Hipótesis de trabajo
Esta vez hablamos del Gobierno, y ustedes, queridos lectores, se preguntarán: “¿De nuevo?”. Sí, de nuevo nos acercamos al Gobierno. Y lo hago porque toca, o mejor expresado aún, porque esta es la elección periodística, agarrada a la actualidad, al presente de las islas, aunque no sin dosis o efectos en el futuro inmediato, en la estela que siempre deja.
Estuve a punto de dedicar esta sección a otras cuestiones, también del Gobierno, ¡cómo no!, pero una señal secreta me indujo a eludir tal opción (hice caso al que me tendió esta maldita trampa).
Les cuento… Yo quería exponer algo mucho más aburrido, lleno de números y cifras que hablan de desastre en la gestión de lo público, pero no… Eso quedó en nada, abortado, como algunos aterrizajes de vuelos desviados a destinos más seguros.
Al final, influido por el que me puso la trampa, he optado por desarrollar una hipótesis (es solo una hipótesis, no se vayan a creer otra cosa) acerca de cuántas consejerías puede contener o contiene la aparentemente única Consejería: si solo una conducida o controlada por el consejero visible (o sea, una y solo una, nada más que una) o si, en cambio, hay o son al menos dos, por lo menos en la práctica.
Y me refiero en mi hipótesis, ya ustedes se pueden imaginar, a la existencia verdadera de aquélla, la aparentemente única, con quizá otra medio escondida en su interior, cada vez más perceptible en sus acciones y cada vez, ¡ojo, que es solo lo que parece!, menos bajo el control del propio consejero. Por lo tanto, me pregunto: ¿hay también una consejera en la aparentemente única Consejería? That is the question. Este es el núcleo, el punto de partida de mi hipótesis.
La respuesta a ese postulado inicial, si uno se atiene a los hechos, es, con aparente bajo riesgo de equivocación, la segunda idea de las antes desarrolladas, a saber: en la Consejería hay una consejería dentro de otra, y esta otra es la consejería que mira, acapara y gestiona con verdadera pasión los enfoques de un partido exclusivo y único en relación con La Palma, principalmente, es obvio, en todo lo relacionado con el posvolcán y sus dineros públicos, en lo que poco importa el guion del consejero, que no lo tiene o bien se lo han hurtado. De esta tarea, se puede concluir, ha sido reemplazado casi al completo.
Si esta hipótesis fuera la correcta, la que decide en esa nueva consejería, la que también nació con el volcán, es la nueva consejera; él, solo y prácticamente el que firma. Esta consejería ficticia y muy palmera es, recordemos, la que gestiona políticamente la dos veces consejera.
Pero todo no se queda ahí, que es bastante más complejo… En efecto, la nueva consejera de la Consejería para los asuntos posvolcán en la isla de La Palma, la que no está de verdad en la Consejería, utiliza como enviado especial en ese emplazamiento real a un director general de carne y hueso, justo el que reconoce en chats de disparo fácil que para tal función aterrizó allí o que ese es su papel central. El anterior no les servía para esas atribuciones. El nuevo, aunque ya no tanto, tiene el encargo de informar, pero sobre todo de asegurar que lo que ordena la nueva consejera se hace tal cual.
Ese director general, que todo hay que decirlo, fue el elegido por la dos veces consejera y jefa política para sustituir a su antecesor, el que no estaba por la labor de practicar el sí, bwana. En la política, y esto dicho de manera general, siempre debe haber uno, el superior, que, sepa de algo o no sepa de nada, ordene con mano de hierro. Luego, está el de abajo, el receptor de mandados, el que hace sin rechistar; o sea, el director general de verdad.
Si te debes a la justicia política y al interés general, pues igual van y te echan: no sirves para estar en este tinglado de chochos y moscas. Eso le dijeron de aquella manera al antecesor del director general de verdad. Y si además, por un casual, crees que no te debes ir o te pones remolón, pues van y te sacan sin consuelo para colocar al que ni muje. Así mismo es. Eso sí, antes te suelen ofrecer otro echadero igual o equivalente, para cerrar mejor la crisis y por si eres débil y caes en esa trampa tan poco original.
Siguiendo la misma hipótesis de trabajo, ese artilugio político o telaraña organizativa se instala en la Consejería, la misma que contiene dos consejerías, y luego se ramifica y coloniza el territorio o el espacio objeto de control, los malpaíses, con otras tantas herramientas, con otras patas entregadas a la causa.
Estos añadidos o anexos, claves, muy esenciales, son las administraciones públicas más cercanas, mejor si de la misma cuerda; los partidos de siempre; los agentes económicos y sociales de toda la vida (con fortaleza de los jefes de la fruta y dos opepés nativas), y alguna que otra organización autodenominada independiente y verdadera, creada de la nada para al menos bendecir las ocurrencias de la consejera y jefa política.
La entidad novísima la paren algunos de los mismos glotones que están en todos lados, apegada a lo que toca, a la corriente política dominante, y la convierten al instante en un escondrijo de pura apariencia, en la más representativa, algo que no es ni por asomo. Esto, es verdad, no lo tenían. Les faltaba. Pues ya está: ¡bingo!
Así ya se puede hablar, lo que importa, de políticas que cuentan con el máximo consenso, a lo que contribuye el copio y pego de una ristra de medios, bien o mal pagados. A los apartados, los críticos, los no escuchados, los descontentos de siempre, rojos y maleantes, tengan mejores o peores razones, ellos dirían, les queda, que para eso “vivimos en democracia”, barata argucia, acudir a los tribunales, por si no lo ven claro y solo si los actores principales se equivocaran de forma flagrante.
También se suele indicar que este privilegio, el de mandar en las instituciones públicas, nace en las urnas, que es justo por lo que a veces nacen otros partidos. Curiosamente, el volcán también ha dado otro. Habrá que ver.
Yo, les dije arriba del todo, quería hablar del Gobierno, pero al final me he dado cuenta que, en efecto, hablando del Gobierno, incluso más de la cuenta, no lo he hecho, en cambio, de la parte del Gobierno que inicialmente había elegido. Todo ha sido por caer en la maldita trampa. Otra vez será, y seguro que lo haré con ganas.
Siento mucho no haber seguido el camino digamos originario. No sé bien cómo pude meterme en esta telaraña de dos consejerías en la Consejería, con un consejero visible, el que firma, una consejera ficticia y jefa política, y un ejecutor, informador y hasta notario con tachable pasado pero magnífico quehacer de enviado especial y director general de verdad.
Recuerden: esto solo es una hipótesis de trabajo.
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