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Análisis

'Genocidio reproductivo': cómo trata Israel de aniquilar el futuro de la población de Gaza

Una mujer visita la tumba de sus seres queridos en un cementerio de Ciudad de Gaza, el 20 de marzo de 2026.

Pamela Urrutia Arestizábal

30 de marzo de 2026 22:07 h

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Las violencias del genocidio han atravesado las vidas de palestinos y palestinas de manera desgarradora. En el caso de las mujeres y las niñas palestinas, en particular, experiencias como la menstruación, el embarazo o el parto se han convertido en una auténtica pesadilla. Miles de mujeres palestinas se han visto forzadas a parir en condiciones extremas, sin acceso a cuidado pre o postnatal, en un escenario de devastación y falta de los insumos más básicos.

Todos los datos que dibujan la realidad de la salud sexual y reproductiva de las palestinas en tiempos de genocidio resultan abrumadores: aumento de los abortos espontáneos en hasta un 300%, casos de cesáreas sin anestesia o post mortem, incremento en las tasas de mortalidad en el parto de mujeres y sus bebés por condiciones prevenibles –como preeclampsia o diabetes–, histerectomías (intervenciones quirúrgicas para la extracción del útero) por falta de acceso a medicamentos para tratar infecciones, desnutrición, deshidratación y anemia que, entre otras cosas, impiden la lactancia.

A esto se suman las consecuencias derivadas de la falta de acceso a agua y a productos de higiene básicos –incluyendo los de higiene menstrual– en un contexto de bloqueo, desplazamientos sucesivos, hacinamiento y precariedad. Mujeres y adolescentes palestinas se han visto obligadas a improvisar compresas de ropa o con tela de tiendas, exponiéndose a un sinnúmero de enfermedades. “A veces necesito compresas y jabón mucho más de lo que necesito comida”, resumía una joven gazatí.

'Reprocidio'

Estos impactos no han sido una consecuencia más de la ofensiva israelí, ni un daño colateral. Investigaciones de expertos de Naciones Unidas, entidades feministas y académicas palestinas y, más recientemente, también ONG israelíes han denunciado la utilización sistemática y deliberada de la violencia reproductiva en el marco del genocidio. Una violencia que se caracteriza por afectar la capacidad de reproducción física y social de la población palestina. Para enfatizar el uso de este tipo de violencia se ha recurrido al término de “genocidio reproductivo” o al concepto “reprocidio”, como plantea la académica gazatí Hala Shoman, subrayando que lo que hay detrás es una estrategia deliberada para eliminar el presente y el futuro de una comunidad, a través de violencia directa y estructural, con efectos inmediatos y a largo plazo.

“Mientras el genocidio extingue las vidas de las personas que existen, el ‘reprocidio’ se asegura de que muchas vidas potenciales no existan nunca”, subraya Shoman. Esta violencia conecta así con las políticas y lógicas de la colonización, ocupación y apartheid impuestos por Israel en Palestina. La violencia reproductiva observada en Gaza se entiende así como una continuación e intensificación de las políticas del colonialismo de asentamiento israelí en su batalla demográfica contra la población palestina.

Aunque la magnitud de esta violencia es inédita en el marco del genocidio, no se trata de una violencia nueva en el contexto palestino, tiene precedentes históricos y tampoco se ha limitado a Gaza. Ejemplo de ello son los impactos del sistema de segregación, control y restricciones de movimiento impuestos por Israel en Cisjordania, que afectan de manera especial a la salud física y mental de las mujeres embarazadas, en especial a medida que se acerca la fecha del parto; o las estrategias de vigilancia de las tasas de natalidad de la población palestina que tiene ciudadanía israelí.

Desde un prisma de justicia reproductiva, se ha insistido también en que las políticas israelíes no solo han comprometido las posibilidades de la población palestina de procrear, sino también las opciones de decidir no tener hijos –por ejemplo, por la falta de anticonceptivos– y las posibilidades de una crianza en un entorno seguro y digno

En el contexto de genocidio en Gaza se han documentado ataques a infraestructuras sanitarias que han afectado a centros de salud materno-infantil y han comprometido el acceso a atención de salud sexual y reproductiva que necesitan más de medio millón de mujeres y niñas palestinas en edad fértil. A pesar de la reducción relativa de la violencia desde el alto el fuego de octubre de 2025, OCHA advertía este mes de la precaria situación que continuaban afrontando decenas de miles de mujeres embarazadas de la Franja.

Las crecientes restricciones impuestas por Israel al trabajo de organizaciones humanitarias en Gaza amenaza la labor de entidades como Médicos Sin Fronteras, que viene desarrollando un papel clave, en especial en la asistencia a los partos en la Franja.

Las reflexiones en torno a la violencia reproductiva han puesto el foco en el ataque israelí que en diciembre de 2023 afectó al principal centro de fertilidad asistida de Gaza. Más de 4.000 embriones –la última oportunidad para concebir para muchas familias– fueron destruidos en el bombardeo contra la clínica Al Basma, un episodio que ha reforzado las acusaciones contra Israel por “imponer medidas tendientes a prevenir los nacimientos de un grupo”, uno de los cinco crímenes contemplados en la Convención contra el Genocidio.

Una mujer llora la pérdida de un ser querido en un campo de desplazados de Gaza.

Desde un prisma de justicia reproductiva, se ha insistido también en que las políticas israelíes no solo han comprometido las posibilidades de la población palestina de procrear, sino también las opciones de decidir no tener hijos –por ejemplo, por la falta de anticonceptivos– y las posibilidades de una crianza en un entorno seguro y digno.

La campaña israelí ha arrasado con recursos vitales para sostener la vida y ha expuesto a la población a una lucha diaria por la supervivencia. Los duelos inconclusos, la incertidumbre diaria sobre si podrán proteger o alimentar a sus hijos e hijas y la frustración por la incapacidad de ofrecerles un horizonte de seguridad y esperanza, la carga de cuidados –incluyendo miles de niños y niñas mutilados–explican en parte los cuadros de depresión, ansiedad y otros problemas de salud mental, en una población palestina afectada por un trauma duradero, repetitivo, colectivo y transgeneracional.

Fracturar y subyugar

Los retos parecen difíciles de dimensionar cuando las heridas son tan profundas, cuando se estima que la práctica totalidad de los niños y niñas de Gaza requiere atención psicológica, cuando la infancia palestina implica vivir con una sensación de muerte inminente.

El marco de la violencia reproductiva también obliga a atender las consecuencias físicas y psicológicas, a corto y medio plazo, de la violencia sexual. Su uso también ha sido documentado y denunciado en el marco del genocidio, entre otras voces por una comisión internacional de investigación independiente de la ONU, que ha alertado sobre su incremento e intencionalidad: fracturar y subyugar al conjunto de la población palestina.

Hay evidencias que indican que la violencia sexual se ha ejercido con el aliento implícito o explícito de autoridades civiles y militares israelíes

La violencia sexual y de género ha sido utilizada como forma de castigo e intimidación colectiva y ha afectado en particular a prisioneras y prisioneros palestinos, objeto de abusos y violaciones registrados en vídeos y fotografías difundidos en redes sociales. La violencia sexual como mecanismo de tortura también ha sido denunciada en el último informe de la relatora especial de la ONU para Palestina, Francesca Albanese, quien ha exigido responsabilidades a altos cargos del Gobierno israelí.

Hay evidencias que indican que la violencia sexual se ha ejercido con el aliento implícito o explícito de autoridades civiles y militares israelíes. Las fuerzas israelíes también han explotado los códigos de género con el propósito de humillar a las mujeres y adolescentes palestinas durante sus incursiones y registros, por ejemplo, obligándolas a exponerse en ropa interior frente a su comunidad a sabiendas de que, por el contexto social y religioso, estas prácticas son especialmente degradantes para las mujeres; y conscientes, también, de que muchas palestinas serán reacias a denunciar abusos de carácter sexual por vergüenza, temor a respuestas negativas o a ser culpabilizadas.

Desde una mirada de género también cabe atender otras violencias invisibilizadas en el contexto de genocidio. Entre ellas, el aún infradocumentado incremento de los matrimonios de menores palestinas –principalmente en Gaza, pero también en Cisjordania–. Organizaciones feministas palestinas que vienen trabajando desde hace años en tareas de sensibilización e incidencia para erradicar esta práctica de la sociedad palestina han alertado sobre el aumento de los matrimonios precoces como una estrategia negativa de afrontamiento y que responde, en parte, a la preocupación por cuestiones de “honor”. Las dificultades económicas, el hacinamiento y la convivencia de jóvenes de ambos sexos en espacios reducidos y las complejas perspectivas de educación –en parte por la masiva destrucción de escuelas y universidades y el uso de instalaciones educativas como refugio, en el caso de Gaza– han aumentado las presiones sociales para que menores palestinas contraigan matrimonio antes de los 18 años.

En un escenario de supervivencia, a muchas niñas palestinas se les presenta esta opción como una vía para conseguir seguridad y estabilidad. Muchas adolescentes palestinas se asoman con pavor a esta posibilidad ante los riesgos asociados a embarazos tempranos y las reticencias a abandonar sus proyectos y aspiraciones. Otra forma más de violencia que trunca futuros y mina los cuerpos de las mujeres y las niñas palestinas. Violencias que no pueden ni deben ser silenciadas ni normalizadas.

Pamela Urrutia Arestizábal es investigadora de la Escola de Cultura de Pau de la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB).

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