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OPINIÓN | 'Los NOES a las guerras, por Antonio Maestre

Virginia Cowles: la mirada glamourosa y compasiva de una periodista estadounidense en la Guerra Civil

7 de marzo de 2026 20:58 h

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La periodista estadounidense Virginia Cowles trabajaba para la sensacionalista prensa de Hearst cuando estalló la Guerra Civil española y, con 27 años, se plantó en marzo de 1937 en Madrid, cuya población resistía con valentía el asedio de las tropas del general Franco. Allí se hospedó en el legendario Hotel Florida, cuartel general de los corresponsales extranjeros que cubrían el conflicto, compartiendo vicisitudes con figuras como Ernest Hemingway y su futura esposa, Martha Gellhorn, John Dos Passos o Herbert Matthews.

España supuso para la glamourosa reportera una oportunidad para desembarazarse de una vida superficial y poco gratificante y, aunque no ocultó su simpatía por la República, cubrió el conflicto desde los dos bandos, interesada en escribir artículos que contrastaran la versión de las dos partes.

Tras ser testigo en primera línea del terror cotidiano de Madrid, Cowles viajó a la España nacional y llegó en agosto de 1937 al norte para cubrir la batalla de Santander junto a las tropas franquistas. En su crónica de la entrada en la ciudad empleó un tono alejado de la exaltación habitual de otros periodistas, muy respetuoso y compasivo con la actitud de los milicianos derrotados que abarrotaban las calles, presos de la incertidumbre y aguardando su destino.

En su crónica de la entrada en Santander empleó un tono alejado de la exaltación habitual de otros periodistas, muy respetuoso y compasivo con la actitud de los milicianos derrotados que abarrotaban las calles, presos de la incertidumbre y aguardando su destino

“A unas veinte millas de Santander, a la vuelta de una curva, alcanzamos a unos cuantos centenares de prisioneros republicanos todos juntos en un claro junto a la carretera. Estaban sin afeitar, muy sucios; las ropas eran harapos. Parecían muertos de hambre, muchos de ellos tienen los brazos o las piernas envueltas en sucios vendajes. Había un camión fascista detenido en la cuneta, los oficiales empezaban a distribuir pan y latas de sardinas. Hubo una precipitada carrera para conseguir comida; los hombres abrían las latas con los cuchillos y empezaban a comer con voracidad. Ofrecían un lastimoso contraste con los últimos soldados republicanos que había visto. Había desaparecido el entusiasmo desbordante y el viril odio al fascismo, sólo quedaban el cansancio y el servilismo y un sombrío futuro en forma de campo de concentración. 

Cuando llegamos a Santander pudimos ver el desfile militar que celebraban los italianos. Aunque llevaba celebrándose tres horas, ya había concluido en buena medida, pero todavía había tanques, camiones y vehículos blindados que atronaban por las plazas. La asombrada población llenaba las calles, miraba con la boca abierta; otros se dedicaban a llenar las calles con retratos de Mussolini; los italianos con plumas negras en motocicleta abrían paso a batallones de soldados con cascos de cuero. 

Santander presentaba un espectáculo sorprendente. Las plazas principales habían sido bombardeadas a conciencia y la basura había convertido muchas calles en vertederos. Hacía calor, el aire era seco; al moverse los camiones ascendían nubes de polvo al aire que sobrevolaban sobre la muchedumbre como un palio gris. Toda la variedad de las emociones humanas parece haberse dado cita entre la enloquecida aglomeración: había refugiados medio muertos de hambre, vociferantes italianos, prisioneros en un estado lamentable, quinta-columnistas desbordantes de felicidad, niños nerviosos, mujeres que lloraban. La ciudad estaba en condiciones indescriptibles. Las tiendas y los restaurantes estaban cerrados a cal y canto, la población había vivido a cuenta de unas escasas raciones de arroz. La entrada del ejército conquistador, con cañones y motocicletas alegremente adornados con flores y guirnaldas, hacía sonar una nota que era casi siniestra. 

En todas las esquinas había algún brusco contraste que casi llegaba a alcanzar categoría de honor. Ya las tropas de Franco se habían dispersado por la ciudad, arriando las banderas republicanas. Centenares de simpatizantes nacionales, que se habían visto atrapados en la ciudad durante más de un año, se agrupaban en las calles, riendo y llorando. Decenas de miradores se animaban con mantillas de color rojo y gualda, la bandera de la monarquía. Había carteles en los que se leía 'Viva Franco', que tapaban las invitaciones republicanas a tomar las armas. Grupos de muchachas recorrían las calles y abrazaban a los oficiales nacionales; una banda de pilluelos gritaba a los que pasaban mientras hacían el saludo fascista. 

El libro en el que recoge sus experiencias en la Guerra Civil española, 'Looking for Trouble', se ha ido convirtiendo, con el tiempo, en una de las fuentes directas más citadas para la reconstrucción de la vida cotidiana en ambas zonas

Pero la otra cara de la moneda era más triste. Lo único que había que hacer era acercarse a los almacenes del puerto para ver a los millares de refugiados sentados sobre la basura de las ruinas, con sus bultos ante ellos, mirando la celebración con lágrimas en los ojos; o bastaba con mirar a los mercados vacíos y en los desiertos hoteles para ver la mirada hostil de los vendedores callejeros y las camareras; o, en fin, acercarse a las cárceles para ver las largas colas de mujeres y niños, que esperaban con paciencia oír noticias de los prisioneros (...).

Supongo que había centenares de personas que lo único que querían era que las dejaran en paz, que habían cambiado de fidelidad de la noche a la mañana, a favor de quien tuviera el poder. Estábamos entre la muchedumbre, viendo el desfile. Rosales fue a saludar a un amigo, yo me volví a hablar con el que estaba a mi lado: 

-¿Le gustan los italianos?

- “Sí que me gustan” -dijo-. Luego guiñó un ojo y añadió: “De otra manera”. A continuación, se pasó el dedo por la garganta con gesto muy expresivo. 

Tuvimos otro ejemplo parecido cuando fuimos a un garaje a por algo de gasolina. Después de llenar el depósito, el empleado, distraído, iba a saludarnos con el puño cerrado, el saludo del Frente Popular. A mitad del saludo se puso rojo de vergüenza, pero adelantó el brazo con la palma extendida para saludar como los fascistas“.

Virginia Cowles Looking for trouble (1937-1941).

Fue precisamente pocos días después de la caída de Santander cuando un alto mando nacional le confesó la autoría del bombardeo de Gernika, capital histórica del País Vasco: “Pues claro que fue bombardeada. La bombardeamos y bombardeamos y bombardeamos y, bueno, ¿por qué no?”, le espetó el oficial. Se trató del primer reconocimiento público que se produjo desde el bando franquista y causó un fuerte impacto social.

El libro en el que recoge sus experiencias en la Guerra Civil española, 'Looking for Trouble', se ha ido convirtiendo, con el tiempo, en una de las fuentes directas más citadas para la reconstrucción de la vida cotidiana en ambas zonas. Virginia Cowles murió en 1983 en un accidente de tráfico ocurrido en Francia a la vuelta de unas vacaciones en el sur de España, el país que la había visto nacer como corresponsal de guerra.