Cómo viven los migrantes el Ramadán en los centros de acogida de Canarias: “Es muy difícil celebrarlo lejos de la familia”
Es la primera vez que Amadou* (nombre ficticio) pasa el Ramadán lejos de su casa en su país, de Senegal. Como él, cientos de migrantes que han sobrevivido a la ruta atlántica celebran el mes sagrado de la religión musulmana fuera de sus hogares, sin apoyo familiar y además en alguno de los centros de acogida que hay en Canarias. “Es muy difícil hacer el Ramadán lejos de la familia, cada día es más difícil pero, Alhamdulillah, confíamos en que el año que viene será mejor”, señala el joven.
Amadou llegó a Gran Canaria en agosto de 2025 y es quien más repite que lo peor es pasar estas fechas fuera de su casa. Otros jóvenes senegaleses, guineanos y gambianos llevan años migrando por diferentes países de África antes de llegar a Canarias y ya han celebrado esta fiesta lejos de sus familias: “Este año es diferente porque siempre lo celebramos con la familia. Lo único que podemos hacer es simplemente rezar porque aquí no tenemos familia con la que ir a compartir y tampoco trabajamos para ganar algo de dinero. Si estuviéramos en casa y ganáramos dinero, podríamos comprar cualquier cosa, una cabra, ropa y haríamos una fiesta entre todos, con los amigos y con nuestros padres”, confiesan.
Lamine* (nombre modificado) ve esta festividad como un momento para la reflexión y el agradecimiento. Es de Gambia, llegó hace ocho meses y también reside en el mismo recurso de emergencia de Las Palmas de Gran Canaria que Amadou. Aunque este año no ha podido celebrar el Ramadán junto a su familia como había hecho hasta ahora, se muestra agradecido: “Nada es para siempre, y este año estar en Las Palmas es parte del proceso. Pienso que tengo buena salud, que duermo, que puedo comer y caminar para ir a la mezquita. No tengo malas condiciones de vida. Hay gente que no puede caminar, ni comer ni ir a la mezquita”, reflexiona. En cualquier caso, reconoce que la vida no está siendo muy fácil, ya que vino para trabajar y hasta el momento no ha podido ser trasladado a la Península: “Es un poco difícil la vida aquí. Hasta que no tengamos papeles no podemos trabajar y el cerebro necesita desconectar, y eso es complicado aquí”, confiesa.
Cada día, poco antes de las seis de la mañana, hacen la primera comida del día. Según Amadou y Lamine, en su centro se les ofrece café con leche y pan. Algunas entidades se han ajustado a este periodo importante para los musulmanes. La Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) en Gran Canaria apunta que han adaptado el horario del servicio de comedor, que abre a las cuatro de la mañana, para ofrecer el desayuno a las personas musulmanas, aunque también para aquellos que van a trabajar o a estudiar. Resaltan que siempre han preparado platos sin cerdo y que el menú es muy variado: muslitos de pollo al horno, cuscús, batidos de frutas, sopa de pescado, paella mixta, burritos, hamburguesas (de carne de pollo) o pavo en salsa.
La ruptura del ayuno (iftar) este mes en Gran Canaria tiene lugar poco después de las 19.00 horas, cuando cae el sol. En ese momento, decenas de jóvenes de varios recursos de acogida de Las Palmas de Gran Canaria acuden a alguna de las tres mezquitas de la ciudad para realizar el rezo de la ruptura y degustar algunos alimentos que los responsables de estos espacios religiosos han preparado para los más vulnerables.
Otros migrantes prefieren llevarse la comida preparada en unas bolsas con bandejas para comerla en sus centros, ya que tienen horario de llegada por la noche. “Este es un mes de solidaridad, así que se les invita a todos aquellos que no tienen medios a que si quieren romper el ayuno aquí, que lo hagan”, sostiene Omar Kasse, secretario de la Liga Comunidad Islámica, que gestiona dos mezquitas en la capital grancanaria.
“Hay una primera parte que es la lectura del ayuno. Después se hace entrega de una botella de agua, un zumo, un paquete pequeño de leche y dátiles. Se rompe el ayuno con esto y se celebra otro rezo. Y ya después se come el segundo plato, que es la comida fuerte”, explica Kasse. Esta segunda comida suele consistir en un plato de arroz con carne y verduras y es preparada de manera voluntaria por personal cercano a las mezquitas.
Los fieles donan los alimentos, como garrafas de agua o pan, y hay familias que también preparan algún plato en casa y lo llevan a la mezquita para que las personas sin recursos puedan celebrar el Ramadán con la mayor normalidad posible. “Vienen muchas personas, sobre todo jóvenes, migrantes de confesión musulmana y no musulmana que también que están en los centros, y que suelen acudir aquí todas las tardes para romper el ayuno o para comer durante todo el mes”, detalla Kasse.
Amadou y sus amigos van cada día a la mezquita más cercana a su centro, donde pueden rezar en comunidad y disfrutar del plato de arroz preparado a la manera que harían en sus casas. “La comida de la mezquita es buena, preparan muy bien el arroz. En el centro, sin embargo, la comida no es buena. No está bien hecha”, señala este grupo de chicos que aún está en la isla desde hace ocho meses. Para los migrantes recién llegados, estos platos les dan la sensación de que están más cerca de sus casas, a pesar de la distancia. “El arroz es la comida básica de la mayoría de sus países, así que estarán contentos”, apunta Kasse.
El Ramadán es el periodo más importante del Islam. Se celebra en el noveno mes del calendario lunar musulmán y conmemora la transmisión del Corán por parte de Alá a Mahoma. En este tiempo se practica el recogimiento, una mayor autorreflexión y la ayuda al prójimo. “De los 12 meses del año, el mes del Ramadán es el más importante. En esta festividad, prima ser solidario, hacer obras buenas, ayudar al prójimo, al más débil, al que no tiene”, sostiene Kasse.
Gracias a esta preparación de platos y a la acogida de las mezquitas, muchos migrantes han encontrado un espacio donde compartir su mes más importante como creyentes. “Nosotros aquí no tenemos familia con la que compartir, así que nos gusta ir a rezar a la mezquita y así estamos juntos. En todo caso, sentimos que aquí nos comprenden, hay gente que no lo entiende tanto, pero vemos que hay personas de diferentes religiones y nos sentimos más o menos comprendidos”, subraya Amadou.
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