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Diario de bitácora de una profesora de ESO

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Esta semana volvía con una compañera que me contaba las bondades de su tutoría, un primero de Bachillerato con quien tiene que sacar las horas de tutoría de su propia asignatura porque alguien con mucha cabeza en algún despacho decidió hace unos años que los chavales de 16 años no necesitan ni una hora a la semana para hablar de sus cosas.

Una clase de 30 chicas y chicos de 16 años, los más, perdidos en sus mundos, como la media de la sociedad pero ellos con las particularidades de la edad del acné y ahora con mascarilla y confinamiento, los menos centrados en querer aprender algo en esta vida, todos sintiendo sus hormonas y viviendo su edad como pueden.

Me contaba mi compañera las charlas que les estaba teniendo que dar por lo descentrados que les veía. Ya en Bachillerato y aún con peleas y actitudes de niños de 10 años. Pero es que pensándolo un poco, esos 10 años no les quedan tan lejos, y es que pensándolo bien, la gran mayoría arrastran sus temas de aquellos 10 años, y es que pensándolo mejor puede incluso que los sigan arrastrando hasta que la vida les haga estallar la mochila en sus adultas narices.

Me iba contando mi compañera, y calmando al tiempo sus ánimos, porque la mitad de la clase ese día había hecho pellas y a varios les habían ido a buscar sus padres. Imagino la conversación: “Mamá, mira que a última hora hay guardia. ¿Me vienes a buscar?”. “Claro, hija” habría sido la respuesta. Y decide venir sin siquiera plantearse pasar por jefatura para avisar de que se lleva a la niña. Quizás una respuesta más idónea a los ojos de la bancada del profesorado sería “Pero qué haces llamando por el móvil si está prohibido su uso en el instituto” seguido de un “No, hija. Son horas de clase, y hasta que no sea la hora de salida te quedas en el instituto y aprovechas para estudiar”

Pero no, el mundo se ha vuelto del revés, tiene la cabeza donde deben estar los pies. Y en este mundo con 16 años no se necesitan horas de tutoría, los padres, cuando están, están al servicio de los hijos, o sobreprotegen o exigen sobreprotegiendo, el caso es pasarse. El exceso, puede que sea cosa de nuestro tiempo.

Excesiva y barroca es un poco la realidad que vivimos. Quizás siempre lo haya sido, en cada época a su forma. Mi compañera iba contándome todo esto mientras se desahogaba y agradecía el trayecto que tenemos de vuelta a casa para echar esa charleta que nos es imposible tener en otro espacio. Porque para quien no está en la profesión resulta difícil hacerse a la idea de la intensidad del aula y del ritmo del instituto. En la vuelta a casa es difícil contestar con algo de precisión a la pregunta: “¿Qué tal, cariño? Pues complejo”, sería quizás la respuesta más acertada, en lugar del “pues bien” que solemos dar, para abreviar, y no arrastrar problemas al hogar.

Hoy yo he recibido la visita de una familia de barroca, cuyo hijo intenta salir de sus frustraciones y exigencias a base de mentiras. Hoy el esperpento ha llegado de la mano de un país bombardeando ciudades de su país vecino. 

La intensidad del instituto es alta, pero no es más que un espejo aumentado de lo que hay fuera. En unos pocos metros cuadrados, tratamos con todas las miserias y bondades humanas, miles de personas en pleno proceso de cambio conviviendo cada día, intentando sacar cosas en claro o en oscuro. Y a veces ese espejo estalla.

A veces la realidad estalla. Estallan discusiones sin sentido, y estallan guerras.

Sí, esta semana mi compañera y yo agradecíamos el desahogo mutuo. Soltamos, cogemos aire y seguimos, seguimos con unos adolescentes que merecen un mundo mejor. Todos lo merecemos.

Hoy he cogido aire, me han llegado señales muy gratificantes por distintos lados, pero al soltarlo me he sobrecogido. Ha estallado una guerra, otra. 

Y mi compañera y yo seguiremos luchando por que haya paz en nuestro espacio, y sobre todo en nuestras cabezas y las de nuestros alumnos. La lucha no nos la quita nadie, pero en este posmodernismo barroco me quedo sin duda con la lucha por la paz y la palabra.

Esta semana volvía con una compañera que me contaba las bondades de su tutoría, un primero de Bachillerato con quien tiene que sacar las horas de tutoría de su propia asignatura porque alguien con mucha cabeza en algún despacho decidió hace unos años que los chavales de 16 años no necesitan ni una hora a la semana para hablar de sus cosas.

Una clase de 30 chicas y chicos de 16 años, los más, perdidos en sus mundos, como la media de la sociedad pero ellos con las particularidades de la edad del acné y ahora con mascarilla y confinamiento, los menos centrados en querer aprender algo en esta vida, todos sintiendo sus hormonas y viviendo su edad como pueden.