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La otra cara de la corrupción

Corromper es sobornar, por lo que para que haya un corrupto (sobornado) tiene que haber también un corruptor (sobornador). Y es que la corrupción no tiene una sola cara, sino dos: la del poder político (corrupto) y la del poder económico (corruptor). Desde el punto de vista del primero consiste en utilizar el cargo público para sacar tajada –en forma de pagos y prebendas– y desde el punto de vista del segundo consiste en proporcionar esa tajada al político corrupto para obtener otra tajada más suculenta, en forma de leyes, contratos... o de simple sumisión incondicional.

La corrupción tiene una cara A –el sobre atiborrado de billetes, el hit periodístico destapando el último chanchullo, ese “los políticos son unos chorizos” que ameniza tantas conversaciones de ascensor–, pero también tiene una cara B, menos comercial, aunque mucho más determinante, porque contiene la esencia y la consecuencia más grave de la corrupción (de la corrupción ilegal y de la que “no es ética, pero es legal”, que decía aquel): la puesta del poder político al servicio del poder económico.

Así, la corrupción no es exclusiva del capitalismo, pero sí es inherente a un sistema económico que está movido por el ánimo de lucro; puede haber corrupción sin capitalismo, pero no hay capitalismo sin corrupción, porque la corrupción es esencial para que el poder económico controle de forma efectiva el poder político. Aunque hay corrupciones y corrupciones, y la española siempre ha destacado por su parafernalia obscena, en la línea de lo que Azcona y Berlanga reflejaron magistralmente en La escopeta nacional.

En España la corrupción ha sido consentida por buena parte de la sociedad, de forma indisimulada hasta hace un lustro –cuando se ha evidenciado el conchabamiento de corruptos y corruptores para recortar derechos, libertades y plantillas– y de forma más soterrada desde entonces. Sólo así se explican cosas como que ningún alto cargo del partido que ocupa el Gobierno central se haya visto obligado a dimitir –y ni siquiera haya tenido que salir a dar explicaciones– tras demostrarse cosas como que la caja B y el dinero negro existen en el PP desde que el partido se fundó.

Pero la corrupción no se produce sólo en las fuerzas más vinculadas al poder económico. Casos como el de las tarjetas black de Bankia evidencian que ese poder económico también sabe asegurarse la lealtad de cierta izquierda capaz de pasarse por el forro del cajero automático sus principios más básicos, empezando por el de la autonomía del poder político respecto del poder económico-financiero. Y este no es un asunto menor, sino el quid de la cuestión, porque un caso de corrupción en un partido de derecha en el fondo no es más que una anécdota –incómoda, pero anécdota– tanto para ese partido –la derecha representa al poder económico– como para buena parte de su electorado potencial, pero un caso de corrupción en un partido de izquierda es algo más, y no puede ser despachado con un “todos los partidos tenemos corruptos, lo importante es que nosotros los expulsamos”.

El unte de los corruptos de izquierda sirve para someter a esos corruptos al poder económico que los unta. Esto es lo que está detrás –y va mucho más allá– de la tarjeta black que entra y sale de un cajero automático. Esta es la otra cara –la cara B– de la corrupción, la cara que tanto se silencia porque tanto conviene silenciar. Esto es lo que ha convertido a buena parte de la izquierda política y sindical en una marioneta del poder económico-financiero.

Corromper es sobornar, por lo que para que haya un corrupto (sobornado) tiene que haber también un corruptor (sobornador). Y es que la corrupción no tiene una sola cara, sino dos: la del poder político (corrupto) y la del poder económico (corruptor). Desde el punto de vista del primero consiste en utilizar el cargo público para sacar tajada –en forma de pagos y prebendas– y desde el punto de vista del segundo consiste en proporcionar esa tajada al político corrupto para obtener otra tajada más suculenta, en forma de leyes, contratos... o de simple sumisión incondicional.

La corrupción tiene una cara A –el sobre atiborrado de billetes, el hit periodístico destapando el último chanchullo, ese “los políticos son unos chorizos” que ameniza tantas conversaciones de ascensor–, pero también tiene una cara B, menos comercial, aunque mucho más determinante, porque contiene la esencia y la consecuencia más grave de la corrupción (de la corrupción ilegal y de la que “no es ética, pero es legal”, que decía aquel): la puesta del poder político al servicio del poder económico.