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Llegaron los forasteros que años después serían llamados turistas. Se extenderían por los territorios de la tierra. Un fenómeno nuevo y un objeto de deseo para muchas economías. Tras la pandemia los turistas se convertirían en plaga. Se echaron a la calle, lo ocupaban todo, lo consumían todo. Algunos ciudadanos de las ciudades saturadas protestaron contra el fenómeno.
La invasión no les permitía desarrollar su vida con normalidad. Temieron además que fuera una burbuja y las burbujas modernas, cuando explotan, solo dejan cascotes y ruinas. El turismo había acabado con el comercio tradicional, la vida ordinaria de los ciudadanos. En algún punto del futuro tendrán que volver a empezar.
Uno de los mayores reclamos en Toledo para los forasteros, primero, y para los turistas, cuando aparecieron, fue un pintor forastero. Llegó de Italia con ínfulas de gran maestro. Pronto la realidad de un poder conservador le pondría en un lugar secundario. Las obras presentadas resultaron un fracaso. Al monarca le parecían demasiado atrevidos los colores y los cuerpos. A los canónigos de la catedral de Toledo -una industria grande y poderosa- tampoco le gustó el cuadro que tituló como Expolio. Demasiado innovador en los colores y en la distribución de los cuerpos. No encajaba con el dogma.
El poder institucional le hizo el vacío, no le encargaría ni una sola obra. Fueron algunos conventos, al margen de los poderes tradicionales, y algunos individuos de la nobleza local quienes le dieron trabajo y la permitieron pintar obra tan innovadora como 'El entierro del Señor de Orgaz'. Los encargos le permitieron vivir moderadamente, aunque no como un príncipe romano, su sueño inicial.
Tras su fallecimiento se impuso el silencio. Los personajes feéricos que había pintado se consideraron monigotes. Por extrañas circunstancias los cuadros sobrevivieron al olvido, a los desastres de la guerra, a las remodelaciones de clérigos ignorantes y a las necesidades económicas de los enclaustrados. Y eso les permitió encontrar su obra a los forasteros impresionistas, vanguardistas alemanes, modernistas. Le veían como el iniciador de todos los movimientos de las vanguardias del siglo XIX y XX.
Del romanticismo rustico de una hipotética casa del Greco se pasó a un museo aséptico, orgullo de los técnicos especialistas
El éxito permitió que un marchante espabilado, el marqués de la Vega Inclán, y comisario del arte español, pensara en una reproducción de la Casa del Greco para convertirlo en museo. Conocer la “casa” donde el Greco había realizado su obra resultó arrollador, aunque los puristas de entonces denunciaron la falacia. Peores fueron los actuales capaces de acabar con la casa inventada para sustituirla por un museo acorde con el gusto del momento. Del romanticismo rústico de una hipotética casa del Greco se pasó a un museo aséptico, orgullo de los técnicos especialistas. Nada que ver con la magia falaz de una casa que se pudo parecer a la del Greco.
En estos momentos El Greco y Puy de Fou compiten por ver quién mueve más turistas. Al parque temático se le aplaude la representación inventada de una historia que nunca existió. Al Greco no se le concedió la condición de espectáculo que se da al parque temático.
Entre la mentira de una casa y la de un parque se ensalza más la del parque. En La Sacristía de la Catedral el expolio ocupa un lugar central. Recibe a los turistas. El cuadro del Señor de Orgaz empieza a ser como la Capilla Sixtina. Empujan al turista para que vea, no contemple. Las pinturas feéricas del Greco tampoco importan. De los turistas solo interesan las entradas. Tiene más ruido y más luz el parque temático. Espectáculos vibrantes, se juntan las masas. La recaudación se multiplica. Aun así el Greco es el invento más celebrado de una ciudad que colapsa de turistas, no de forasteros.