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Salto a la oscuridad

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La idea de la Historia como un ciclo estuvo muy presente en el pensamiento de la Grecia antigua. Por eso es tan necesario aprender de quienes se han dedicado a estudiar las experiencias históricas, especialmente las más dantescas.

La estremecedora sensación que uno tiene, en el aquí y ahora del mundo, es que en una vuelta a la oscuridad del autoritarismo, a los regímenes políticos  a disposición del capitalismo salvaje, a la irracionalidad salvaje… esa vuelta no tenga retorno.

Hay demasiados arsenales de armas destructivas que, en manos de gobernantes incontrolados y sin escrúpulos, podrían acabar varias veces con el planeta azul y con esa plaga en la que nos hemos convertido los seres humanos. Es el resultado, al fin y a la postre, de ese antropocentrismo que nos ha llevado a situar a los mamíferos “sapiens” por encima de la Naturaleza.

Decía el historiador Erick Hobsbawn que cuando -en las postrimerías del XIX y principios del XX- las clases dirigentes de los Estados Occidentales tuvieron que resignarse al establecimiento del sufragio universal y, en consecuencia, a la transformación del Estado Liberal en Estado democrático, su estrategia empezó a centrarse en cómo manipular electoralmente “a las masas” o, como diríamos hoy, a la opinión pública.

Ese “fue el momento en que los gobiernos, los intelectuales y los hombres de negocios descubrieron el significado político de la irracionalidad”. La diferencia consiste en que los medios de manipulación de que disponían los poderosos en los albores del siglo XX eran auténticos juegos de las casitas, en comparación con los que hoy manejan a su antojo.

Surgieron entonces -y en este terreno pocas innovaciones se han producido-  los “argumentos” y los símbolos que pudieran hacer olvidar a las clases plebeyas sus propias aspiraciones y necesidades, a la hora de ejercer el derecho al voto, y empujarlas a alinearse encandiladas detrás de la exaltación de la Nación y sus símbolos y hasta del llamado a la expansión imperialista, sintiéndose superiores a las razas de piel oscura de los territorios sometidos y esperando recoger algunas migajas del botín colonial.

La democracia es un ideal civilizatorio lleno de sentido, pero que sólo ha podido traducirse en la realidad efectiva de las relaciones de convivencia y en la estructura y en el funcionamiento de los Estados en un número muy reducido de países capitalistas “lo bastante fuertes, florecientes económicamente y libres de una polarización o división social” como para no tener que afrontar recurriendo a la violencias los conflictos de intereses, que existen en cualquier clase de sociedad y en cualquier etapa de la Historia. Así ha sido y así sigue siendo.

La democracia está hoy en decadencia y asediada por todas las modalidades del autoritarismo. Las armas de destrucción masiva contra la democracia vuelven a ser, una vez más, la apelación a la irracionalidad individual y colectiva y la utilización a una escala astronómica de todas las técnicas de manipulación de la verdad.

El objetivo: volver a convertir al Estado en una mera herramienta en manos de los ricos, hoy de los megarricos, lo más parecido al “consejo de administración que gobierna los intereses colectivos de la clase burguesa” del que hablaban Marx y Engels antes de que se instaurara el sufragio universal y la democracia en algunos países europeos y occidentales. Y con la única función de establecer y defender la ley de la selva del salvaje capitalismo globalizado.

El poder político, que hoy llamamos Estado, así pierde toda legitimación y vuelve a convertirse en una máquina opresiva e irresistible, en beneficio de unos pocos. Como durante tantos siglos.

Asistimos a un salto a la oscuridad, al establecimiento cada vez más inminente -en un mundo sin fronteras para la circulación de la riqueza, pero lleno de muros y fronteras de odio y de racismo para las personas migrantes- de la dictadura del dinero. Sobre todos los pueblos de la Tierra y con los mismos pretextos y coartadas de siempre. Y con métodos cada vez más eficaces, brutales y genocidas.

La dictadura absoluta del oro al que, allá por 1503, el Almirante de la Mar Océana, en su “Carta desde Jamaica” dirigida a los Reyes calificaba de “excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso”.

Todo esto me da miedo. No miedo por lo que a uno le quede por vivir, sino miedo por lo que un panorama cada vez más tenebroso pueda depararle a la raza humana. Panorama desgarrador que para muchos millones de personas de regiones y guerras olvidadas es pasado remoto y reciente, presente atroz y casi total ausencia de esperanzas. Y del que sólo los más emprendedores y decididos de entre “los condenados de la Tierra” deciden liberarse lanzándose a la aventura de la emigración. ¿Nos suena algo esto a los canarios?

En situaciones como estas también pueden volver a brotar las mejores energías de la Humanidad. Ojalá estemos a tiempo. Nos va todo en ello.

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