CRÓNICA
Rajoy, el de los hilitos de plastilina y las armas de destrucción masiva: “El principal problema de hoy es la mentira”
Mariano Rajoy está en posesión de “los secretos y los fundamentos humanos sobre la sabiduría política” y por eso lo ha plasmado todo, con la humildad que le caracteriza, en un libro titulado El arte de la política, muy al modo de los clásicos que antes obsequiaron a la humanidad con obras como El arte de la guerra, de Sun Tzu, o El sutil arte de que casi todo te importe una mierda, de Mark Manson.
No se sabe si al centenar de personas que este lunes se congregaron en el hotel Santa Catalina de Las Palmas de Gran Canaria (el 90% señores) les importaba una mierda el libro de Mariano Rajoy, pero la ocasión merecía atender la convocatoria del Foro Canarias, que es una asociación que convoca de vez en cuanto a la clase dirigente local para desayunar o cenar y dejarse ver, comentar lo mal que va el país cuando gobierna la izquierda y, de vez en cuando, conocer en persona a grandes pensadores como M. Rajoy.
El autor no defraudó a la concurrencia. A su entender, “el principal problema de hoy es la mentira”, lo cual seguramente fue dirigido al Gobierno de coalición que se empeña en perpetuarse cuatro años en el poder. Nada que ver con los bulos que se lanzan contra ese mismo gobierno desde la oposición o a través de determinados agentes nada secretos desde las redes sociales, elementos que en el día que Rajoy explicaba sus valores en política, precisamente, se inventaron lo más grande para residenciar debajo de la cama de Pedro Sánchez una especie de mando a distancia para hacer descarrilar trenes y matar a decenas de compatriotas.
“Si no puedes decir la verdad, cállate. No insultes, es el recurso de los mediocres. No odies y no actúes nunca bajo el dictado del odio”, enfatizó en persona Mariano Rajoy leyendo pasajes de su propio libro, para no equivocarse de párrafo y no tener que soltar algo sobre que “es el alcalde el que quieren que sean los vecinos el alcalde”.
Es el mismo Rajoy que ejercía de portavoz el Gobierno de José María Aznar cuando defendió la gestión la crisis ambiental generada por el desastre del Prestige dejando para la posteridad frases como esta: “El fuel está aún enfriándose, salen unos pequeños hilitos, me dicen que son regueros solidificados con aspecto de plastilina en estiramiento vertical”.
O cuando ese mismo Gobierno del que él era portavoz metió a España en la guerra de Irak y Rajoy subió por sorpresa a la tribuna de oradores del Congreso a descalificar a la oposición por rechazar los argumentos de las armas de destrucción masiva. Llegó a equiparar aquella invasión promovida por el trío de las Azores, del que formaba parte con jolgorio José María Aznar, con la participación española en operativos de la ONU en el Líbano.
Rajoy aprovechó la actualidad para arremeter contra el Gobierno de Sánchez por el nuevo modelo de financiación y recordó que él lo intentó en 2014 y no pudo. O no lo dejaron. Y enganchó, por supuesto, con el independentismo, el mismo que su Gobierno alentó recurriendo el nuevo Estatuto de Autonomía de Catalunya y que condujo a los sucesos de octubre de 2017, cuando aquel referéndum que él garantizó que no se celebraría jamás, le obligó a aplicar el artículo 155 de la Constitución e intervenir la autonomía. Lo que, como ha quedado probado, no hizo otra cosa que amplificar el independentismo que ahora, con cesiones políticas, se ha desinflado por debajo de los niveles anteriores a Rajoy.
Soria, “autoridad”
Rajoy fue presentado este lunes en Las Palmas de Gran Canaria por un hombre de su más estrecha confianza durante el tiempo que presidió el PP y habitó la Moncloa, el teldense Sergio Ramos, quizás una de las personas que más conoce las fortalezas y debilidades del expresidente y su marca de whisky favorita. La imagen de Ramos dio la vuelta al mundo cuando salía junto a Rajoy del restaurante al que fueron a ahogar las penas que le estaba causando al todavía presidente, el frutero Pedro Sánchez, desde la tribuna del Congreso liderando la moción de censura que lo descabalgó tan contundentemente que lo terminó sacando, parece que definitivamente, de la política.
Con aquella censura, España perdió un político, pero ganó un ensayista de nivel: “Un político es un ciudadano que se dedica a los intereses públicos y que toma decisiones para organizar todo lo que afecte a los mismos. Es alguien que sirve a una comunidad y trabaja para mejorar la vida de la gente”, recoge en su libro.
Es el mismo concepto que tiene de ese servicio público el exministro al que saludó M. Rajoy en el salón Arencibia del hotel Santa Catalina. José Manuel Soria estaba allí como una “autoridad”, y no por estar ocupando silla en la mesa presidencial, sino porque así, como “autoridad” lo presentó desde la tribuna el autor que presentaba libro. Es tal la consideración que todavía la profesa, que de él supo pronunciar su nombre y su apellido, no el de la “consejera de Hacienda” del Gobierno de Canarias, Matilde Asian, que también fue sentada en la mesa presidencial y que fue en los tiempos presidenciales de Rajoy secretaria de Estado de Turismo, entre otros destinos.
Soria estaba en su salsa, no solo por la sintonía casi plena con la concurrencia empresarial que acudió a arropar Rajoy, sino porque esa concurrencia vio cómo era uno de los actores protagónicos del encuentro, lo que debería estar avalando su espectacular transformación de político con cuentas en Panamá y empresas en paraísos fiscales a factotum introductor en Canarias de grandes compañías del mundo mundial a través de la consultora Grant Thortom.
Se le ve pulular por casi todas las consejerías del Gobierno de Fernando Clavijo ejerciendo como influencer, últimamente con especial insistencia en la de Turismo. Pero también en la de Política Social o en la de Sanidad, y también en la Televisión Canaria. Es el arte de la política entendida del modo canario, del modo ultraperiférico que de vez en cuando viene algún preboste nacional a avalar con su presencia y sus chascarrillos.
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