Un espía de Stalin de paseo por la Bahía de Santander: el papel de los asesores soviéticos en la Guerra Civil
Con sus características gafas redondas, nervioso, ágil de cuerpo y mente, provisto de una legendaria valentía personal y grandes dotes políticas y militares, Mijail Koltzov desplegó una intensa actividad en la España republicana. Sus crónicas en el diario Pravda describieron con gran verismo la atmósfera social del territorio republicano y dibujaron con precisión los perfiles de sus líderes más significativos.
Pero Koltzov no fue simplemente un corresponsal de guerra. Se trataba de un hombre de acción y un agitador político, que trabajó activamente como agente soviético, inspirando a Ernest Hemingway su personaje de Karpov en la novela 'Por quién doblan las campanas'.
Para el periodista británico Claud Cockburn, que cubrió la Guerra Civil española desde el seno del Quinto Regimiento, y mantuvo con él una excelente relación estaba claro: “La razón por la cual saltaba de un lado a otro de la España republicana como una pelota electrificada se debía a que había sido elegido por el Politburó del Kremlin como el hombre mejor dotado para apreciar cómo se desarrollaba la verdadera situación en el país, para explicar las actitudes soviéticas a los ministros españoles menos formal y emotivamente que el embajador y para comunicar a Moscú los resultados de toda esta actividad”. Según esta versión, Koltzov tenía una línea directa desde su habitación del Hotel Palace de Madrid con el despacho de Stalin en Moscú y hablaba con él tres o cuatro veces por semana. “Los políticos españoles me hablaron a menudo de él como el hombre más poderoso de España”, aseguró Cockburn.
En el mes de octubre de 1936, Mijaíl Koltzov aterrizó en Santander junto a Roman Karmen, camarógrafo soviético que estaba preparando una serie de documentales propagandísticos sobre la Guerra Civil española para el Gobierno de Stalin, y Paulina Abramson, brigadista argentina que ejercía como traductora. Los tres formaban un grupo de extraño aspecto en aquella pequeña ciudad de provincias.
A pesar de que no tenía ninguna graduación, el aura de poder y superioridad que desprendía Koltsov era incomparable al de cualquier otro ruso de los que había llegado a España para ayudar al Frente Popular
En las páginas que Koltsov dedicó a la ciudad, describió la actividad portuaria, el ambiente despreocupado de sus calles, la relajación y falta de tensión bélica, el impacto que la estética y la indumentaria del trío generó a su alrededor, así como la desconfianza y los recelos que detectó hacia su persona entre los mandos republicanos en la capital de Cantabria. Con su mirada vitalista, Koltzov reconstruyó el ambiente de la retaguardia en Santander desde una perspectiva cercana, realista y directa.
“Así, con el motor izquierdo sin funcionar, descendiendo poco a poco, 20 minutos más tarde salimos a la vista de Reinosa. Eso ya era territorio del norte republicano, aunque ahí un aterrizaje forzoso entre montañas, llevando bombas, tampoco era un plato de gusto. Diez minutos más, y a lo lejos, acercándose vertiginosamente, se descubrió el mar. Costas recortadas por múltiples bahías, arbolado, parques, praderas y la larga y curiosa lengua de tierra de Santander, con el palacio real en un cabo. Después de haber parado los motores, tomando un viraje infinitamente largo, bajamos al campo de aviación y rodamos suavemente por la hierba mojada, levantando surtidores de gotas. Abrimos las ventanillas, las puertas —en torno caía una diminuta lluvia otoñal, la primera lluvia desde que emprendí el vuelo en Veliki Luki—. Ovejas mojadas, tejados mojados, casas rojas, de ladrillo, a lo lejos, húmedo aire de mar; todo, no sé por qué, me recordaba a Inglaterra”, dejó por escrito.
También explicó cómo el comandante del aeródromo les facilitó un coche, con el que se dirigieron a la ciudad, al Comité del Frente Popular. La acogida, aquí, es hostil, seca. El presidente del Frente Popular, al mismo tiempo Comisario de Guerra de Santander, no quería dejarlos pasar ni a Asturias ni al País Vasco. “Se muestra frío a todos mis mandatos, a mis certificados del Ministerio de la Guerra e incluso al hecho de haber volado hasta aquí directamente desde Madrid, por encima del territorio fascista, con armas, bombas e información. Declara que preguntará por radio a Madrid y solo después verá hasta qué punto puede prestarnos su concurso”, certifica en sus textos.
“Madrid puede responder dentro de dos semanas, si responde. Todo esto es fastidioso. Pedimos la dirección del Partido Comunista. Nos la dan, pero el chófer del aeródromo ya se ha marchado; hay que ir al comité del Partido andando, bajo la lluvia, con los trebejos cinematográficos de Karmen y una maleta de carretes de repuesto”, asegura Koltzov en aquel momento.
La visita de Koltsov a Santander le permitió comprobar el ambiente despreocupado de sus calles y la desconfianza y los recelos que su presencia generaba entre los dirigentes socialistas
A su juicio, “la ciudad presenta el típico aspecto de los lugares de veraneo en conserva invernal; en verano, aquí se trasladaba antes la corte real y toda la nobleza madrileña. Ahora, no hay rey ni nobleza. Mas, por las aceras, nos cruzamos con una enorme cantidad de público burgués, de fosco aspecto; muchos llevan perros de la cadenita. ¡Y cuántos paraguas! Todo el mundo va con paraguas. Nunca habría creído que en toda España hubiera tantos paraguas como en este solo paseo del mar, en Santander”.
El relato de su llega a territorio santanderino continúa con aire costumbrista: “Sin paraguas, íbamos nosotros como unos infelices; pero el mal no estaba en eso, sino en Lina. No habíamos hecho diez pasos cuando me di clara cuenta de que ahí, con Lina, éramos gente rara. En Madrid antes de emprender el vuelo, Karmen y yo, por si acaso, nos quitamos el mono y nos vestimos de paisano. Pero la pobre muchacha subió al avión con sus malos pantalones de soldado, de tela de algodón, con los enormes y despellejados zapatos con que había andado por Guadarrama y por Toledo preparando sopa a los soldados. La magnífica cabellera rizosa, los grandes labios en el rostro criollo... todo ello, en el mejor de los casos, podía servir para una película infantil de 'La cabaña del tío Tom', pero de ningún modo para presentarse ante esos burgueses sin foguear”.
“Le mandamos que se comprara una falda, pero las tiendas estaban todas cerradas por ser la hora de la comida. Fuimos a un restaurante del paseo del mar en la planta inferior, en el café y en el bar, había mucha gente con tipo de especuladores; nuestra aparición, con Lina en pantalones, fue acogida con hostil rumor de voces. Subimos a la planta superior, el camarero, en frac, también muy irritado, nos sirve guardando absoluto silencio una comida —con excelente pescado, pato, alcachofas, queso—, cosas de las que en Madrid ya casi se han olvidado. Solo el pan es escaso, dan una pequeña rodaja: en el norte no hay trigo”, comenta sobre sus primeras horas en Santander de este trío tan peculiar en pleno conflicto bélico.
“Un periodista soviético ha de ser partícipe en la historia sobre la que escribe”, aseguró en su 'Diario de la guerra española', cuyo primer volumen se publicó en 1938, siendo bien recibido e, incluso, elogiado por Stalin. Pero Koltsov no tuvo ocasión de ver publicada su obra íntegra. A consecuencia de una de las innumerables purgas de aquel tiempo, y debido a su amistad con André Malraux, fue acusado de trotkista y anti-soviético por André Marty, organizador de las Brigadas Internacionales y con el que había colaborado estrechamente. De repente Koltsov se convirtió en sospechoso, siendo detenido en Moscú, sentenciado y rápidamente ejecutado en febrero de 1940.