La ventana de Overton: cómo lo inaceptable aprende a parecer normal
Algo ha cambiado en el espacio público. No solo en lo que se dice, sino en cómo se recibe. Posiciones que hace una década habrían generado rechazo inmediato circulan hoy con normalidad, se defienden sin aparente coste social y reciben adhesión en redes con una velocidad que desconcierta. La pregunta pertinente no es si esto ocurre -que ocurre- sino qué mecanismos psicológicos lo explican.
Lo que sigue no es un análisis de ninguna tendencia política concreta. Es una reflexión desde la psicología sobre un fenómeno que no entiende de bandos y que conviene entender.
El concepto y lo que describe
Joseph Overton, analista político estadounidense, desarrolló este marco a finales de los años noventa para describir el rango de ideas que, en un momento dado, una sociedad considera aceptables en el debate público. Fuera de esa ventana hay posiciones que existen -que las personas tienen, en privado- pero que conllevarían un coste social elevado si se expresan abiertamente: rechazo, descrédito, vergüenza. Dentro de la ventana, en cambio, las ideas son discutibles, debatibles, incluso defendibles.
Lo que el concepto describe realmente -porque puede ser variable entre culturas o grupos de personas- no es el contenido de la ventana, sino el hecho de que la ventana se desplaza. Y se desplaza a pesar de que no seamos conscientes de que lo está haciendo.
Aplicada a los límites morales de los discursos actuales, la ventana de Overton señala algo que no es nuevo pero que hoy ocurre con una velocidad sin precedentes. No hablamos, necesariamente, de ideas que nadie pensaba antes. Hablamos de lo que la sociedad considera legítimo decir en voz alta —y del coste que tiene hacerlo. Porque este coste ha cambiado.
El mecanismo
El desplazamiento de la ventana sigue un patrón que la psicología social recoge muy bien. Una persona expresa públicamente una posición hasta entonces considerada inadmisible. Si la sanción esperada no llega -o si, al contrario, recibe aprobación- otras personas descubren que también pueden expresarla. La repetición genera familiaridad. Y la familiaridad reduce el impacto emocional. Lo que inicialmente resultaba escandaloso termina siendo una posición más dentro de la conversación.
Este proceso conecta directamente con lo que Albert Bandura, uno de los psicólogos sociales más influyentes del siglo XX, denominó desconexión moral que son los mecanismos mediante los cuales ciertos discursos van perdiendo progresivamente su carácter moralmente reprobable. Bandura identificó varios de ellos. La justificación moral -presentar lo cuestionable como necesario o justo-, el etiquetado eufemístico -llamar de otra manera a lo que antes tenía otro nombre-, la difusión de la responsabilidad -si lo dicen todos, nadie es responsable- y la deshumanización del objeto de discurso. Cada uno opera de forma discreta. Todos contribuyen a que lo antes inaceptable acabe pareciendo, cuando menos, discutible.
A esto se añade un fenómeno igualmente documentado que es la ignorancia pluralista. En situaciones de cambio normativo, muchas personas perciben que la nueva posición dominante es más extendida de lo que realmente es, porque quienes no la comparten tienden a callar. El silencio se interpreta como acuerdo. La espiral de silencio que describió Elisabeth Noelle-Neumann -politóloga alemana que estudió durante décadas cómo la presión social modela la expresión pública de las opiniones- sigue funcionando, décadas después, con una precisión asombrosa.
Las redes como acelerador
Lo que las redes sociales han transformado no es la naturaleza del proceso, sino su rapidez.
Antes, entre una opinión privada y el espacio público existían numerosos filtros: medios, instituciones, reputación profesional, entorno social inmediato. Esos filtros no eran perfectos -nunca lo fueron- pero funcionaban como fricción. Moldeaban el tránsito de lo marginal hacia lo central.
Ahora alguien puede formular una posición extrema, encontrar en minutos miles de personas que la refuercen y obtener así una percepción de consenso que no se corresponde con lo que piensa la mayoría social. La frontera entre “hay algunas personas que piensan esto” y “esto es una posición socialmente legítima” puede desplazarse con una rapidez que ninguna generación anterior había experimentado.
El efecto es grande. Cuando la percepción de lo que es socialmente aceptable cambia más deprisa que la realidad de lo que la mayoría piensa, las personas ajustan su comportamiento a esa percepción —no a esa realidad. Y la ventana se desplaza.
Lo que conviene no confundir
Aquí aparece una confusión que debemos nombrar con contundencia.
El derecho a expresarse no es lo mismo que el derecho a que lo expresado quede libre de valoración moral. Son cosas distintas, aunque se presenten frecuentemente como equivalentes.
Que algo pueda decirse -que entre dentro de lo tolerado por la norma social y lo permitido por la ley- no obliga a los demás a considerarlo razonable, respetable o éticamente equivalente a cualquier otra posición. La libertad de expresión protege el acto de hablar. No garantiza que lo dicho sea moral, ni que quien lo dice quede exento del juicio de quienes escuchan.
Señalar esto no es proponer censura. Es exactamente lo contrario. Reconocer que el espacio público es también un espacio de valoración, y que ésta tiene legitimidad propia. Una sociedad que renuncia a juzgar moralmente el discurso no se vuelve más libre. Se vuelve más confusa.
Lo que el mecanismo nos dice
La ventana de Overton no es una herramienta exclusiva de ningún sector político ni una teoría de conspiración. Es una descripción de cómo funcionamos como especie social. Somos profundamente sensibles a lo que percibimos como norma en nuestro entorno, y ajustamos nuestras expresiones -y con el tiempo, nuestras valoraciones- a esa percepción.
Nombrar este mecanismo no es alarmismo. Es explicación. Una sociedad que comprende cómo se desplazan sus propias ventanas tiene más capacidad para decidir, conscientemente, hacia dónde lo están haciendo y modificarlo si es necesario.
Una sociedad no cambia solamente cuando empieza a hacer cosas diferentes. También cambia cuando deja de avergonzarse de decir determinadas cosas. Y esa segunda forma de cambio -más silenciosa, más difícil de revertir- merece exactamente el mismo nivel de atención… y preocupación.
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