Impacto climático en África
En los últimos dos meses, el mapa de África ha compuesto un mosaico de catástrofes climáticas que desafían cualquier estadística histórica. No es algo ajeno a nuestra realidad, al ser un fenómeno global, pero nuestra proximidad al continente africano hace que nosotros también estemos viviendo unos meses atípico.
Lo hemos vivido en Canarias, donde muchos no recordamos haber empatado tantos días de lluvia seguidos. O en Andalucía, donde unas lluvias de registros históricos han provocado evacuaciones e importantes afecciones en la agricultura. O esta misma semana en Cataluña, donde un viento extraordinario ha forzado la paralización de la vida escolar por prevención y seguridad. Se han ido sucediendo, pues, tormentas de estas que vienen con nombre: Claudia, Emilia, Ingrid, Joseph o hasta esta última que justo empieza a impactar a la península, de nombre Oriana (que coincide con el nombre de mi querida nieta).
Mientras esto sucedía en nuestro país, como les digo, en el continente africano también llevan unos meses de mucha intensidad. La observación diaria de las noticias sobre el continente africano nos ha ido componiendo un mapa del impacto de fenómenos metereológicos al que los expertos, sin ninguna duda, atribuyen un denominador común: el cambio climático.
En Marruecos, para empezar por lo más próximo, las lluvias registradas desde septiembre han triplicado las del año anterior, alcanzando niveles un 35% superiores al promedio anual desde la década de los 90. Este fenómeno excepcional obligó a la evacuación de más de 180.000 personas en las provincias del norte y el oeste, con pueblos enteros como Ouled Ameur viviendo hoy en campamentos de tiendas de campaña mientras sus hogares permanecen bajo el agua. Ayer mismo leímos que el Gobierno marroquí ha declarado “zonas siniestradas” a cuatro provincias y aprobó destinar unos 276 millones de euros para paliar los efectos de estas inclemencias meteorológicas.
Al sur de África, desde finales de diciembre de 2025, una combinación de lluvias persistentes e inundaciones severas ha golpeado a Mozambique, Eswatini, Sudáfrica y Zimbabue, cobrándose la vida de más de 200 personas. En Mozambique, la situación es crítica: más de 75.000 personas se han visto afectadas y se han perdido 105.000 hectáreas de cultivos, lo que agrava una inseguridad alimentaria ya golpeada por la sequía previa.
No podemos olvidar a Madagascar, donde el ciclón tropical Gezani tocó tierra a principios de esta misma semana con ráfagas de hasta 250 km/h, destruyendo el 80% de la ciudad portuaria de Toamasina y dejando hasta el momento 36 fallecidos, más de 370 heridos y se calcula (aún el balance es provisional) más de 18.000 viviendas destruidas. Es el segundo ciclón mortal que sufre la isla en apenas dos semanas. El presidente de Madagascar ha declarado el estado de catástrofe nacional y ha pedido ayuda a los líderes internacionales para esta isla del océano Índico, en su mayoría pobre.
Mientras tanto, en el Cuerno de África, zonas como Mandera en la frontera entre Kenia y Somalia siguen viendo morir a su ganado tras una sequía catastrófica que no da tregua desde mediados del año pasado.
La ciencia no tiene dudas sobre las causas de este escenario. Un trabajo del World Weather Attribution indica que el cambio climático inducido por el hombre es el culpable de que la intensidad de las precipitaciones extremas en todo el sureste de África haya aumentado un 40%. A esto se suma que la influencia del fenómeno de La Niña (el enfriamiento anómalo del Pacífico ecuatorial, alterando los patrones globales de lluvia y temperatura) que ha multiplicado por cinco las probabilidades de lluvias torrenciales.
Además, África se calienta más rápido que el promedio mundial. En el norte del continente, el ritmo de calentamiento es de 0,4 °C por década, el doble que en periodos anteriores. Otro informe científico muy preocupante para el continente africano aborda la ralentización de la Circulación de Vuelco Meridional del Atlántico (AMOC).
Para explicarlo de forma sencilla, la AMOC es como una gigantesca cinta transportadora oceánica que redistribuye el calor y la sal por todo el planeta. Su función habitual es transportar el calor desde los trópicos hacia el Atlántico Norte, ayudando a equilibrar las temperaturas de ambos hemisferios. Sin embargo, este sistema se está frenando debido a la entrada masiva de agua dulce procedente del deshielo de Groenlandia, lo que altera la salinidad y densidad necesarias para que la corriente siga fluyendo con normalidad. Las investigaciones más recientes sugieren que este ritmo de desaceleración es mayor de lo previsto y podría acercarse a un punto de colapso durante este mismo siglo.
Aunque tendemos a pensar que un colapso de las corrientes oceánicas solo afectaría al hemisferio norte, para África las consecuencias serían drásticas pero de signo contrario: si la “cinta transportadora” se detiene, el calor que normalmente viajaría hacia el norte se queda atrapado en el hemisferio sur. Ello implicaría, entre otras cosas, un incremento de varios grados en la temperatura del sur de África, se intensificarían fenómenos extremos como tormentas, lluvias torrenciales y olas de calor persistentes y todo esto, claro, tendría un impacto muy importante en la rica biodiversidad endémica de las regiones del sur del continente, que no está adaptada para cambios tan bruscos de temperatura.
La mayor preocupación en este punto es que la AMOC es actualmente un “punto ciego” en la estrategia científica y la política climática africanas. Mientras los informes internacionales habían calificado históricamente este riesgo como bajo, las evidencias actuales indican que la AMOC podría superar su punto de inflexión mucho antes de lo previsto, en este mismo siglo.
Las proyecciones científicas para los próximos años empiezan a ser un tanto inquietantes. Un estudio publicado este mes que resumió un artículo de The Conversation advierte que, para finales del siglo XXI, la mayoría de las regiones de África sufrirán calor extremo durante casi todo el año. En muchas zonas, se esperan olas de calor de entre 250 y 300 días anuales. En el suroeste del continente, estas olas de calor serán 12 veces más largas y frecuentes, durando en ocasiones más de 40 días seguidos. El uso del suelo, como la deforestación para agricultura, está convirtiendo la tierra en una “trampa de calor”, eliminando el efecto refrigerante de los bosques.
El impacto climático tiene efectos inmediatos, también, en la salud pública: Este caos ambiental tiene una traducción directa en la salud pública. La revista Nature ha publicado un estudio estremecedor: el cambio climático podría causar 532.000 muertes adicionales y 200 millones de nuevos casos de malaria en África para 2050. No es solo que el calor favorezca al mosquito; es que las inundaciones destruyen los hogares que sirven de refugio, interrumpen la distribución de mosquiteras y colapsan los sistemas de salud, aislando a los niños de la atención médica esencial. En Zimbabue, solo en la primera semana de enero, ya se reportaron más de 1.700 casos de malaria y miles de casos de diarrea tras las inundaciones.
Estamos, pues, ante un escenario cruel: África ya está sufriendo de manera contundente los impactos del cambio climático y, parafraseando a la ONU, está pagando “un precio mortal”. A pesar de la evidencia científica inequívoca que respalda la necesidad de medidas urgentes y ambiciosas, nos encontramos en un escenario global de fragmentación, donde el negacionismo climático de algunos líderes mundiales amenaza con bloquear las soluciones necesarias.
Es fácil caer en el desánimo ante la falta de interés por financiar la adaptación climática africana, algo de lo que les he escrito en numerosos artículos previos, pero no actuar no es una opción. La estabilidad de África es la estabilidad de Europa y del mundo, por lo que la comunidad internacional no puede seguir en la vía del cinismo y la indiferencia. La Unión Africana se reúne este mismo fin de semana en su cumbre anual y lleva el cambio climático como uno de sus principales puntos de debate.
La ciencia nos ha dado la alerta temprana; los hechos en Marruecos, Mozambique y Madagascar nos están dando pruebas fehacientes. Solo falta la voluntad política para entender que el clima no entiende de fronteras ni de ideologías, y que el tiempo de África se nos agota a todos.
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