Que otros hablen de Barrionuevo; yo vengo a hablar de Emilio
Toda historia tiene su comienzo y para entender esta hay que retroceder exactamente al año 2017, porque, aunque muchos piensen que todo empezó con una cámara, con un retrato o con el éxito, yo creo sinceramente que comenzó mucho antes, sentados en el Pico Birigoyo espalda con espalda.
Aquella noche un grupo de amigos habíamos quedado para realizar la ruta de Los Volcanes bajo la luna llena. Todo el mundo decía que aquello era una maravilla y quisimos conocerla. Allí estábamos Emilio Barrionuevo y yo, Emilio con una Nikon recién estrenada y yo con una Canon enorme entre las manos; dos cámaras que parecían de auténticos profesionales y de las que realmente solo conocíamos el ON y el OFF. Comenzamos a caminar de madrugada, aún faltaban más de cinco horas para amanecer y ninguno había realizado nunca aquella ruta, ni de noche ni de día. Era nuestra primera experiencia. Tras más de nueve horas de linternas, picón, piedras y de pinos, llegamos a Fuencaliente y acabamos sentados en el bar Centáurea. Nos miramos y comenzamos a reírnos a carcajadas: “Vaya porquería de ruta”. Cogimos la guagua destino Santa Cruz de La Palma y aquel viernes quedó prácticamente olvidado.
Pocos días después descubrimos que el martes siguiente era festivo y decidimos repetir la experiencia, esta vez de día. Habíamos quedado a la una de la tarde, aunque Emilio apareció cerca de las tres, cosa rara, pues la puntualidad nunca ha existido en Emilio. Repetimos parte del recorrido y esta vez sí entendimos aquello que todos contaban. El paisaje nos dejó maravillados. Comenzó a anochecer y acabamos sentados espalda con espalda en el Pico Birigoyo. Y ahí, sin saberlo, comenzó todo. Emilio decidió que quería dedicarse al retrato y yo a la fotografía histórica. Nada hacía sospechar que años después aquel pensamiento acabaría convirtiendo a Emilio en quien es hoy.
Pero no vengo a hablar de Emilio Barrionuevo fotógrafo. Sobre el profesional que escriba otro. Yo vengo a hablar de Emilio amigo, de aquel pibe de quince años al que conocí en el Instituto Alonso Pérez Díaz y con el que forjé una amistad única. Recuerdo perfectamente a Emilio sin barba, delgado, sentado en las escaleras del instituto hablando principalmente de chicas, aunque había un problema: todas las que le gustaban acababan desapareciendo antes de tiempo. Soñábamos a lo grande. Escuchábamos música en mi equipo Casio; Madonna, Modern Talking, Jennifer Rush cantando ‘Si tú eres mi hombre y yo tu mujer...’ o aquellas canciones que en aquella época parecían poner banda sonora a nuestras vidas.
Los sábados eran probablemente nuestros días favoritos. Quedábamos bajo el atrio del Ayuntamiento sobre las cinco de la tarde, recorríamos la Calle Real, mirábamos chicas y terminábamos sentados en el césped comiendo pipas de girasol de la recién inaugurada Carybom. Luego llegaba la noche y el Gorka, nuestra discoteca, la de los de aquí. El Chita era otra historia, más de militares y de mayores decíamos nosotros, aunque terminábamos apareciendo también por allí.
Con el tiempo, como sucede en la vida, los caminos se separaron. Decidí ingresar en el ejército y cada uno siguió el suyo, pero nunca desapareció esa sonrisa cada vez que nos encontrábamos de nuevo y muchas veces ese lugar tenía nombre propio: Menta Limón. Yo hice mi vida y Emilio hizo la suya, pero hay recuerdos que uno nunca olvida. Recuerdo a su padre, aquel joyero que llegaba cada día a casa en un Volkswagen Escarabajo amarillo impecable, y recuerdo a su madre diciendo siempre aquella frase cuando íbamos a recogerlo: “Ojito con lo que se hace”. Hoy descansa frente a las costas de su ciudad natal.
Y pasan los años y uno se da cuenta de que hay personas que apenas cambian en lo importante. Emilio fue desde siempre honesto, sencillo y cercano, con una sonrisa que lo ha acompañado toda la vida. Podría contar anécdotas para tres publicaciones, pero el Emilio que yo conozco es el del abrazo, el del cariño, el de ser fiel a quienes le son fieles. Y quizás lo más bonito de todo es que hoy, siendo quien es, sigue siendo exactamente igual. ¿Cómo no querer a alguien así a tu lado? Y aprovecho tus diez minutos de gloria para decirte que “esa barba te queda como una hipoteca a un estudiante”.
Prometí a Emilio no enviarle esta historia hasta verla publicada y creo que he cumplido mi palabra. Y si estás leyendo esto ahora, Emilio, haz una cosa antes de terminar: pon de fondo aquella música que tanto nos enganchaba. Estoy seguro de que, aunque hayan pasado los años, durante unos minutos volveremos a sentarnos juntos en aquellas escaleras del instituto, bajo el atrio del Ayuntamiento o en el césped, creyendo todavía que la vida apenas acababa de empezar.
Y esta historia cercana también espero que llegue allí donde Sandra esté y pueda leerla, porque sinceramente creo que ella hizo de ti gran parte de lo que eres hoy y también hizo de nosotros una amistad todavía más sincera. In Memoriam.
“Y cuando en algún futuro volvamos a estar todos juntos, allí donde sea, prometo seguir contando historias. Total, tendremos toda una eternidad por delante”.
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