoria, la identidad y la manera en que una isla decide quererse y contarse a sí misma.

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