Cuando el odio se aprende: cómo ciertos discursos están marcando a una generación
Las imágenes y mensajes escuchados el pasado 31 de marzo en el RCDE Stadium de Cornellà—durante el amistoso entre España y Egipto— no son solo un asunto deportivo. Son un síntoma preocupante de una realidad más amplia: la normalización de discursos excluyentes que están encontrando eco, especialmente entre muchos jóvenes.
Como exdocente, he visto cómo las palabras que repetimos, las bromas que toleramos y las actitudes que dejamos pasar en el día a día terminan por configurar la forma en que las nuevas generaciones entienden la convivencia.
Lo ocurrido no es un hecho aislado ni inocuo. Es parte de una deriva social e ideológica que exige una respuesta educativa, política y cívica colectiva.
El peligro de legitimar el rechazo
Los mensajes de exclusión no surgen de la nada. Se alimentan de relatos que simplifican la realidad, enfrentan identidades y presentan a determinados colectivos como amenazas.
En este contexto, es especialmente preocupante el papel de dirigentes como Ignacio Garriga, secretario general de Vox, cuyas declaraciones públicas tras los hechos llegaron a relativizar o incluso justificar comportamientos claramente discriminatorios, racistas e islamófobos. Cuando desde posiciones de responsabilidad política se normaliza o se presenta como “comprensible” el rechazo a grupos sociales o religiosos, esos mensajes dejan de ser marginales para convertirse en referentes para una parte de la población, incluidos los más jóvenes.
Y ahí radica el verdadero peligro: cuando los discursos excluyentes se repiten sin contrapeso, dejan de percibirse como extremos y terminan por integrarse en la conversación cotidiana, contribuyendo a una cultura social más hostil.
Del estadio al aula: el impacto silencioso
Quienes hemos trabajado en educación sabemos que lo que sucede fuera de las aulas entra en ellas de manera inevitable. Un comentario, un meme, o una cantinela que se repite en redes sociales termina convertida en parte de la conversación entre niños y adolescentes.
Los cánticos escuchados aquel día no fueron solo palabras en un estadio. Fueron modelos de conducta que algunos jóvenes repitieron después como si fueran expresión legítima de identidad. Y eso tiene consecuencias educativas profundas: cuando la línea entre el humor, la provocación y la discriminación se vuelve borrosa, los límites éticos también lo hacen.
Por eso, educar exige algo más que transmitir contenidos. Requiere, cada vez más en este mundo de bulos,enseñar a pensar, a analizar, a cuestionar. Requiere fomentar la capacidad de mirar más allá de lo inmediato y comprender el efecto que nuestros actos y palabras tienen sobre quienes nos rodean.
La incoherencia que enseña para mal
Mientras ciertos sectores de la grada coreaban consignas excluyentes, en el terreno de juego brillaba Lamine Yamal, símbolo de una España diversa y plural. Esa contradicción es reveladora: se celebra el talento de una joven promesa de la selección, pero se cuestiona o se ridiculiza la identidad de quienes comparten esa fe o ese origen.
¿Qué mensaje reciben nuestros jóvenes de esa discrepancia? ¿Qué aprenden cuando la realidad diversa de nuestra sociedad choca con discursos que intentan reducirla a una supuesta 'identidad homogénea'?
La incoherencia, cuando no se señala, también educa, y no siempre en la dirección correcta.
Silencio o posicionamiento: una elección educativa
Es cierto que muchos aficionados no participaron en los cánticos e incluso mostraron su rechazo. Pero en un contexto de creciente polarización, la pasividad no basta. En educación sabemos que no participar en algo injusto es distinto a posicionarse activamente en contra.
Si los discursos excluyentes ocupan espacio sin una respuesta clara y firme, no desaparecen. Se consolidan. Y los jóvenes observan, aprenden y reproducen, consciente o inconscientemente, los comportamientos que perciben como tolerados por su entorno.
Una responsabilidad social compartida
No podemos cargar toda la responsabilidad sobre la escuela. La familia, los medios de comunicación, los referentes culturales, el discurso público , las redes sociales... también juegan un papel decisivo.
Cuando desde posiciones de responsabilidad política se minimizan o se justifican actitudes discriminatorias —como ha ocurrido con algunas interpretaciones de los incidentes en el RCDE Stadium— se envía a la sociedad, y en particular a los jóvenes, un mensaje peligroso: que excluir puede ser aceptable.
Eso no puede quedar sin respuesta.
Conclusión: educar para convivir
La educación en valores no es una asignatura más. Es la base de una convivencia democrática y respetuosa. Y ante la proliferación de discursos que señalan al diferente como problema, la respuesta educativa debe ser clara, firme y constante.
Lo que hoy se tolera, mañana define la sociedad en la que viviremos. Y eso es algo que no podemos permitirnos ignorar.