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Mali: el núcleo central del Sahel no puede derrumbarse

OPINIÓN JOSÉ SEGURA.

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Les prometimos en el artículo de la semana pasada que intentaríamos poner orden a la información para tratar de explicar, lo más didácticamente posible, qué está pasando en Mali y por qué expertos y gobiernos de todo el mundo califican el momento actual como el más grave y peligroso vivido por el Sahel desde 2012.  

Vayamos por partes, primero para que entiendan el valor geopolítico de lo que está sucediendo: Mali es un país inmenso, con 1.250.000 kilómetros cuadrados de extensión, dos veces y medio el tamaño de España, un puente geopolítico vital entre el Magreb (norte de África) y el África subsahariana. Es un país que comparte fronteras con siete países africanos (suman cerca de 7.900 kilómetros de fronteras terrestres), tan importante y valioso por lo que contiene (muy rico en oro, por ejemplo), como por lo que su vasto y extenso territorio deja fluir y pasar (desde narcotráfico a tráfico de personas), así que cualquier vacío de poder en su territorio se desborda inmediatamente hacia sus vecinos.  

Si Mali deja de funcionar como Estado, este territorio corre el peligro de convertirse en un santuario permanente para grupos que no solo buscan controlar el Sahel, sino proyectar su influencia hacia el Mediterráneo y el Golfo de Guinea. Es, pues, un espacio clave.  

En la madrugada del pasado sábado 25 de abril, Mali sufrió una violenta ofensiva, una serie de ataques coordinados sin precedentes en el país. Grupos armados, unidos en lo que algunos expertos llamaron inicialmente una alianza ‘contra natura’, lanzaron ataques simultáneos en las ciudades más importantes del país usando tácticas modernas, que incluían drones y hasta el estallido de un coche bomba conducido (según diversas informaciones) por un joven kamikaze. 

El ataque se reivindicó formalmente (y por eso lo de contra natura) por una alianza compuesta por el FLA (Frente de Liberación del Azawad, los independentistas tuaregs del norte del país) y los yihadistas vinculados a Al Qaeda (la rama maliense, llamada Grupo de Apoyo al Islam y los Musulmanes, JNIM, y causante del incremento y agravamiento de la espiral violenta que lleva Mali viviendo en los últimos años). El objetivo fue múltiple: tomar el norte del país, por un lado, y atacar con dureza a la junta militar golpista que desde el año 2020 gobierna en Mali y preside el militar Assimi Goita. 

En la madrugada del sábado 25 de abril, a las 5 de la mañana, una enorme explosión en Kati, una barriada de Bamako muy cercana al aeropuerto internacional y que acoge también el aeropuerto militar, fue sentida por toda la capital maliense. Esa explosión (se habla de media tonelada de explosivo) destruyó la residencia y causó la muerte de Sadio Cámara, el ministro de Defensa, y varios miembros de su familia. 

Cámara no era un ministro más. Se le consideraba pieza fundamental de la Junta Militar que lideraba el país desde el golpe de Estado de 2023 y el verdadero arquitecto de la seguridad maliense, fuertemente vinculada ahora a Rusia y sus mercenarios (antes Wagner, y ahora Africa Corps). 

La ofensiva tuareg-yihadista, pues, no tiene precedentes. Fue una operación masiva y sincronizada que golpeó simultáneamente la capital, Bamako, y ciudades clave del norte y centro del país como Gao, Kidal, Mopti y Sévaré. Algunas de las ciudades tomadas, como Kidal, son fuertemente simbólicas, pues se considera la capital de esa zona, el Azawad, que los tuaregs quieren independizar.  

A la decapitación de parte de la Junta por la muerte de Cámara se le sumó el efecto de que los ataques en las ciudades del norte lograron su objetivo, mientras que el silencio inicial del presidente Assimi Goita solo aumentaba la sensación de vulnerabilidad. Y en los siguientes días, el JNIM prosiguió con su estrategia de estrangular Bamako, tratando de impedir la entrada y salida de mercancías, ahogando sus rutas de suministro. 

Sin duda, uno de los puntos más alarmantes de esta crisis es la formalización de esta unión táctica tuareg-yihadista, porque sobre el papel no tiene mucho sentido unir los intereses de unos tuaregs que buscan independizar el norte del país para crear un estado laico con unos yihadistas que buscan imponer la sharia (la aplicación más dura y restrictiva de la ley religiosa islámica) en todo el país y, si es posible, en todo el Sahel.  

Sin embargo, el rechazo compartido tanto a la junta militar como a los mercenarios rusos ha favorecido una estrategia de pinza que los ha acercado. Esta coordinación ha permitido a los insurgentes intercambiar recursos y sumar combatientes, mientras el Estado se ve obligado a dispersar sus fuerzas para responder a múltiples frentes simultáneamente. 

A medida que han avanzado los días, y en lo que en estos momentos es una calma tensa, la posición que en los últimos años había otorgado cierta entidad al FLA, los tuaregs del norte de Mali (representatividad política incluso) ha quedado muy debilitada. Al aliarse con Al-Qaeda, el FLA corre el riesgo de perder cualquier rastro de legitimidad internacional y ser visto simplemente como una rama más del terrorismo yihadista. Aunque intenta presentarse como una “fuerza republicana” que lucha por su territorio, su dependencia operativa de los yihadistas vista en batallas como la de Kidal (que logró expulsar al Ejército maliense y las fuerzas rusas de la antigua base de la MINUSMA, la misión de Naciones Unidas en Mali) sugiere que los yihadistas son actualmente la fuerza dominante en esta relación. Los analistas advierten que esta alianza difícilmente sobrevivirá a una eventual victoria, ya que el JNIM no tolerará un estado laico en su frontera.  

Geopolíticamente el momento es de una complejidad enorme: La junta militar expulsó a las tropas francesas en 2022 bajo la promesa de que Rusia sería un socio más eficaz y respetuoso con su soberanía. El gran reproche que los golpistas malienses hacían a los franceses era que, incapaces de solucionar la inseguridad causada por la actividad de los yihadistas, habían sido permisivos con los tuaregs del norte y hasta en cierta manera, no cuestionado el principio de unidad de todo el territorio maliense.  

La realidad de la presencia rusa, sin embargo, es algo desoladora. El Africa Corps (sucesor ‘público’ de los mercenarios de Wagner) ha demostrado más ser un cuerpo de protección al régimen que una fuerza de ocupación capaz de librar una guerra. La retirada rusa de Kidal, cuya recuperación en su día fue vendida por la junta como el trofeo que demostraba que Mali era capaz de tirar adelante sin la ayuda de Occidente, ha sido calificada como una humillación histórica que pone en duda la credibilidad de Putin en el continente africano.  

Es muy importante que Europa y la misma África entiendan la importancia de lo que estamos viviendo: Mali es el núcleo central que protege la estabilidad de una región entera. Y este centro no puede hundirse, por mucho que llevemos años viendo cómo se iba resquebrajando. Si permitimos que el Estado se desmorone por completo, el vacío corre el riesgo de ser llenado por un caos yihadista que exportará violencia y miseria, con consecuencias sin duda muy negativas para todos: desde los tráficos a las migraciones, nos pueden afectar de múltiples maneras. Y si cae Mali, a Mali le siguen Niger y Burkina Faso, y a ellos los países del Golfo de Guinea que ya han visto incrementar la inseguridad en sus regiones fronterizas con el Sahel, como Costa de Marfil, Ghana, Benin o Togo, en la aspiración de los yihadistas de lograr y afianzar una salida al mar.  

Europa y España deben entender que la respuesta a lo que sucede en Mali no puede ser solo militar o securitaria: ya hemos visto por experiencia que eso no funciona. Se requiere una reconciliación nacional real y un compromiso con el desarrollo social y político del país y la región que se han ignorado durante décadas. Y lo he escrito en innumerables ocasiones: la seguridad de España y Europa dependen de la seguridad del Sahel. Ojalá el mundo, que parece que en estos momentos solo esté preocupado por Trump, Putin y el Estrecho de Ormuz, entienda que en el Sahel su epicentro está a punto de derrumbarse.

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