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Antonio Gómez, catedrático de Ecología: “Hemos transformado los paisajes agrarios seguros en paisajes de riesgo”

8 de septiembre de 2026 20:34 h

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Hemos perdido paisajes agrarios y otros están amenazados; hemos abandonado el medio rural; hemos cambiado los manejos ganaderos; tenemos una agricultura más especializada, más atomizada, cada uso del suelo desconectado del conjunto, menos integrada. Todo esto desde mediados del siglo XX y ahora tiene unas consecuencias en el siglo XXI.

Según Antonio Gómez Sal, catedrático de Ecología de la Universidad de Alcalá y experto en paisajes agrarios, en menos de un siglo el paisaje agrario ha cambiado drásticamente. “El paisaje de la primera mitad del XX hasta los años 60 y 70 estaba orientado principalmente por el autoabastecimiento, eran sistemas de producción que tendían a abastecer casi todo lo que necesitaban las poblaciones rurales, además de obtener un suplemento para venta”, describe.

Esto daba lugar a unos paisajes que podemos llamar “reticulados o en mosaico”, es decir, formados por parcelas con distintos objetivos, entre las cuales había pastizales, campos de cultivo, zonas de huerta y de frutales y, en algunos casos, sistemas de silvopastoriles como pueden ser las dehesas“, estos paisajes constituidos por un mosaico de usos, en algunos casos con parcelas de extensión reducida, distribuidas de acuerdo con las características físicas del territorio, respondiendo a los objetivos productivos y formas de vida de la comunidad rural, son ejemplos de paisajes que se han perdido.

Era “un paisaje más autónomo, más articulado entre parcelas con distintos objetivos, pero que a la vez formaban parte de un sistema con una racionalidad propia”, un modelo muy distinto a lo que hay en la actualidad “cuando los planteamientos de la producción agrícola son en la mayoría de los casos de carácter industrial”, un agricultor mucho más especializado.

Esto deja a los agricultores más expuestos. “En el sistema agrario tradicional, se obtenían diferentes productos, si un año uno no iba muy bien había alternativas, en la actualidad la agricultura es especializada, se apuesta por un solo producto que se considera más rentable, de esa manera el riesgo es mayor”, señala.

Algunos de los paisajes amenazados u olvidados eran consecuencia de un aprovechamiento integrado, “por ejemplo, zonas de pinares con aprovechamiento y gestión comunal, en los que la actividad forestal fue compatible con una importante y diversa ganadería, tanto estante como trashumante”. Este modelo es importante, “desde el punto de vista de la composición de los pastos y de la seguridad que pueden ofrecer frente a la propagación del fuego. Aunque es muy difícil recuperar ciertos modelos de gestión, sería importante recoger la experiencia de estos sistemas, para construir paisajes que aporten seguridad frente a eventos climáticos extremos”, asegura.

Otros paisajes no se han perdido, pero están muy amenazados, como las zonas de huerta diversificadas, con regulación del regadío, parcelas con distintos cultivos, ya es muy difícil encontrarlos“, apunta.

Más incertidumbre

Antonio Gómez no habla de cambio climático ya que no lo reduce sólo a unos fenómenos meteorológicos, “desde un punto de vista más académico, en general es preferible enfocarlo como un componente dominante de lo que se conoce como cambios globales”.

“El cambio climático es indudable, pero es especialmente notable la mayor frecuencia e impredecibilidad de los eventos meteorológicos extremos, las grandes sequías, el aumento de temperaturas nunca visto de manera tan constante, las precipitaciones concentradas en periodos muy cortos, la combinación de varios de estos eventos, también la pérdida de biodiversidad, las especies exóticas invasoras, la contaminación por pesticidas; a ello se añade los cambios en los usos del suelo, derivados del despoblamiento en las zonas rurales. Como ejemplo, en España más del 80% de la población vive en ciudades grandes y el medio rural se queda sin gente. La transformación profunda de los usos del suelo es lo que define y configura la realidad actual, dominada por paisajes que implican riesgo para la población. Ya sea por el abandono de usos y perdida del mosaico agrario, como por la falta de planificación en los nuevos asentamientos. La ocupación de zonas con riesgo de inundación es un ejemplo claro”, señala.

Los cambios en la meteorología introducen además más incertidumbre para una actividad, la agricultura, ya de por sí incierta, “la tendencia general será la de mayor aleatoriedad en la agricultura”, aunque el agricultor en la España de clima mediterráneo siempre ha estado sujeto a esta situación. “Hay una realidad que son los cambios en la meteorología año a año, y ello conlleva una incertidumbre en el manejo de los sistemas productivos”, y “afecta sobre todo a cultivos como el viñedo o los olivares, que se ven amenazados por estos eventos extremos que son una de las manifestaciones de los cambios globales”, apunta en la entrevista.

Pero, a su juicio, hay algo especialmente preocupante, “las zonas que tienen una mayor cantidad de biomasa combustible acumulada; buena parte de ellas tienen que ver con repoblaciones forestales que se hicieron a mediados del siglo pasado y cuyos objetivos contemplaban también un manejo forestal y silvopastoril. Muchas de ellas no han sido apenas gestionadas y hay muchas masas forestales o de matorrales que han sido abandonados con un pastoreo insuficiente y acumulan una cantidad de combustible muy alta. Esto suponen una amenaza grande”.

Para él, “a estos paisajes de riesgo había que reconducirlos hacia paisajes seguros que tuvieran funciones de prevención, de favorecer actividades económicas viables en el medio rural, fomentando y apoyando nueva población que no esté sometida a la amenaza de esos fenómenos catastróficos”. Llevar esta idea a la práctica no es sencillo, y existen muchas tendencias en contra, pero puede argumentarse y valorarse, y ser apoyado teniendo en cuanta los numerosos “servicios” o efectos positivos, entre estos especialmente las funciones preventivas (paisajes seguros), que estos usos agrarios, proporcionan a la sociedad y particular a la población que vive en ciudades.

Los cambios en el manejo de la ganadería

Y aquí entra también otro fenómeno, como es el cambio que se ha producido en la ganadería y su relación con los incendios. “En los sistemas tradicionales, la ganadería estaba mucho más integrada con la agricultura formando una unidad de manejo, había rebaños de distinto tipo que pastoreaban los montes públicos y los montes en general, había más ganado de distintas especies y con razas especializadas”.

En este tema pone como ejemplo una importante característica de este país, “somos un país campeón en agrobiodiversidad y concretamente, en razas de ganado, en ovejas tenemos hasta 45 razas y otras tantas de vacas, que estaban adaptadas a consumir en distintos contextos ambientales y culturales (formas de gestión, paisajes asociados a ellas) esa biomasa que ahora se acumula como combustible. El ganado mantenía un paisaje diverso, favorecía el mosaico que hemos comentado y ahora todo eso está casi perdido, ha disminuido de manera muy importante”.

La ganadería actual la define como “más especializada, menos manejada, algunas razas de ganado son muy productivas, pero no están adaptadas a moverse con facilidad en la complejidad de nuestros paisajes de montaña. Lo que ocurre es que hay una caída, también por falta de población, de la ganadería”, y esto también ha provocado un cambio en la composición y oferta de los paisajes, con importantes contenidos culturales. Sería muy útil un mayor esfuerzo de información y divulgación de las funciones de esta biodiversidad domesticada (las razas ganaderas locales, ya que España es uno de los países con mayor riqueza).

Por eso, Antonio Gómez recuerda “varias comunidades autónomas están planteándose y ejerciendo la utilización de la ganadería con fines preventivos, con un objetivo: crear o mantener fajas con efecto de cortafuegos y pastoreo encaminado a abrir los montes, disminuyendo tanto la densidad de árboles, y como la acumulación de herbazales no consumidos. Aquí en Castilla-La Mancha, paisajes como la Serranía de Cuenca o las sierras de Molina eran sistemas silvopastoriles, en los que junto con Albarracín, tiene su origen una de las principales cañadas reales, la Conquense, en definitiva, era sistemas muy manejados con una alta carga ganadera de vacas, ovejas y cabras. Ese papel de ganadería diversificada, adaptada a los distintos territorios habría que recuperarlo con los objetivos antes hemos mencionado mantener paisajes seguros, transformar paisajes de riesgo en paisajes seguros”, defiende. Los efectos preventivos de la ganadería llevan asociado un alto valor estratégico, de futuro.

Placas solares y aerogeneradores en el paisaje

Antonio Gómez no ve como algo negativo la presencia de las placas solares y los aerogeneradores en los paisajes, “lo veo como algo positivo y muy necesario”, pero pide que haya “ordenación del territorio, planificación cuidadosa”.

“Hay paisajes que tienen que ser conservados sí o sí, sin aerogeneradores y sin placas solares, son paisajes con mucho componente cultural, patrimonial, tienen una diversidad de usos, y muchos de ellos en España incluso han sido reconocidos como Reserva de la Biosfera”, un título que concede UNESCO, no podemos llenarlo de estructuras que distorsionen los argumentos por los cuales fueron considerados así, hay lugar para todo, pero es imprescindible la mencionada planificación“, señala y recuerda que ”España es el país del mundo con mayor número de Reservas de la Biosfera, un dato en general poco conocido y divulgado, y esto nos exige una responsabilidad especial en la conservación de este legado“.

Producciones de proximidad

También considera que debe haber apoyo para conservar una producción de proximidad que también sea asequible para el consumidor. “Esta es una tendencia imparable que debe ser apoyada con información y control para que esos productos mantengan sus propiedades y que la gente los aprecie. Mi experiencia me dice que cuando un producto mantiene las expectativas, vuelves a por él aunque cueste algo más caro”, dice.

Pero también hay que hacer una labor de educación sobre “la función de los paisajes donde se cultivan o crían estos productos y el papel que cumplen en el mantenimiento de estos, que a la vez tienen las funciones de tipo preventivo que hemos comentado, paisajes que transmiten valores. Queda por hacer una función pedagógica, cuando se entienden sus funciones y son apreciados, las personas responden de manera más afectiva, se sienten concernidas y responsables respecto a ellos, no solo como lugares de excursionismo, deporte o aventura y esto hay que evitar que se pierda”.

“Hay que educar a las personas para que reconozcan los valores de esos paisajes agrarios valiosos desde el punto de vista de servicios ecosistémicos, servicios para el bienestar humano, que algunos de ellos son de mantenimiento de los procesos naturales, seguridad evitación del riesgo, pero otros tienen que ver con la cultura, así como con el ocio, el patrimonio, y otros son servicios de abastecimiento, facilitan la producción y suministro de productos variados y de calidad”, y eso, para él, es un bien que hay que mantener y proteger.

“Me gusta ver el paisaje como el vehículo a través del cual los seres humanos, las personas, recibimos los servicios de los ecosistemas, un paisaje bien configurado que nos permite percibir y apreciar los servicios de los agroecosistemas”, concluye.