Los discursos de odio hacia las personas migrantes erosionan la democracia y nuestra propia humanidad
Que la historia se repite es el gran tópico que, no por reiterado, es menos cierto. Cambia el contexto, cambian las víctimas y los poderes, los discursos y las retóricas, las herramientas y las armas, las mentiras y las verdades, los vencedores y los vencidos. Pero la maquinaria de poder se mantiene, siempre dispuesta a disfrazar sus privilegios de orden y progreso, a blindarse tras discursos de salvación y seguridad, a convertir los intereses propios en supuestos intereses comunes, y a repetir, bajo nuevas banderas, las mismas viejas dinámicas de dominación.
El siglo XXI no es el siglo XX. Pero al igual que en la Europa anterior a la Segunda Guerra Mundial, hoy vivimos una crisis del capitalismo y de las instituciones democráticas incapaces de hacer frente a esta crisis. A comienzo del siglo XX eran las democracias liberales, hoy, el estado de bienestar, pero en ambos casos, una democracia debilitada cede espacio a actores que ofrecen alternativas y fórmulas simples, fáciles de digerir y que, muchas veces enmascaran, cuando no ocultan, las verdaderas dinámicas de las crisis y los intereses de unos pocos, por encima del bien colectivo.
De nuevo el empobrecimiento de la clase media, el aumento de la desigualdad, el auge de las políticas expansionistas de grandes potencias, la incapacidad para integrar a la ciudadanía en la vida política, la percepción de falta de legitimidad de las instituciones políticas, la movilización emocional y el triunfo de narrativas simples y falsas, ultra individualistas y ultra nacionalistas son campo de cultivo de retóricas autoritarias y antidemocráticas.
Los paralelismos con el contexto europeo donde arraigó el fascismo son, cuanto menos, inquietantes. De todos ellos quizá el más permeable y, que parece mentira que volvamos a aceptar, es la retórica que canaliza el malestar social hacia un “afuera”.
Volvemos a buscar un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todo; el de otro sitio, de otra etnia, de otra raza, de otro país. Y, sobre todo, que desvíe la carga hacia las personas más vulnerables y que peor se pueden defender
Reproducimos la historia y volvemos a buscar un chivo expiatorio que cargue con las culpas de todo; el de otro sitio, de otra etnia, de otra raza, de otro país. Y, sobre todo, que desvíe la carga hacia las personas más vulnerables y que peor se pueden defender. Es más efectivo arremeter contra los de abajo que contra los de arriba.
Los discursos criminalizadores de la migración y las personas migrantes están calando peligrosamente y pudriendo los cimientos de una sociedad democrática y sana. La culpa de la violencia contra las mujeres, de los inmigrantes (no de una sociedad que sigue sin superar el patriarcado); la culpa de la criminalidad y la inseguridad, de los inmigrantes (y de paso, todos y todas tenemos más miedo y somos más sumisos y sumisas); la culpa del mal funcionamiento de los servicios públicos, de los inmigrantes (y no de la falta de financiación y además, legitimamos el negocio privado del bienestar); la crisis del Estado, de la falta de control de las fronteras (y así, no exigimos responsabilidades y reformas estructurales) y quizá la más digerible: la culpa del precio de la vivienda, de los inmigrantes.
Toda esta construcción de mentiras, manipulaciones, y maldades cala mucho más de lo que pensamos, y silenciosamente va creando un peligroso imaginario. Peligroso para la democracia y para nosotros y nosotras mismas porque nos deshumaniza.
Pienso sobre todo en los niños y las niñas, que están en pleno proceso de construcción de su identidad y entender el mundo que los rodea
¿Nos hemos parado a pensar cómo se sienten nuestros amigos y amigas, vecinos y vecinas, familiares, compañeros y compañeras de trabajo al vivir en una sociedad que les culpa de sus males? Pienso sobre todo en los niños y las niñas, que están en pleno proceso de construcción de su identidad y entender el mundo que los rodea. En la crueldad de percibir que su origen, su idioma o sus costumbres son motivo de rechazo.
Convivir con la sensación de que tú o tu familia sois responsables de los problemas de la gente que te rodea, y sentir el odio de la comunidad donde has puesto las esperanzas de una vida mejor, desde luego, debería hacernos pensar la clase de país y personas que queremos y debemos ser.
Cuidado con repetir la historia y sobre todo banalizar el mal; ser permeables a estos discursos y no combatirlos nos convierte en seres sin empatía y en cómplices de su éxito.
Las sociedades democráticas no se sostienen únicamente sobre instituciones, sino también sobre la capacidad colectiva de reconocer al otro como igual en derechos y en humanidad. Ignorar o minimizar los discursos que criminalizan a quienes migran, empobrece nuestros fundamentos éticos, erosiona nuestra propia cohesión social, y deteriora los fundamentos mismos de la convivencia democrática.