Espacio de opinión de Canarias Ahora
Una nueva Estrategia de Seguridad Nacional para el 2026
Hace pocas semanas, a principios del mes de diciembre de 2025, se hizo pública la nueva Estrategia de Seguridad Nacional del Gobierno de los Estados Unidos. En ella se anticipaba lo que pudimos ver pocas semanas más tarde en Venezuela: Washington ha dicho que a partir de ahora el continente americano debe estar bajo su control.
Lo llaman la Doctrina Monroe (Ahora rebautizada por el propio presidente por Doctrina Donroe, por el Donald que la inspira), la que entiende que lo mejor es repartirse el mundo y dejar claras las esferas de influencia: América para los Estados Unidos, Asia para China... y no quiero ni pensar que conciban que Europa se tenga que espabilar sola ante el sueño expansionista de Putin.
Por lo pronto, la Estrategia estadounidense está cambiando su relación con Europa: el propio Trump ha hablado de competencia económica y por escrito sostiene que solo le interesan los países con gobiernos de tendencia de lo que ellos llaman ‘patriota’, es decir, de extrema derecha, y que trabajarán en ayudar a que este tipo de partidos alcance el poder en el mayor número de países posible.
En esa Estrategia, para Trump y sus acólitos, Europa es “una civilización en riesgo” que debe ser rescatada de su propia deriva demográfica, pero especialmente migratoria y regulatoria. Washington nos dice que ya no están aquí para ser los garantes de la seguridad europea, y cuestionan abiertamente a la estructura comunitaria porque “drena la soberanía” y asfixia a los países con excesivas regulaciones. Los americanos, pues, prefieren relacionarse en Europa con lo que ellos consideran “países sanos” (la Hungría de Orban, la Italia de Meloni... o en definitiva los que ya estaban o han virado hacia la extrema derecha).
El movimiento de Trump, que lidera la mayor potencia militar del mundo, parece tener como prioridad librarse de la carga de la guerra de Ucrania (cuya solución quiere dejar en manos europeas) para poder dedicarse a lo que verdaderamente preocupa a los norteamericanos: la competencia con China en el Pacífico.
Como les decía, el ejemplo más claro de que la nueva estrategia no era un órdago fue la captura y extracción de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero, un auténtico un cataclismo geopolítico, y con toda seguridad, el acta de defunción del derecho internacional tal y como lo conocíamos.
Vaya por delante la evidencia de que Maduro no gozaba de mis simpatías, y la liberación de los presos políticos es buena a todos los efectos, pero la decisión unilateral de los Estados Unidos de entrar violentamente, secuestrar a Maduro, primero, y mantener a todo su régimen a cambio del control del petróleo, después, constituyen una barbaridad y un atropello a la legalidad internacional.
En toda esta partida mi queja es que las acciones del presidente norteamericano han abierto la puerta a que cualquiera conciba el mundo como el Lejano Oeste: ningunear a las Naciones Unidas, por un lado, y despreciar a la OTAN a través de la reclamación de Groenlandia son mensajes muy claros, especialmente para nosotros los europeos. Parece que esté diciendo: somos socios, sí, pero si no me dan Groenlandia seremos enemigos. A ver cómo responde ahora la Unión Europea.
La lectura de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense me dejó absolutamente pasmado. El texto dice tanto por lo que cuenta como por lo que omite. Y África prácticamente ni aparece, así que esa omisión es también un mensaje clarísimo: un desinterés profundo en cualquier aspecto del continente que no sean sus riquezas minerales, algo que ya demostró suprimiendo las fundamentales aportaciones que los Estados Unidos hacían en materia de ayuda humanitaria, lo que está teniendo un impacto directo y medible en la salud global.
Solo hay que ver que el intervencionismo norteamericano en África, en estos días, se produce en países con mucho petróleo (Nigeria, bajo la excusa de defender a los cristianos de ataques del Estado Islámico) o geopolíticamente decisivos (Somalia, por el cuerno de África), al tiempo que mantiene el interés en apoyar el corredor de Lobito (Angola) para facilitar una salida a los minerales críticos del Congo, fundamentales para las nuevas tecnologías.
Los africanos, obviamente, se han leído la estrategia norteamericana: ello explica especialmente bien la clamorosa condena (desde la Unión Africana a agrupaciones de países como la CEDEAO) al movimiento norteamericano en Venezuela por constituir una vulneración del derecho internacional. El presidente sudafricano, por ejemplo, afirmó que la decisión norteamericana marca un regreso a la inestabilidad parecido al que hubo antes de las Guerras Mundiales. Si Estados Unidos puede extraer a un presidente en su propia esfera, nada protege a los estados pequeños de la fuerza bruta aplicada de forma unilateral, sin respaldo internacional.
Así que la decisión ratifica lo que los africanos llevan tiempo diciendo: es su momento para poder tener una gran variedad de socios, sin optar por ningún bloque. De ahí el creciente papel de China, pero también la fuerza creciente de Turquía o las monarquías árabes. Diversificación, que se llamaría en términos económicos.
Pero lo que también me ha hecho rememorar la lectura de la Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense es que España tiene una Ley de Seguridad Nacional y que ésta debe adaptarse a los cambios geopolíticos que con tanta velocidad hoy en día se suceden. El recuerdo me ha llevado a las sesiones de trabajo durante la X Legislatura (2011‑2015), cuando se debatía la Ley de Seguridad Nacional.
En aquel proceso éramos ponentes del proyecto de Ley por el grupo socialista José Enrique Serrano y yo, en un momento en el que gobernaba el PP y, por lo tanto, los socialistas estábamos en minoría en el Congreso. Los trabajos culminaron en la Ley 36/2015, que define la Seguridad Nacional como una política pública dirigida por el presidente del Gobierno, con participación de todas las administraciones y de la sociedad.
Esa Ley establecía que la Estrategia de Seguridad Nacional actúa como marco político‑estratégico y debe incluir aspectos como el análisis del entorno, los riesgos que afectan a España, las líneas de acción y la optimización de recursos.
Obviamente, la propia ley contempla la necesidad de análisis y elaboración de estrategias de Seguridad Nacional que ésta se deba seguir actualizando en función de los cambios que se produzcan en el mundo, y el Gobierno de España ha seguido esa línea de actualización. Lo hizo, por ejemplo, tras la pandemia de COVID‑19, con una renovación publicada el 31 de diciembre de 2021.
Hoy, ante acontecimientos como Gaza, Ucrania, las tensiones en la OTAN o la retirada de Estados Unidos de organismos internacionales, es lógico pensar en una nueva adaptación. El cambio geopolítico es profundo y España debe tener muy claro cuáles son las reglas del juego cuando, como ocurre ahora con este ninguneo a la legalidad internacional, uno de los jugadores considera que no necesita ningún árbitro.
Porque en un mundo que se divide aceleradamente en bloques, España debe utilizar la Ley de Seguridad Nacional como el instrumento legal clave para proteger sus intereses y reafirmar su posición global. El orden internacional era un mapa con rutas claras y patrulladas, y hoy, ese mapa nos está ardiendo en las manos. Mientras las grandes potencias intentan cercar sus propios jardines, España debe asegurarse de que su brújula —la Ley de Seguridad Nacional— esté calibrada para navegar en una tormenta en la que, por cierto, África jugará un papel decisivo.
En consecuencia, es deseable la adaptación de la Estrategia de Seguridad Nacional que tenga en cuenta las nuevas circunstancias que se van definiendo.
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