El ritmo que mueve una sardina de 12 metros en San Andrés y Sauces

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La primera charanga del Entierro de la Sardina formado por la Murga "Los Trompiezos".

Cada año, cuando el carnaval llega a su fin en San Andrés y Sauces, hay un sonido que anuncia que algo grande está a punto de comenzar. No es solo el bullicio del público ni la expectación por ver aparecer la enorme figura que recorrerá las calles del pueblo. Es el golpe del bombo. Seco, constante, reconocible. Después se suman la caja, los platillos y el sonido agudo de los kazoo —los populares “pitos” de las murgas— que entonan melodías que generaciones enteras llevan en la memoria. Entonces, la sardina comienza a moverse.

Con cerca de doce metros de largo y alrededor de veinticinco cargadores a cada lado, la sardina saucera no solo impresiona por su tamaño. Lo que realmente la sostiene, la organiza y le da vida es su música. Sin ese ritmo constante, la estructura no avanzaría con la misma fuerza ni despertaría la misma emoción. Porque en San Andrés y Sauces, la música no acompaña al Entierro de la Sardina: lo define.

Una transformación que marcó la historia de la fiesta

La identidad musical actual no existió desde siempre. A finales de los años setenta y comienzos de los ochenta, cuando comenzó a consolidarse el Entierro de la Sardina en el municipio, la celebración carecía de un repertorio propio. En aquel momento participaba una murga local, “Los Trompiezos”, de la que surgiría la charanga que hoy acompaña el desfile.

Pedro Luis Díaz, uno de los impulsores de aquella etapa inicial, recuerda que en los primeros años la música tenía un carácter más solemne, cercano a la marcha tradicional. Sin embargo, pronto surgió una idea que cambiaría el rumbo de la fiesta: si querían que el pueblo participara y que la celebración creciera, el ritmo debía invitar a cantar y a moverse. Aquella marcha fue transformándose poco a poco en una versión más lenta y festiva, se incorporaron redobles y comenzaron a introducirse canciones populares que todos conocían.

La respuesta fue inmediata. El público empezó a implicarse. La música comenzó a escucharse más lejos, a repetirse en las calles, a convertirse en el verdadero motor del desfile. Con el paso de los años, la sardina creció en dimensiones y también en popularidad, hasta convertirse en uno de los actos más multitudinarios del carnaval del municipio.

Una tradición sin partituras

Uno de los rasgos más singulares de la música del Entierro de la Sardina en San Andrés y Sauces es su transmisión oral. No existen partituras oficiales ni arreglos escritos que definan cada intervención. El aprendizaje se basa en la escucha, la repetición y la práctica compartida.

Charanga "El Desastre" en 2008.

El actual director de la charanga Carlos Hernández que participa desde 2006, lo explica con sencillez: el método es “grabar, escuchar y aprender”. Las canciones que se interpretan forman parte del repertorio popular, conocidas tanto por jóvenes como por mayores. Temas como “La Dolorida”, “Andrés”, “La Cerveza” o “Adiós con el corazón” forman parte de esa memoria colectiva que se reactiva cada año al sonar los primeros compases.

Cada edición introduce pequeñas variaciones en el repertorio, pero siempre “guardando la esencia”. Esa combinación entre continuidad e innovación permite que la tradición siga viva sin perder su identidad. El ritmo se mantiene reconocible, pero el repertorio se adapta, se renueva y evoluciona con las generaciones que lo interpretan.

El compás que organiza el movimiento

Charanga "El Desastre" saliendo de La Casa del Quinto en 2008.

La sardina saucera no es una figura estática. Su tamaño exige coordinación, equilibrio y resistencia. Los cargadores deben avanzar al unísono, mantener la estabilidad y, al mismo tiempo, responder a los momentos de mayor intensidad festiva. Todo ello depende directamente del ritmo.

La base musical se apoya en un compás binario constante, marcado por el bombo y la caja. Este pulso regular facilita el desplazamiento procesional y crea una sensación de unidad. Sin embargo, el desfile no es rígido. Hay momentos en los que los cargadores deciden bailar la sardina, modificar su posición o intensificar el movimiento. En esos instantes, la charanga debe adaptarse.

“Hay mucha improvisación”, reconoce el director. “A veces vamos en un ritmo lento y ellos cambian su posición para bailar, y tenemos que cambiar el ritmo para acompañar a la sardina”. Ese diálogo permanente entre música y movimiento convierte la procesión en una experiencia dinámica, donde cada año es distinto al anterior, aunque el pulso sea el mismo.

La textura sonora es sencilla pero poderosa: percusión dominante, melodías reconocibles ejecutadas con los pitos y una repetición que refuerza la cohesión del grupo. No se trata de complejidad técnica, sino de eficacia ritual. La música está diseñada para sostener la energía colectiva durante todo el recorrido.

Una isla que se reúne alrededor del ritmo

El Entierro de la Sardina no es solo un acto local. Con el paso de los años, el evento ha ido atrayendo a público de toda la isla, que se concentra en el pueblo para acompañar a la charanga y a la sardina en su recorrido. Desde primeras horas del día, el ambiente festivo se extiende por las calles con orquestas programadas durante toda la jornada, creando una atmósfera continua de celebración.

Cuando llega el momento del desfile, la implicación del público es total. Muchas personas acompañan el ritmo con silbatos, marcando el compás junto a la percusión. Otros cantan las letras conocidas, convirtiendo la calle en un espacio sonoro compartido. La sardina no avanza sola: lo hace rodeada de un mar de sonidos que multiplican su presencia.

Charanga "El Desastre" por la Calle Príncipe Felipe y el público asistente.

El director de la charanga lo describe como una reacción “indescriptible”. Cada año parece que la asistencia aumenta, que la fiesta gana fuerza y que la música se proyecta con mayor intensidad. La publicidad, la tradición y la singularidad del ritmo han contribuido a consolidar el evento como una cita imprescindible dentro del calendario festivo.

Identidad y emoción

Para quienes forman parte de la charanga, salir detrás de la sardina supone una mezcla de responsabilidad y adrenalina. El ritmo no es intercambiable. Forma parte de la identidad del municipio. “El ritmo que tenemos aquí no lo hay en otro sitio”, afirma el director con convicción.

Esa singularidad no se basa únicamente en la estructura musical, sino en el vínculo emocional que genera. La repetición anual refuerza el sentimiento de pertenencia. Las generaciones más jóvenes aprenden escuchando y participando, mientras que los mayores reconocen en cada compás una parte de su historia.

La música del Entierro de la Sardina en San Andrés y Sauces es, en definitiva, una tradición viva que articula memoria, identidad y celebración. No está escrita en papel, pero está profundamente grabada en la comunidad.

Y como recordaba Pedro Luis Díaz al finalizar la entrevista, dejando un mensaje para el futuro:

“El mensaje que le puedo dar a las nuevas generaciones es que sigan mejorando y que cada año sea superior con orden y con respeto, porque es lo más importante en las fiestas hasta ahora lo ha habido y que sigan muchos años así.”

La Sardina en 2008.
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