Desinformación e inmigración
Durante esta semana, en Casa África hemos vuelto a comprobar algo que, cuanto más lo estudiamos, más evidente se vuelve: la necesidad de educar en pensamiento crítico nunca ha sido tan urgente. Del 23 al 27 de febrero hemos impartido en Gran Canaria y Tenerife nuestras VI Jornadas de Sensibilización sobre Discurso de Odio y Xenofobia en Redes Sociales, una iniciativa que nació con una vocación muy clara: proteger la convivencia frente a los discursos falsos que criminalizan a las personas migrantes. Lo hemos hecho desde las aulas de los institutos, las universidades y con diversas organizaciones sociales, porque sabemos que la lucha contra los bulos no puede limitarse a un único ámbito. Es una responsabilidad compartida.
Más de 200 estudiantes de Secundaria han participado en talleres impartidos por el periodista Guillermo Infantes, especialista en lucha contra la desinformación en un medio especializado, Newtral. Con ellos hemos trabajado dos preguntas que deberían acompañarnos a todos cada vez que abrimos el móvil: Una, ¿cómo sabes que eso es cierto? Y dos, ¿qué crees que persigue este mensaje? Este sencillo ejercicio es, en realidad, una herramienta poderosísima. Nos permite detener la impulsividad con la que solemos compartir contenidos en las redes sociales y activar una mirada más consciente sobre lo que consumimos.
Lo que han hecho estos jóvenes es interiorizar cómo funciona la llamada viralidad emocional, ese mecanismo que hace que un bulo diseñado para provocar miedo, indignación o alarma circule hasta ocho veces más rápido que la información verificada. En pocos minutos, un mensaje falso puede recorrer miles de pantallas, mientras que la verdad avanza a un ritmo mucho más lento porque necesita contexto, pruebas y verificación.
Durante esta semana, y al igual que en las tres ediciones anteriores, hemos ampliado nuestro enfoque y llevado los talleres no solo a jóvenes, sino también a docentes y estudiantes de formación del profesorado de las dos universidades canarias, futuros periodistas, profesionales de ONG e instituciones relacionadas con la migración, así como a los socios de los proyectos europeos SeimLab y Compass. Estos proyectos, financiados por fondos Interreg MAC, cuentan con la participación de Casa África como entidad líder en el caso de Compass.
Entendemos que todos ellos constituyen un tejido esencial en la cadena de transmisión de información. Quien educa, atiende, acompaña o comunica tiene en sus manos una enorme responsabilidad y, al mismo tiempo, una capacidad extraordinaria para frenar los discursos de odio antes de que se instalen en la vida pública. Las jornadas han permitido que estos colectivos conozcan herramientas de verificación, aprendan a usarlas y aprendan cómo enseñarlas a gente joven y comprendan los patrones que siguen los contenidos falsos sobre migración.
Este trabajo pedagógico es más necesario que nunca si atendemos a lo que está ocurriendo en nuestro entorno. En la última década, y según datos del Ministerio del Interior, España ha registrado un aumento del 67% en los delitos de odio, una cifra que, por sí sola, ya debería obligarnos a actuar. Pero el dato más preocupante es el ascenso del 166% en los incidentes de carácter racista y xenófobo, lo que evidencia que determinados prejuicios están encontrando nuevas vías para expresarse y expandirse. La desinformación opera como un acelerante para proceso: inunda el debate público con narrativas hostiles que buscan dividir, polarizar y debilitar los cimientos de la cohesión social. Donde no había conflicto, introduce sospecha; donde existía convivencia, siembra desconfianza.
Este fenómeno afecta con especial intensidad a las nuevas generaciones, que crecen en un entorno informativo saturado y a menudo desordenado. No es casualidad que el 36% de los detenidos o investigados por delitos de odio en 2024 tuviera menos de 26 años. Los informes de Seguridad Nacional apuntan a que las campañas de desinformación están directamente relacionadas con procesos de radicalización en línea entre los jóvenes, utilizando patrones de difusión similares a los empleados por organizaciones extremistas.
Por eso insistimos tanto en la importancia de crear un hábito crítico desde edades tempranas: enseñar a los estudiantes a detenerse cuando este tipo de mensajes aparecen en sus pantallas, a desconfiar de lo que genera emoción inmediata y comprobar la veracidad antes de compartir. Cada gesto de prudencia digital corta una posible cadena de odio.
Y es precisamente en el ámbito migratorio donde la desinformación despliega mayor capacidad de daño. En cualquier situación de crisis, los bulos encuentran un terreno especialmente fértil. Mientras el periodismo y la ciencia necesitan tiempo para explicar fenómenos complejos, la desinformación se adelanta ofreciéndonos respuestas inmediatas, sencillas y emocionales.
Los contenidos falsos que circulan sobre personas migrantes —exageraciones, manipulaciones o acusaciones sin sustento— están diseñados para activar miedos profundos y reforzar prejuicios ya existentes. Presentan a un grupo humano como una amenaza, aunque los datos demuestren otra cosa. Y lo hacen en momentos de vulnerabilidad emocional, cuando la incertidumbre social facilita que estos relatos penetren con mayor facilidad.
La ausencia de fuentes fiables es otro elemento común. Muchos de estos contenidos llegan sin autor, sin evidencias y en ocasiones hasta con faltas de ortografía que, paradójicamente, no frenan su difusión. Están más que pensados para provocar la reacción visceral, el reenvío urgente impulsado por el enfado.
Durante las jornadas, Infantes también hizo un ejercicio para mostrar las últimas tendencias de la desinformación hoy. Cómo operan algunas de las técnicas más sofisticadas que explican la enorme capacidad de expansión de los bulos, muchas veces orquestados desde campañas profesionalmente organizadas: el micro‑targeting, que adapta los mensajes falsos a las inquietudes de cada usuario; el astroturfing, que fabrica un consenso social inexistente mediante perfiles coordinados; y la llamada jajaganda, que utiliza el humor para desactivar nuestra alerta crítica e introducir mensajes tóxicos a través de memes o bromas. Estas técnicas no solo distorsionan el debate, sino que sustituyen la reflexión por la reacción, creando un ecosistema informativo donde la emoción desplaza al análisis y donde el ruido se impone al rigor.
Canarias no es ajena a este fenómeno. Hemos visto cómo determinados bulos sobre criminalidad o sobre la regularización extraordinaria de personas migrantes en 2026 se difundían con enorme velocidad, generando temores infundados y asentando percepciones que nada tenían que ver con la realidad del Archipiélago. Estos episodios demuestran que la desinformación no es un asunto abstracto ni lejano: afecta directamente a la convivencia, a la cohesión social y a la percepción colectiva sobre la migración, un fenómeno complejo que requiere análisis serios, datos y responsabilidad.
Frente a esta amenaza, nuestra mejor defensa sigue siendo la educación. Educar para pensar, para dudar, para preguntar. Educar para no caer en la trampa de los atajos emocionales. Educar para comprender que convivimos en una sociedad diversa donde la información rigurosa es un pilar de nuestra democracia. El trabajo que realizamos desde Casa África —con jóvenes, docentes, organizaciones sociales, universidades y profesionales— demuestra que no estamos solos en este empeño. Hay una ciudadanía dispuesta a aprender y a asumir un papel activo en la protección de la verdad.
La desinformación no se combate solo desde los despachos ni desde las leyes; se combate desde cada pantalla. Es una batalla personal que ganamos cuando decidimos no compartir algo por la sencilla razón de que, por mucho que pueda indignarnos, no hemos comprobado. Un combate que podemos librar todos y cada uno desde cada conversación en la que aportamos datos frente al rumor, desde cada aula que enseña a mirar el mundo con espíritu crítico. En un momento en el que la velocidad amenaza con devorar el rigor, defender la verdad es, más que nunca, una responsabilidad colectiva.
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