Fiebre platanífera
Dice la inteligencia artificial que la noticia sobre los peces banana se remonta en el tiempo a la cultura japonesa y son peces que se comportan de forma predecible sin mucha capacidad de adaptación a la realidad cambiante. En el mundo del homo sapiens, su correlato son personas torpes alejadas de cualquier inteligencia.
Pero a la otra inteligencia, la natural, nos remite si queremos, un relato corto de J. D. Salinger: Un día perfecto para el pez plátano. Aquí se lee cómo los peces plátano entran en un agujero en el mar y mueren. Mueren de tanto comer plátanos y tanto engordan que no pueden salir del agujero. La autopsia habla de fiebre platanífera.
Son estos peces que así enferman y así mueren los que semejan a políticos que se encierran en la agrupación local del partido y en lugar de abrir las ventanas para gestionar el aire fresco, cierran la puerta y se quedan dentro. Sin renovación, cada cuatro años su situación les permite redactar las listas electorales de forma que en el grupo de amiguetes no se cansan de comer plátanos en forma de cargos públicos. Esos peces plátano terminan por morir, pero tardan tanto en irse que lo que dejan agónico y sin aliento vital es ese agujero anaeróbico llamado partido político. Esos políticos orgánicos, aventureros e indocumentados no tienen otra cosa en su vida que esa agrupación local y con pretexto de tener el apoyo de un grupo de militantes deterioran la salud de la vida política.
Por tanto, no es extraño afirmar que la actual mediocridad de la práctica democrática trae causa de la forma como esas instituciones de partido delegadas por la constitución como vía de acceso al poder político representan sus intereses que son legítimos pero que no convienen a una sociedad que quiere ganar en el futuro. Esto es así y diciéndolo arriesgo la legitimidad de mi punto de vista. La opacidad del asunto es patente, la cosa es confusa y nos impide disponer de un acceso franco a la realidad por lo que su conocimiento para el gran público es conjetural. La gente no conoce lo que es un partido, si es un centro de debate, sede donde se hacen las listas electorales, un lugar donde se practica el ocultismo, o sucesores del mundo rabínico de Praga.
Los partidos políticos son rehenes de agrupaciones territoriales que con el chantaje de mantener la militancia colocan en la peor de las posiciones a su partido en la sede nacional, a los simpatizantes y a los votantes. Horroriza que un partido político en Valencia pueda mantener un año a Mazón, mentiroso irredento o que el partido socialista de Extremadura proponga como candidato al tal Fajardo, escapista tramposo que se intentó aforar en tiempo récord y de forma obscena. La verdad no habla por sí misma, se hace necesario invitarla a responder.
Chesterton, maestro de la paradoja, formuló este juego de palabras: hay personas que no piensan lo que dicen, aunque a veces dicen algo en lo que están pensando. Otros, a fuerza de pensar realmente lo que dicen, terminan diciendo más de lo que piensan.
Un sujeto que no piensa lo que dice es Sánchez y es también Feijóo, y aquel que solo a veces dice lo que piensa a fuerza de decir mentira es Trump. Hay excepciones en políticos que dicen más de lo que piensan a fuerza de pensar realmente lo que dicen. Pero solo los encuentro en las hemerotecas porque habitan un pasado donde decir la verdad en el plano público era más que una virtud, era un imperativo ético y un derecho del ciudadano que vota. Lo dicho, la vitamina que nos falta se llama verdad.
La verdad que se hace necesaria en el caso del fiscal general del Estado. A veces pienso que estamos ante el caso Dreyfus español a escala de tamaño y tiempo. Entonces, una sentencia injusta contra el acusado judío le partió la cara a la república francesa y decidió la suerte del sionismo. Aquí los judíos entendieron que no tenían otra patria que Palestina. Si cambian judío por socialista todos entenderemos que esta vez necesitamos suerte que no es otra cosa que la verdad.
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