Jesús Fuentes Lázaro: Hijo Predilecto de Toledo
Jesús Fuentes Lázaro quizá siga opinando del Plan de Ordenación Municipal (POM) desde el más allá, desde ese territorio donde habita el olvido y donde, sin embargo, algunos muertos continúan pensando más que muchos vivos. Tal vez se bañe en el río sucio —ese Tajo que ya no reconoce ni a sus propias ninfas garcilasianas— para reivindicarlo, testarudo y fiel, como el padre que siempre fue de esta ciudad que presume de historia mientras deja morir su cauce.
Acaso pasee por las callejas desiertas del Casco Histórico, entre caserones que se desmoronan como viejas certezas, implorando con un silencio afilado que vuelvan los vecinos, que regrese la vida, que Toledo deje de ser una postal levítica y vuelva a ser una ciudad habitada y no un decorado para turistas con prisa. Puede que incluso gatee por la piedra del rey moro —como tantas veces— para contemplar, sin necesidad de miradores recauchutados ni ocurrencias de última hora, la silueta milenaria de la ciudad deseada y deseante. Ese perfil que él conocía como se conoce el rostro de un ser querido.
Porque Toledo, su Toledo, esta peñascosa pesadumbre que a veces parece empeñada en no aprender de sí misma, le debe un título, aunque sea post mortem. Y no uno cualquiera. Uno que reconozca que hubo quien la pensó con rigor, quien la discutió con pasión, quien la defendió sin servidumbres ni silencios interesados.
Quizá ahora mismo esté urdiendo un artículo para este diario o para cualquier otro, sembrando argumentos para que la ciudad ahonde culturalmente en sus raíces, en sus programas, en sus hechos. Porque una urbe que pretende ser capital cultural en 2031 no puede permitirse vivir de rentas ni de eslóganes. Necesita pensamiento, necesita crítica, necesita memoria. Necesita, en suma, a personas como él.
Posiblemente sueñe con una política sin especulación, que busque el beneficio de la gente y no el de unos pocos; con unos representantes que rindan culto al argumento y no a los discursos de madera. Quién sabe si no andará tomando notas de lo bueno que encuentra en otras ciudades para proponerlo aquí, aunque caiga en saco roto, para construir la ciudad que queremos y mejorar la que tenemos.
Por ventura aún vivimos con su recuerdo: su perfil taurino de Manolete, su verbo clasicista, su opinión aguda sostenida siempre en reflexiones y tesis demostrables, su amistad generosa, su afecto sin imposturas. Y quizá sea ese recuerdo —tan vivo, tan incómodo para algunos— el que nos empuje hoy a unir voces.
Vecinos, entidades ciudadanas y colectivos sociales, como la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Castilla-La Mancha, han solicitado al Ayuntamiento de Toledo que nombre Hijo Predilecto de la ciudad, a título póstumo, a Jesús Fuentes Lázaro. La petición se acoge al Reglamento Municipal de Honores y Distinciones, pero en realidad se acoge a algo más profundo: a la justicia moral.
Toledo, si quiere estar a la altura de su propia historia, debe reconocer a quienes la han amado sin pedir nada a cambio. Y ningún título mejor que el que daría una madre a un hijo.
Ha llegado el momento de que esta ciudad deje de mirar hacia otro lado y honre a quien la pensó con lucidez. Ha llegado el momento de que Toledo nombre a Jesús Fuentes Lázaro Hijo Predilecto. No por nostalgia, sino por dignidad. No por él, sino por nosotros.