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Acción de borrar islas

20 de mayo de 2025 12:14 h

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Hace ya algunos meses que escribí, como prólogo al libro Isla del pintor Juan Gopar, un pequeño ensayo titulado «Isla: lugar en el centro de todos los instantes». El excelente trabajo del creador conejero a propósito de Lanzarote, su voluntad firme de desvelar lo mirado —cuando lo mirado es, en sí mismo, un secreto a voces— me llevó a formular una pregunta anclada en esa misma naturaleza (aquello que no se ve por culpa de un exceso de exposición, lo que se olvida de puro sabido). Sí, es cierto, me decía yo entonces: sabemos muy bien qué imagina el continental, qué imagina lo que llamamos «mundo», cuando imagina en islas. La mirada ha sido consolidada por el discurso publicitario e industrial antes que por la cultura, pero ha habido un acomodo del pensamiento alrededor de esas imágenes del esplendor de las islas como paraíso que el turismo trajo hasta nosotros hace muchas décadas, hasta el punto de convertirnos a nosotros en seres conniventes. El «qué bueno vivir aquí» ha sido refrendado en alguna ocasión por todos nosotros, los insulares, desde una acriticidad consciente, cuando hemos sido preguntados por el «extranjero» acerca de las calidades de la existencia en las islas. Sabemos qué imagina el continental cuando sueña islas porque de algún modo hemos comprado artificialmente —incluso sabiendo que no es cierto— ese sueño tentador de vivir en el paraíso. Sin embargo, y esta era la pregunta que me formulaba, ¿qué sueñan los insulares cuando sueñas con islas?: ¿realmente hemos desterrado al náufrago que lanza cada día su botella al mar mientras, lejos del ensueño de paraíso, habita fatalmente un ensueño de rescate? Pensemos, por ejemplo, en lo que afirma Carolyn Steel en Ciudades hambrientas: “La comida de la próxima semana aún no está en la isla”. ¿Nos permite ese hecho afirmar que los insulares quizá habitamos en una conciencia del tiempo más imperiosa? ¿Es cierto que por detrás del cartel turístico de aguas límpidas, soles llenos y cielos azules, por detrás de la dulzura artificial del agua de las piscinas, fuera del escenario brillante del buffet pantagruélico de cada mañana y cada mediodía y cada noche, asoma, certera y oscura, la sombra de un “cierto infierno”? 

“El paraíso —dice Gopar siguiendo al Ballart de Días felices— es el billete de vuelta”. Será que el camino que va desde Diario de un sol de verano hasta Lo imprevisto (Domingo López Torres), desde Campanario de la primavera hasta Enigma del invitado (Emeterio Gutiérrez Albelo), desde Transparencias fugadas hasta Dársena con despertadores (Pedro García Cabrera) o desde Lancelot 28-7 hasta Crimen (Agustín Espinosa) hunde sus raíces, más allá de los giros de la historia y de la estética, más allá de la oposición paraíso-infierno, en las aguas profundas que aparecen casi siempre, allá en lo hondo del mundo, en las profundidades geológicas percibidas oscuramente por Óscar Domínguez, es decir, en la naturaleza precaria, en la hondura lítica, apartada del tiempo, que supone habitar una isla. 

Al menos en las dos últimas décadas el lugar de las islas con respecto del mundo se ha transformado rápidamente. La realidad del planeta —la conciencia de la escala Tierra— se ha modificado, y esa transformación ha traído consigo, de manera no lineal, nuevas formas de implicar a los territorios insulares en el contexto del presente. La cuestión principal es que los problemas históricos de las islas —la gestión del territorio, la gestión de los recursos, la gestión de los residuos, la gestión de la movilidad y la gestión de la convivencia— se han convertido en los problemas transversales del planeta. La Tierra se ha insularizado: la humanidad ha tomado conciencia de que habita una isla, una isla de náufragos, en un lugar en la ultraperiferia del cosmos, en el lugar más alejado posible de no se sabe qué, porque, como es sabido, “el desierto es un lugar cuyo centro está en todas partes”. De pronto, el planeta-isla se ve obligado a fijarse en sus islas: en los territorios que ocupan los lugares equiparables, por su periferia, por su soledad, por su lejanía, a la posición ultraperiférica del planeta en el vacío. ¿Acaso poseen esos territorios para los que ya no vale el calificativo tradicional de aislados, algunos conocimientos válidos para aplicar al conjunto, a la bolita azul que gira sus dobles giros alrededor de sí misma y del sol? Hay islas en el planeta que reciben ¡más de diecinueve millones de visitantes cada año, lo que no deja de parecerles normal, lo que no deja de interpretarse como que algo va bien! No hay tal aislamiento, se dicen los expertos, pero sí que hay algo que se le parece: las islas poseen un cierto conocimiento alrededor de la “conciencia de límite”. Esta conciencia de límite, cuyas derivas metafísicas aparecen desde antiguo en el trabajo de los poetas insulares (pensemos en Saint-John Perse, en Derek Walcott, en Aimé Césaire, en Yorgos Seferis, en Sánchez Robayna…), posee fundamentales correas de transmisión con el gran tema de nuestro tiempo, pues conciencia de límite no es otra cosa que “sostenibilidad”. ¿Acaso podrán, las islas de la Tierra, aportar reflexiones válidas para el caso de la Tierra como isla?

Las islas han sido, así, atraídas hacia el centro. Aquellas que fueron cárceles, lugares de destierro, escenarios para las pruebas de lo infernal, trasuntos comerciales del paraíso, teatros para la jubilación, las islas de los náufragos y de los salvajes, las islas de los volcanes explosivos y las sequías, las islas de los desclasados y los milagros evolutivos, han comenzado a ser miradas de reojo, a ser contempladas mientras se acerca a la comisura de los labios, aún con la boca pequeña, un lacónico “¿y si…?”. ¿Y si fuera que hay algunas respuestas ahí, algunas ideas aprovechables, ahora que el planeta parece enfrentar su gran crisis, su gran amenaza? Las islas han sido atraídas hacia el centro, y han pagado por ello un alto precio: el precio de un borrado. Casi han dejado de ser islas. Casi han dejado de poder ser. Han tenido que dejar de ser para que se decida llevarlas al centro, después de siglos de displicente ignorancia. Esto es así porque lo que dicen que va a pasar, ya está pasando en las islas, ya comenzó a pasar en las islas. Archipiélagos que desaparecen bajo el mar, archipiélagos que se salinizan con las crecidas del océano, archipiélagos tragados por las temporadas de huracanes, de tifones, de tragedias. Los ciudadanos de las islas, bien harían en comenzar a preparar la estiba para los barcos de rescate, porque la pregunta no es ya “¿qué te llevarías a un isla desierta?”, sino “¿qué te llevarás de la isla para poder guardar la memoria de las culturas insulares?”. ¿Cómo vamos a estibar el barco cuando llegue el rescate, si es que llega?

Mientras tanto, no puedo dejar de pensar en el mapa de los borrados, en la acción más frecuente de borrar islas, tarea que no asume la naturaleza, tarea para la que se basta perfectamente el hombre. Pienso, por ejemplo, en Tenerife (hay otros ejemplos cercanos, claro que sí). Isla que está siendo borrada por las mareas: isla colmada, repleta. Muerta de éxito. Isla que no ha sabido cuidar su propio habitar, mientras se ha puesto a disposición (el “hágase en mí según tu palabra” se ha entonado sin límites) de la industria. Isla que no ha sabido prever. ¿Acaso no se supo que era necesario construir un sistema de enseñanza internacional? ¿Acaso no se supo que nuestros barrios de habitación no superaban ni uno solo de los criterios que definen el buen habitar (que haya sombra, que no haya tráfico, que haya paisaje que mirar, que haya donde conversar, que haya donde pasear, que haya silencio…)? ¿Acaso no se supo que llegarían inéditas necesidades sanitarias? Isla que ha borrado de su superficie un lugar llamado Masca, un lugar llamado Anaga, un lugar llamado Teide, un lugar llamado playa, un lugar llamado mar, un lugar llamado plaza, un lugar llamado vivienda, para dejar paso a un lugar llamado tráfico, a un lugar llamado basura, a un lugar llamado economía extractiva, a un lugar llamado cantidad, a un lugar llamado turismo. 

Acción de borrar islas. 

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