¿Y ahora qué?: la emergencia climática no espera a la política
He estado allí. He caminado por las zonas quemadas estos últimos días y la sensación es de un golpe en el estómago y un pellizco en el corazón. Una cosa es ver las imágenes en las noticias y otra muy distinta estar sobre el terreno en Almorox, Sotillo, La Adrada o Piedralaves; y muchos otros municipios. Ver cómo ha quedado todo: la piedra viva labrada por el calor, las tierras de labor calcinadas, laderas enteras reducidas a ceniza. Te entra una rabia difícil de tragar.
Caminando por allí, entre la devastación, no dejaba de hacerme la misma pregunta:
¿Y ahora qué?
El desastre no es uniforme. De pronto te encuentras con rodales que se han salvado, franjas que han resistido mejor y vegetación que, en poco tiempo, ya estarán buscando la luz. He visto robles, encinas y alcornoques que, posiblemente, broten de nuevo, como dicen las personas mayores que conocen estos temas.
Antes de lanzarnos a reforestar a lo loco o de meter maquinaria deprisa y corriendo, ¿no deberíamos pararnos a mirar lo que el propio monte está haciendo?
Hasta hace poco nos han enseñado que la única respuesta tras un fuego es 'plantar árboles'. Pero la regeneración natural tiene una fuerza enorme. Quizá lo más sensato sea proteger primero esa capacidad de rebrote de nuestras especies autóctonas y actuar solo allí donde la tierra no sea capaz de responder por sí misma.
También le he dado vueltas al comportamiento de la vegetación. En un gran incendio, donde entran en juego el viento, la pendiente extrema y la falta de humedad, casi todo arde. Pero cuando hay una continuidad masiva de combustible seco acumulado durante años, la propagación se vuelve mucho más voraz. Romper esa masa homogénea con un paisaje en mosaico (bosque, matorral, claros, pastos y cultivo) no evita el fuego, pero sí puede abrir ventanas de oportunidad para frenarlo.
Tampoco podemos olvidarnos de las personas. De todas esas familias que han perdido su vivienda, de quienes se han encontrado con sus casas medio destruidas o llenas de humo y ceniza, y ahora tienen por delante el trabajo de limpiar, pintar y reparar. De quienes han visto arder sus jardines, sus parcelas o parte de lo que habían construido durante años. Para ellos, el incendio no termina cuando se apagan las llamas. Queda después todo lo demás: los daños, los gastos, la incertidumbre y la necesidad de volver a poner en pie una vida que de repente ha cambiado.
Y aquí también tenemos que hacernos preguntas. Las parcelas hay que mantenerlas limpias y las casas que están alrededor del monte también necesitan una atención especial. No podemos hablar únicamente de limpiar el monte y olvidarnos de todo lo que hay a su alrededor. La prevención también pasa por mantener las parcelas y el entorno en condiciones, reducir la acumulación de vegetación y combustible cerca de las viviendas y asumir que vivir junto al monte exige una responsabilidad compartida.
No hay recetas mágicas con la madera quemada. La reacción inmediata suele ser retirarlo todo de golpe. Sin embargo, en función de la ladera y del tipo de suelo, los técnicos valoran, a veces, usar parte de esa leña para frenar la erosión cuando lleguen las primeras lluvias o retener la tierra. En otros puntos convendrá sacarla. Hace falta criterio a pie de monte, no órdenes dictadas desde un despacho.
Durante décadas existió una economía rural que sacaba leña, aprovechaba la madera y mantenía el monte vivo. Hoy ese tejido se ha ido apagando. Hablamos de meter ganado para desbrozar el sotobosque, pero pretender que los pastores lo hagan gratis por el simple hecho de 'ayudar' es irreal. Si el pastoreo presta un servicio ambiental preventivo, habrá que pagarlo como el trabajo que es.
Pisando la ceniza me doy cuenta de que no tengo respuestas cerradas. Y tal vez se trate de eso: de dejar de vender soluciones fáciles y empezar a hacernos preguntas incómodas.
¿Estamos dispuestos a invertir dinero todo el año en cuidar nuestros montes y no solo en apagarlo en verano?
¿Vamos a seguir negando la virulencia de unos incendios cada vez más devastadores?
¿Queremos de verdad que vuelva a haber pastores, agricultores y gente viviendo del territorio?
¿Estamos dispuestos también a ayudar a quienes han perdido sus viviendas o han sufrido daños en sus casas, sus parcelas y sus tierras?
¿ Estamos dispuestos a ponernos de acuerdo para gestionar estos desastres?
Y la pregunta más difícil: ¿quién va a cuidar de esto dentro de diez, veinte o treinta años?
El reto no es organizar una jornada para plantar miles de árboles este invierno. El verdadero reto es conseguir que dentro de treinta años siga habiendo alguien allí para cuidarlos.
¿Estamos dispuestos a invertir dinero todo el año en cuidar nuestros montes y no solo en apagarlo en verano? ¿Vamos a seguir negando la virulencia de unos incendios cada vez más devastadores? ¿Queremos de verdad que vuelva a haber pastores, agricultores y gente viviendo del territorio?
Después de todo lo ocurrido durante el año pasado, hay una pregunta que ya no podemos dejar únicamente en manos del monte: ¿qué hemos hecho mientras tanto? Los incendios que golpearon Castilla y León, Ourense, Extremadura y tantos otros territorios deberían habernos obligado a cambiar algunas cosas y, sin embargo, seguimos teniendo la sensación de que cada verano volvemos a empezar la misma conversación. Hablamos de medios cuando llegan las llamas y de prevención cuando ya hemos visto el fuego.
Mientras tanto, el cambio climático sigue modificando las condiciones en las que se producen estos incendios: más calor, más sequía, menos humedad en el suelo y episodios extremos que pueden hacerlos más rápidos y difíciles de controlar. No explica por sí solo cada incendio, pero ignorarlo o minimizarlo ya no es una opción.
Por eso resulta difícil entender que, después de todo lo vivido, sigamos sin un verdadero Pacto de Estado. No hace falta otra declaración después de una tragedia ni otra fotografía de unidad mientras están las cámaras. Hace falta una política estable, con financiación para prevenir durante todo el año, servicios públicos de extinción profesionales y permanentes y recursos para que los municipios puedan cuidar sus montes y proteger a sus vecinos. El fuego no entiende de siglas ni de competencias: cuando una familia ve las llamas acercarse a su casa necesita que las administraciones respondan, y cuando el incendio se apaga necesita ayudas para reconstruir su vida.
Y ese pacto debería tener también una mirada social. No podemos pedir que se cuide el territorio mientras desaparecen las personas y las actividades que durante generaciones lo han mantenido. Si queremos pastoreo para gestionar el monte, hay que pagar ese trabajo; si queremos agricultura y ganadería sostenibles, tienen que poder ser una forma digna de vida; y si queremos pueblos vivos, hacen falta empleo, servicios públicos y oportunidades. La transición ecológica no puede hacerse de espaldas al medio rural. Tiene que servir también para proteger a quienes lo habitan y reconocer el valor de lo que aportan al conjunto de la sociedad.
Después de un año, lo mínimo que deberíamos preguntarnos es si hemos aprendido algo. Porque no se trata solo de apagar mejor los incendios, sino de reducir nuestra vulnerabilidad antes de que lleguen. No se trata solo de plantar árboles, sino de conseguir que dentro de treinta años siga habiendo alguien allí para cuidarlos. Y no se trata de esperar al próximo verano para volver a discutir sobre lo mismo. La emergencia climática no espera a la política, ni a las elecciones, ni a la próxima legislatura.
La ceniza ya está en el suelo. Ahora falta saber qué estamos dispuestos a hacer para que no vuelva a ser el principio de la misma historia.