El PIO
El Plan Insular de Ordenación de Gran Canaria (PIO) derrapó. Cada isla canaria es peculiar y por ello cuando se trata de planificar cada isla tiene su PIO. Y eso es lo que nos ocupa, diseccionar las distintas formas de planificar. Ese plan se empezó a tramitar para adaptarse a una ley y tanto tardó esa tramitación que cuando se aprobó el plan la ley ya había cambiado y eliminada por sustitución. Dicho en corto, el plan se quedó colgado de la brocha. Una forma especial de ganar la caducidad.
El primer sentimiento es de lástima por un esfuerzo técnico brillante que cae dilapidado. Pero el documento que decae atiende a ese designio que dice que, escribir es un acto finito y leer puede ser un acto infinito. Porque si leemos todo el PIO nos salen agujetas y ni en la mirada más cómplice se atisba un liderazgo que en democracia nunca tuvo Gran Canaria. Porque el PIO no describe el alma que tiene la isla si pensamos el alma como el cruce de la vida de nuestra gente con la memoria colectiva.
Tenemos una naturaleza única y una herencia nuestra e irrepetible que tenemos que valorar y para ello alguien tiene que pedir la palabra para que el liderazgo ofrezca sus propuestas y sus soluciones. Siempre entendí que el gobierno del territorio es como el mundo de lo penal, cosa de intervención mínima y que tiene por objetivo hacer que el ciudadano se porte con su territorio como se le exige en el Derecho Civil, como un diligente padre de familia.
Por ello siempre creí que las leyes del territorio deben ser pocas y de fácil comprensión y que debían de atender el deseo del Sr de Montaigne y no tratar de imponer con leyes lo que se puede conseguir con la costumbre. Ese PIO que derrapó se eterniza en un pliego de condiciones que entiende sobre todo de prohibiciones siendo así que ese laberinto de dificultades produce una amarga decepción mientras que un manual de instrucciones breve, ya lo dijo el sabio, la brevedad es el atributo del genio, conduciría al optimismo y a la ilusión. Ese PIO hace bueno el aserto de Napoleón: redacte usted tantos reglamentos como sean necesarios para que el soldado no sepa porque lo hemos ahorcado.
El Plan Insular debe gobernar su territorio como un catecismo laico, pero diciendo más cosas que hemos de hacer y menos de lo que está prohibido, una suerte de religión para nuestro comportamiento con la isla y ya es sabido que la religión vale lo que vale la calidad moral que implanta. Si nos despistamos entramos en la habitación 101, de Orwell en 1984. Un sitio para la tortura y con el método individualizado más indeseable.
Y todo lo anterior vale poco sin un ejemplo. Pongamos varios entre al menos cien. En la playa de La Laja es seguro que vamos a saber que no podemos hacer, pero lo cierto es que anhelamos lo que no dice, queremos saber cómo va a ser la puerta de entrada de la ciudad. O en El Confital, la puerta del fondo. O en la Aldea, la esquina de la isla. O en noventa y siete sitios más. O cómo potenciar el mundo agrícola y el paisaje rural con incentivos y no con deprivaciones.
Anatole France leía y decía, la vida es demasiado corta y Proust, demasiado larga. Pues eso nos pasa a nosotros.
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