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Albacete alcanza los 175.000 habitantes: el desafío de crecer con justicia social

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Albacete ha superado por primera vez en su historia los 175.000 habitantes, una cifra que marca un punto de inflexión para una ciudad que crece mientras buena parte de su provincia se vacía. Motivo de satisfacción, sin duda, pero también aviso: cuando los números suben, las excusas se acaban.

Mientras muchos pueblos pierden servicios básicos y vecinos, Albacete se consolida como refugio de empleo, estudios y cierta idea de futuro. El problema empieza cuando esa fuerza centrípeta se confunde con progreso automático y se olvida una pregunta incómoda: ¿quién se beneficia de esta nueva ciudad grande y quién se queda mirando desde la cuneta?

El aumento de población exigiría algo más que celebrarlo y fotos en redes: vivienda asequible en vez de ruleta inmobiliaria, transporte público digno frente al culto al coche, barrios vivos y no urbanizaciones donde solo florecen los portales y las hipotecas.

La sanidad, la educación y los cuidados no pueden depender de la inspiración súbita del mercado ni de la paciencia eterna de los vecinos. Una ciudad inclusiva implica que el presupuesto mande más que los promotores y que la inversión pública no sea la propina, sino el plato principal.

El urbanismo sigue escuchando demasiado a los despachos privados

Aquí es donde la gestión municipal, vista desde la izquierda, se queda corta de ambición y larga de prudencia. El urbanismo sigue escuchando demasiado a los despachos privados, la vivienda pública continúa siendo un bien exótico y el alquiler sube con la misma alegría con la que pierden poder adquisitivo los sueldos.

De movilidad sostenible se habla mucho y se concreta poco; de rehabilitación energética, lo justo para no sonrojarse en los discursos; de participación ciudadana, lo imprescindible para cubrir el expediente. Albacete podría ser un laboratorio de ciudad verde y justa, pero parece haber optado por el cómodo papel de alumno aplicado que no molesta a nadie.

Mientras tanto, el despoblamiento rural avanza con la discreción de las cosas serias: sin ruido, pero sin pausa. No basta con proclamar amor al medio rural los domingos; hacen falta inversiones, buena conexión, servicios públicos estables y una estrategia que entienda campo y ciudad como vasos comunicantes y complementarios, no como mundos enfrentados. Y en la ciudad capitalina, las pedanías pelean por mantener identidad y servicios, mientras el centro acumula recursos y decisiones. Si de verdad se aspira a una ciudad cohesionada, la redistribución de oportunidades no puede quedarse en eslogan: toca repartir juego y no solo carteles.

Crecer en número es sencillo: basta con esperar al próximo padrón. Lo difícil es levantar una ciudad donde no sobren barrios ni sobren pueblos, donde nadie tenga la sensación de vivir en la parte borrada del mapa. Ahí es donde Albacete se juega de verdad su futuro: no en la cifra, sino en lo que está dispuesta a hacer con ella.