Apología del silencio
La industria y la tecnología actuales han llenado el mundo de ruido; un ruido artificial, no natural, que es el que producen el viento, el trueno o la lluvia. Coches, motos, trenes, aviones, motores, máquinas, excavadoras, taladros, motosierras, cortacéspedes, radios, televisores, gramolas, ordenadores, videojuegos, teléfonos móviles… no dan tregua al sufrido ciudadano con sus atronadores ruuún-ruuún, piii-piii, traca-traca, triqui-traque, chinchín, chucu-chucu, din-dón, ring-ring, pin-pán, tilín-tilín, tolón-tolón… sin parar las veinticuatro horas del día. Hasta tal punto alegran las pajarillas las estridencias mecánicas al homo urbanus, que no hay ya coche, nevera, teléfono móvil o artefacto similar que no venga dotado, además de con sus ruidos de serie, que son los inherentes al motor que los acciona, con pitidos, silbidos o chasquidos complementarios de aviso o amenaza, como si el usuario fuera un niño de teta; y hasta de aplicaciones especiales para que el consumidor personalice a su antojo el particular tipo de ruido que prefiera para flagelar sus oídos. Y, por si esto fuera poco, tenemos también la vocinglería de los más escandalosos en cafeterías, bares, centros comerciales o restaurantes concurridos. Sí, no cabe ninguna duda, el silencio no es valor que se cotice en la bolsa de la sociedad moderna. El hombre de hoy teme al silencio y a la soledad a él inherente porque silencio y soledad lo ponen ante el espejo de su pequeñez y el trágico destino que le espera. Con ruido disimula la verdadera cara de la existencia. Mete ruido para no oír la voz de la conciencia. Y lo malo de todo esto es que, sin el silencio y el vacío o la soledad que implica, es imposible gozar de una vida plena, como sabe, consciente o inconscientemente, todo el mundo.
Sin silencio es imposible llevar una vida plena, porque, sin él, no se puede dormir, que es imprescindible para recuperar cuerpo y mente del agotamiento físico y mental que provocan los afanes y desvelos de cada día. Y, si no, que se lo pregunten a esa pobre gente que tiene la desgracia de vivir en el centro de las ciudades, en bullangueras zonas de ocios, al lado de aeropuertos o en las inmediaciones de fábricas o polígonos industriales, víctimas de los insomnios, las depresiones y hasta los suicidios que provoca el exceso de decibelios; o a los chicos que trabajan o se divierten en eso que llaman industria del ocio (discotecas, salas de fiesta, animación turística…), hipersensibles a todo por la exposición permanente al ruido inmisericorde de la música mecánica.
Sin silencio no se puede alcanzar una vida plena, porque sin él es imposible oír y, por tanto, entender lo que el otro (es decir, la otra mitad de nosotros) dice. De ahí que la teoría de la información considere el ruido como el distorsionador más importante del proceso comunicativo. Por eso es obligatorio el silencio en auditorios, escuelas, iglesias, cines y lugares por el estilo. Y no sólo para oír, sino también para ver (los cuadros en los museos, por ejemplo) es necesario el silencio. Como señaló el dramaturgo Juan Mayorga en su discurso de ingreso en la Real Academia, en el 2019, “en el teatro se hace el silencio para que el espectador oiga no sólo las palabras y los silencios que vienen del escenario, sino también las palabras y los silencios de su propia vida y de vidas que podría vivir”.
Sin silencio es imposible llevar a cabo una vida plena, porque, sin él, no existirían las lenguas con que solemos comunicar todos los días de Dios nuestros pensamientos, impresiones y sentimientos. Y no hay lenguas sin silencio por tres razones fundamentales. En primer lugar, porque los sonidos de las lenguas requieren silencio de fondo para poder ser. No hay sonido sin silencio, como no hay vida sin muerte, amor sin odio, claridad sin oscuridad, bien sin mal, sabiduría sin ignorancia, cobro sin pago o patrón sin barco. El ritmo de la lengua lo determina la solidaridad entre el ruido y el silencio. Por eso ha sido siempre tan importante para poetas, narradores, teólogos o dramaturgos. Como dice el citado Mayorga, “hay en el escenario un combate físico entre la voz y su silencio (…). No hay tragedia sin silencio”. En segundo lugar, sin silencio no existirían las lenguas humanas porque sólo gracias a él, representado en la escritura mediante comas, puntos y comas, puntos seguidos, puntos y aparte y puntos finales, podemos distinguir unas palabras, frases y textos de otros. Y no hablemos de la importancia de la pausa versal, que es la que determina en buena medida el ritmo de la poesía. Todos los hispanohablantes conocemos implícita o explícitamente las radicales diferencias que existen entre las expresiones “Los niños, que llegaron tarde, serán castigados” y “No, puedes pasar”, por ejemplo, con pausa entre su primera y segunda parte, y las expresiones “Los niños que llegaron tarde serán castigados” y “No puedes pasar”, sin pausa entre ellas. Y, en tercer lugar, sin silencio son imposibles las lenguas con que nos comunicamos porque sin él no hay diálogo, que es la esencia del lenguaje. Sin ninguna duda, aunque la tradición sólo haya tenido en cuenta el sonido a la hora de definir la lengua (“conjunto de formas vocales de expresión”, según María Moliner), lo cierto es que, para ella, tan importante como el sonido es el silencio.
Sin silencio no es posible gozar de una vida plena, porque, sin él, no podríamos llevar a cabo ese ejercicio interno del alma tan importante para el ser humano que es el pensar, el hablar con nosotros mismos, para tomar conciencia de lo que somos, resolver mentalmente problemas personales o colectivos y cumplir con esa función básica de la vida social que es ayudar a nuestro prójimo a resolver las dudas que nos plantea con sus preguntas y requerimientos. En la sociedad moderna, el pensamiento propio ha terminado siendo suplantado por la cháchara insustancial o charlatanería de las tertulias radiofónicas y televisivas y los reality shows, donde lo que predomina es la ocurrencia y el ruido más estéril. No interesa razonar, sino chupar pantalla el mayor tiempo posible con el ruido propio. Por eso, brilla en ellas por su ausencia el silencio para oír al otro.
Y, sin silencio, es imposible gozar de una vida plena, porque, sin él, nos quedaríamos sin ese instrumento genial para honrar a los muertos, mostrar enfado o complicidad con el interlocutor, asentir a lo que este plantea, demostrar al que nos ha ofendido que lo ignoramos olímpicamente, etcétera, que es el callar. “El que calla otorga”, dicen el refranero popular y el derecho español, con toda la razón del mundo, aunque las posibilidades semánticas del callar sean mucho más ricas que el otorgar. Con “silencio administrativo negativo”, se hace la sueca la Administración cuando el ciudadano le solicita algo que resulta incómodo o enojoso para ella. Como escribe el citado Mayorga, “a veces, callando, decimos mucho; a veces callamos hablando mucho”. Así es, sin ninguna duda: también el silencio habla, y hasta puede ser más elocuente que las palabras.
Por todo ello, nos atrevemos nosotros a pedir humildemente a quien corresponda que nos devuelvan el silencio que nos ha quitado la cacharrería electrónica e industrial del día, porque, aunque sea tan adorado por las almas muertas, el ruido es tan dañino que amenaza con acabar con la vida social y hasta biológica (la angustia, la ansiedad y la depresión que provoca matan) de las personas, los animales y hasta las plantas. No se trata de exigir silencio total, como hacen los místicos o los tiranos, ni silencio eterno, que es el de los muertos o los cementerios, sino, simplemente, un silencio racional y piadoso; un silencio que nos permita oír la voz propia y la de nuestros semejantes; encontrarnos con nosotros mismos y proporcionar un poco de descanso al espíritu, tan desasosegado en los tiempos que corren por el pandemonio del mundo actual. Que, cuando viajemos en el transporte público, no tengamos que sufrir a ese prójimo desatento que nos ha caído al lado viendo y oyendo a todo volumen el último vídeo de su rapero favorito o contando por teléfono a voz en cuello a su amigo del alma que se encuentra en la Cochinchina lo ruin que estaban los cornflakes que había tomado en el desayuno. El silencio y la soledad que este implica son tan necesarios para gozar de una vida plena como el sonido y la compañía. Como decía el gran Unamuno en su ensayo sobre la soledad, “sólo en la soledad nos encontramos; y, al encontrarnos, encontramos en nosotros a todos nuestros hermanos en soledad”.
Sobre este blog
Espacio de opinión de Canarias Ahora
0