Vigencia y vitalidad de Wagner
Este pasado agosto el Festival de Bayreuth ha cumplido siglo y medio de vida. Richard Wagner lo inició en 1876 para representar sus obras con representaciones de El anillo del nibelungo. Encomendó al arquitecto Otto Brückwald el proyecto de un edificio cuya sala, inspirada en los teatros griegos, ofreciese una visión frontal del escenario desde cualquier localidad. Esta construcción de ladrillo rojo y piedra color crema mantiene el aspecto inicial, con el añadido frontal del Königsbau en 1882, edificado para que entrara directamente a su palco el rey de Baviera, que nunca lo usó. Desde el balcón de esa entrada especial lanzan sus tres llamadas las fanfarrias que anuncian el inicio de las representaciones.
Siglo y medio después de inaugurar su teatro y su festival, Wagner goza de una presencia importante en los teatros de ópera. La acción dramática libre que presenta en la Tetralogía, a partir del Cantar de los nibelungos y de la mitología nórdica, es una narración sobre la ambición, el dominio y el poder. George Bernard Shaw vio en ella una descripción socialista de la lucha de clases. Pensaba que el Anillo y las obras de Marx anuncian el “final predestinado de nuestra época capitalista-teocrática”. En esa línea está la célebre producción de Patrice Chéreau, estrenada en Bayreuth en 1976, el año del centenario, con dirección musical de Pierre Boulez, que ha inspirado otras posteriores.
El festival de Wagner continúa y su obra es ampliamente representada y celebrada. El compositor decía que en ella “el drama no se desarrollaba solo en el escenario, sino también en la música y primordialmente en ella”. Sus óperas son “actos musicales hechos visibles”. Eso explica la poderosa atracción que siguen ejerciendo sobre el público.
Un buen ejemplo fue el entusiasmo desbordado que produjo el concierto de fragmentos del Anillo ofrecido en el Palau de la Música de Valencia el pasado día 6 por la Orquesta del Festival de Bayreuth, la soprano Catherine Foster, el tenor Klaus Florian Vogt y el bajo-barítono Nicholas Brownlee, con dirección de Pablo Heras-Casado. Era en realidad la primera vez que esa orquesta, que se forma cada verano con profesores procedentes de otras, la mayor parte alemanas, visitaba Valencia. Suponía la última etapa de una atípica gira, que se inició en Barcelona el 27 de agosto, tras pasar por Santander, Sevilla y Madrid. El concierto de Sevilla se suspendió debido a un corte de fluido eléctrico.
El principal aliciente era ver y escuchar a la orquesta del festival fuera del foso. El Festspielhaus de Bayreuth está construido de manera que orquesta y director no están a la vista del público. Cuando va a empezar la representación se apagan las luces y un resplandor blanquecino ilumina el telón gris desde lo que Wagner llamó el “abismo místico”. El público no ve salir al director, solo escucha que se inicia la obertura y más tarde se descorre el telón. La representación se desarrolla como si fuera una película, en la que el público no ve más que la acción sobre el escenario y escucha la orquesta sin verla. Estas características del Festspielhaus contribuyen al especial sonido de Bayreuth. La orquesta suena empastada y como en sordina, lo que favorece que las voces de los cantantes sean más fácilmente audibles, pese a la gigantesca masa instrumental que toca en el foso.
La orquesta que ocupó el escenario del Palau de la Música estaba algo reducida en relación con lo que es habitual en Bayreuth. Por ejemplo, había dos arpas y no las siete que pide Wagner para El oro del Rin. La distribución de la cuerda era 14/12/10/8/6, y no la habitual en Bayreuth: 16/16/12/12/10/8. No obstante, exhibió un sonido poderoso, con potentes metales, aterciopelada cuerda, contundente percusión y belleza en las maderas. En algunos momentos llegó a tapar a los cantantes. El granadino Heras-Casado, que dirigió con amplios y enérgicos movimientos de brazos, hizo una lectura detallada, intensa, más brillante que profunda, siempre celebrada por el público. Este maestro, que lleva años cultivando el repertorio de Wagner, triunfa desde 2023 dirigiendo Parsifal en Bayreuth, y ha interpretado en el Real de Madrid y otros teatros la Tetralogía, Los maestros cantores de Núremberg y El holandés errante. Bayreuth le ha encargado la dirección de la nueva producción del Anillo que se estrenará en 2028.
Abría el programa el final de El oro del Rin, muy bien cantado por el estadounidense Brownlee, que interpreta un estupendo Wotan y que encarnó en 2025 El holandés errante en el Palau de les Arts bajo la dirección de James Gaffigan. Después vino un fragmento de Siegmund en el primer acto de La walkyria cantado por el alemán Vogt con empeño, aunque su voz, marcadamente lírica, quizás no es la más apropiada para el personaje. Los fragmentos de esa obra se cerraron con la bellísima intervención de Wotan cuando se despide de Brünnhilde, muy bien cantada por Brownlee, con profundidad y emoción, aunque en algún momento tuvo dificultades para hacerse oír sobre la orquesta.
La primera parte se cerró con dos fragmentos de Siegfried, el Murmullo del bosque, con muy bellos solos de flauta y clarinete, y el dúo de Brünnhilde y Siegfried, en el que la inglesa Foster tuvo algún apuro y Vogt cantó con fuerza e intensidad, pese a tener un tipo de voz diferente del Heldentenor que pide el personaje. Este año Klaus Florian Vogt ha cantado en Bayreuth Froh, Siegmund y Siegfried, una verdadera hazaña vocal.
El viaje de Siegfried por el Rin abrió la segunda parte, toda ella dedicada a Ocaso de los dioses, con una exhibición de sonido orquestal. Después, Vogt cantó con profundo sentimiento la invocación que el héroe, herido de muerte, hace de la walkyria: “Brünnhilde, heilige Braut”, antes de que la orquesta ataque la Marcha fúnebre. Fue uno de los momentos mejores de la tarde, con una interpretación intensa de Heras-Casado, más tremendista que melancólica. En la escena final Catherine Foster estuvo arrebatadora, acompañada por una orquesta que sonó impresionante. Tras el tema de Siegfried y el de la redención por el amor, que subrayan la desaparición de los dioses, el público aplaudió largo y tendido puesto en pie y con gritos de bravo. Una señora del patio de butacas se acercó al escenario para entregar al maestro un ramo de flores rojas, lo que recuerda que el Palau abandonó hace algunos años la costumbre de entregar flores a los intérpretes, que sería bueno restaurar. El sonido potente de la Orquesta del Festival de Bayreuth volvió a llenar la sala con una interpretación fogosa de La cabalgata de las walkirias fuera de programa.
Sobre este blog
Este blog pretende transmitir reflexiones sobre música, literatura, arte, pensamiento y cultura en general, sin eludir la dimensión política. Trata de analizar la realidad, especialmente cuando, como ocurre con frecuencia, supera la ficción.
0