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La sororidad del instante

7 de marzo de 2026 21:17 h

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¿Qué sería de ti sin las mujeres que te sostienen a diario? ¿Cómo habrías llegado hasta aquí sin todas ellas? ¿En qué tipo de mujer te hubieses convertido sin el amor y la compasión de las que han caminado a tu lado? De aquellas que te cuidaron, siguen cuidándote y lo harán hasta el final.

Revisando este último año, rebobinando los meses y los días como en una película, me vienen a la cabeza imágenes, instantes y escenas que repito todos y cada uno de mis días, casi sin darme cuenta; y en todas, de un modo u otro, aparecen y ocupan un lugar esencial las mujeres.

Mujeres buenas que practican el feminismo y la sororidad no como un principio, un anhelo o un fundamento, sino, más bien, como una forma natural de acompañamiento, como un modo de reconocimiento honesto ante nuestras propias dificultades.

Por eso, he aquí una especie de carta de agradecimiento, un texto sencillo y de gratitud, hacia todas las que, día a día, nos dedican el afecto que necesitamos para resistir. Las que practican el cuidado colectivo.

Hoy, con la situación tan dramática que estamos atravesando y ante lo que parece que se nos viene encima, puede que lo más necesario y urgente sea intentar ser generosas y compasivas con nosotras mismas y con aquellas con las que compartimos nuestra vida cotidiana.

Tomemos conciencia y construyamos juntas una especie de cubierta de sarmientos para resguardarnos. Como aquellas que elaboraban muchas de nuestras abuelas para proteger el corral o el huerto. Un espacio al que agarrarnos para no descender.

En este momento de conflictos, de auge de la extrema derecha, de violencia y de discurso del odio, solo nos queda reivindicar el cuidado y el apoyo mutuo; solo nos queda el feminismo y la sororidad del instante.

Y aunque es desde la oscuridad donde una puede hallar la luz, somos nosotras, las mujeres, las que estamos en peligro, las que podemos perder lo que parecíamos haber logrado.

Hoy pienso en cómo se cuidan las mujeres de mi pueblo. Las que labran la tierra, conocen el nombre de los pájaros que revolotean durante las primeras horas del día, saben nombrar las plantas, podan los árboles frutales y transmiten su sabiduría, con humildad y paciencia, a las chiquillas y las jóvenes del barrio.

También me emociona el afecto de las mujeres que ahora tengo más cerca. Con las que convivo, con las que trabajo, con las que espero el autobús, con las que comparto alegrías, sin negar el dolor cotidiano. Mujeres que atraviesan la ciudad para criar a hijos con dificultades, pocos recursos y sin grandes facilidades para conciliar.

La mayoría resiste gracias a la ayuda de otras. Las que no serán recordadas por haber alcanzado grandes logros, recibido premios o dirigido ningún proyecto relevante, sino por el amor y el cuidado hacia las demás.

Ojalá podamos construir una sociedad más feminista desde lo más básico, desde lo cotidiano. Ojalá mirar atrás y preguntarnos qué mujeres somos, qué mujeres queremos ser y en quiénes queremos encontrarnos.

Ahora que muchas habéis conseguido llegar a escenarios poderosos. Ahora que algunas os habéis empoderado entrando en el abismo del patriarcado y poniendo en práctica políticas y modelos, como algunos hombres, poco feministas.

“Salir de un abismo y volver a entrar en él, eso es la vida, ¿no?”. Esto escribió la poeta Emily Dickinson, una mujer que a lo largo de su vida envió más de 200 poemas precisamente a otra mujer, su cuñada, Susan Huntington Gilbert, a quien quiso profundamente.

Cuando Emily murió, Susan cubrió su ataúd con orquídeas y violetas. Las flores, como los ríos o los campos, guardan recuerdos, emociones y sensaciones que hoy nos unen a mujeres que ya no están. Nos conectan a versiones de nosotras mismas que se transformaron o cambiaron para siempre.